jueves, 22 junio 2017
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25 años de una nueva Aurora

Al igual que hace un cuarto de siglo en su bautizo procesional, la hermandad de la Resurrección despedirá este año la Semana Santa con una suelta de palomas en honor de su dolorosa

19 mar 2017 / 20:20 h - Actualizado: 20 mar 2017 / 11:03 h.
  • 25 años de una nueva Aurora
    El 19 de abril de 1992 la Virgen de la Aurora procesiona por vez primera a la Catedral. / El Correo
  • 25 años de una nueva Aurora
    Una suelta de palomas a la entrada de la Virgen en Santa Marina. / El Correo
  • 25 años de una nueva Aurora
    La crónica de El Correo de Andalucía de aquella histórica mañana incidió en el «triste» tránsito de la hermandad por Carrera Oficial por el desmontaje precipitado de los palcos.

Una suelta de palomas a cargo de un grupo de niños de la hermandad acompañó sus últimos metros en la calle antes de que la penumbra de Santa Marina acabase engullendo aquel soleado mediodía los bordados de Paleteiro, la reluciente orfebrería de los Hermanos Delgado y la sonrisa tenue que Dubé de Luque dibujó en su rostro. Este Domingo de Resurrección se cumplirán 25 años desde que Sevilla inaugurase una nueva forma de despedir su Semana Santa en la calle San Luis a los sones de Amarguras. Se cumple un cuarto de siglo de la incorporación de la Virgen de la Aurora a la salida procesional de la cofradía de Santa Marina, un proyecto que comenzaría a gestarse nueve años antes, en 1983, con la aprobación del proyecto de paso de palio para la dolorosa. La obra se fue completando lentamente, pero no es hasta el 14 de enero de 1992, a poco meses de la Semana Santa más universal, cuando se decide integrar el paso de palio a la estación a la Catedral.

Aquel 19 de abril, Domingo de Resurección y víspera de la inauguración de la Expo, el actual hermano mayor, Miguel Ángel Pérez Fernández, formó parte de la última pareja de cirios más pegada al palio. «Recuerdo la enorme ilusión que había entre unos hermanos que hasta entonces siempre habíamos estado acompañando al Cristo».

Horas después de celebrarse en Sevilla el último Santo Entierro Magno del siglo XX –el penúltimo hasta la fecha–, «una multitud» se daba cita en la calle San Luis para asistir al bautizo procesional de la dolorosa sin lágrimas de Dubé de Luque. Seis minutos faltaban para las cinco de la madrugada cuando el capataz Manolo Santiago arengaba a la cuadrilla que habría de salvar la ojiva mudéjar de Santa Marina entre un «respetuoso silencio», según reflejan las crónicas periodísticas. Pero el gozo del estreno se truncaría al llegar la cofradía a la Carrera Oficial y comprobar que no sólo habían desaparecido los palcos sino que incluso el palquillo del Consejo en la Campana había sido desmontado. Tanto es así que, en medio de la indignación general, el control horario tuvo que plasmarlo el delegado de día, Francisco O’Kean, escribiendo sobre su pierna. Pese a todo, la hermandad tuvo el detalle de arriar el paso de palio en el espacio que supuestamente ocupaba el patíbulo para ofrecerle la siguiente levantá al presidente de Consejo, Luis Rodríguez-Caso.

La indignación de la cofradía se acentuó cuando al llegar a la plaza de San Francisco lo único que estaba en su sitio era el palco de las autoridades municipales, ocupado por un tal Manuel García –ahora hermano mayor de la Macarena–, Fernández Floranes y María Teresa Garrido. Cualquier parecido con el aspecto que ofrecía esta plaza el día anterior era pura coincidencia. «Los palcos del Monte de Piedad habían desaparecido, los del Banco de España eran un montón de tubos de hierro y los de la puerta del Ayuntamiento eran tres escalones de madera con las moquetas enrolladas sobre ellos. Más de uno de los trabajadores que durante la noche habían estado ocupados en el desmontaje aprovecharon el paso de la cofradía para hacer un alto en el camino y echar una cabezadita sobre las mismas moquetas», comentaba gráficamente la crónica de El Correo de Andalucía, firmada por Raimundo de Hita. Salvando las decenas de kilos de basuras acumuladas bajo los palcos y aún no retiradas y sorteando «un gran socavón lleno de agua y barrio amarillo» que antes tapaban los palcos, la cofradía avanzó por la Avenida de la Constitución. Allí le salió al paso el arzobispo de Sevilla, Carlos Amigo Vallejo, quien a la altura de la Punta del Diamante dirigió una levantá del palio y más tarde, ya en la Catedral, ofrendaría a la Virgen una cruz pectoral.

La dolorosa entraría en Santa Marina al filo de las tres de la tarde y en medio de una suelta de palomas que la hermandad se ha propuesto recuperar este Domingo de Resurrección como recuerdo de aquella ya histórica mañana de Pascua de 1992.


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