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Yo no soy moderna, ni lo quiero ser

Yo no soy moderna. Contemplo mis gafas de pasta sobre la mesilla de noche, los cedés de grupos británicos absurdos en la estantería, y pienso en ellos igual que en cenizas para llorar la próxima semana. Me he descubierto a mí misma forrada en perlas, elevando el meñique con el té de las cinco...

el 15 sep 2009 / 17:15 h.

Yo no soy moderna. Contemplo mis gafas de pasta sobre la mesilla de noche, los cedés de grupos británicos absurdos en la estantería, y pienso en ellos igual que en cenizas para llorar la próxima semana. Me he descubierto a mí misma forrada en perlas, elevando el meñique con el té de las cinco; no me desagrada.

A partir de hoy comentaré las películas de Garci, las novelas escritas por mujeres con mechas: les invito a un vermú. Y es que no soy moderna. Diez días atrás, en un encuentro sobre nuevas literaturas en Barcelona, se proyectó una videocreación de Violeta Gómez. Artista multidisciplinar -trabaja en literatura, música y vídeo-, presentó un corto titulado The mistery of the rose, e inspirado en una novela de Manuel de Pedrolo.

Confieso no haber captado el nexo con Mecanoscrit del segon origen, ni la narración ingenuamente artificial, ni el montaje fotográfico, y que quizá sólo me interesó la canción final. Y confieso, también, que me sentí incómoda por contemplar escena tras escena a una niña -cinco, seis años- desnuda, protagonizando fotogramas de una gratuidad aterradora, obligada a poses no ya más propias para adultos, sino de revistas para adultos. El tono de la historia quizá precisaba, sí, una protagonista infantil; pero no su desnudez -que es la fragilidad y vulnerabilidad más extrema; disculpen la cursilería-, tampoco ciertos gestos, tampoco la mirada perdida y triste.

Pueden acusarme de no entender -y de no querer- que el arte debe provocar. Repróchenme la cobardía: en el debate posterior guardé silencio, quizá aún desorientada, quizá planteándome cuál es el límite de la libertad de expresión artística, y en qué esquina topa con la legalidad. Ahora necesito escribir este artículo, plantearme si la frontera entre arte y lógica se manifiesta cuando una tercera persona sale perjudicada, y más si -como en aquel vídeo- es una menor sin capacidad para la elección. Por lo pronto, si aplaudir obras así es considerarse vanguardista, yo no soy moderna, ni lo quiero ser.

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