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Zhúkova, la belleza corrompe

Si su ideal de belleza es femenino y proviene del Este de Europa, considerarán que Dasha Zhúkova es una chica bastante guapa: ojos y cabello claros, veintisiete años, ex modelo. Al finalizar su periplo sobre las pasarelas, Dasha no ha optado por saltar al mundo del cine con un papel de mafiosa...

el 15 sep 2009 / 12:01 h.

Si su ideal de belleza es femenino y proviene del Este de Europa, considerarán que Dasha Zhúkova es una chica bastante guapa: ojos y cabello claros, veintisiete años, ex modelo. Al finalizar su periplo sobre las pasarelas, Dasha no ha optado por saltar al mundo del cine con un papel de mafiosa seductora, o de la televisión como presentadora de algún magazine.

Dasha dirige El Garaje, subtitulado "Centro de Cultura Contemporánea de Moscú", el primer gran museo de arte moderno en una ciudad generosa en reliquias de prestigio. Un cambio de rumbo quizá inesperado, pero lícito: ningún problema hasta aquí.

Sin embargo, la patidifusez brota al leer las vergonzosas crónicas sobre la inauguración de El Garaje. Cuando no irrumpen en la intimidad de Zhúkova ?¿imaginan a un suplemento cultural enumerando, con motivo de una gran exposición en El Prado, las peripecias sentimentales de su responsable??, las más habituales, la desacreditan por su pasado laboral, por su origen adinerado, o por su relación con el multimillonario Roman Abramovich, a quien acusan de comprar obras de Freud y Bacon para El Garaje, algo así como el octavo pecado capital.

La apertura de un museo ambicioso, aquí o en Nueva Zelanda, deben ser motivo de alegría; la cultura, afirman al pintar sus paredes, al colgar las primeras obras, está viva. Más aún si el grueso del presupuesto lo aporta un empresario, si las fuentes de financiación son privadas, un gesto que no abunda, y que muchos debieran imitar.

La gallega Yolanda Castaño editó en 2007 un magnífico y novedoso poemario, Profundidade de campo, en el que disecciona la relación entre aspecto físico ?«la belleza corrompe», escribe? y vida intelectual: cómo concebir alguien que mide un metro y ochenta centímetros y se maquilla pueda dedicarse al arte, a no ser que se llame Manolo y trabaje como performer. Cuidado, entonces: retransmiten vistos y no vistos, lo que alaban en unos lo vituperan en otras. Su arma es el teclado del ordenador. Y el machismo les rebosa, cual cerumen del intelecto, por las orejas.

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