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Balada triste del cangrejero al que nadie quiere

En una ciudad repleta de señales cofrades, ninguna avisa a este colectivo de que a partir de ahora lo tiene más difícil en ciertos puntos

20 mar 2016 / 22:04 h - Actualizado: 21 mar 2016 / 09:00 h.
  • Los paraguas, para alivio de todos los cofrades, solo se vieron en las primeras horas de la mañana. En estas imágenes, antes de la salida de la hermandad de La Paz, que retrasó su salida para eludir la lluvia. / Manuel Gómez
    Los paraguas, para alivio de todos los cofrades, solo se vieron en las primeras horas de la mañana. En estas imágenes, antes de la salida de la hermandad de La Paz, que retrasó su salida para eludir la lluvia. / Manuel Gómez
  • Señales que avisan que hay alta concentración de personas en pleno centro. / A,M.G.
    Señales que avisan que hay alta concentración de personas en pleno centro. / A,M.G.
  • Uso indiscriminado de sillitas justo bajo una señal de prohibido. / A.M.G.
    Uso indiscriminado de sillitas justo bajo una señal de prohibido. / A.M.G.

En un derroche de inocencia, servidor se hizo la siguiente reflexión: si ha amagado hasta el último minuto con llover y la Borriquita de hecho no ha salido cuando tenía que hacerlo, igual toca un Domingo de Ramos con pocos carritos de bebés en la calle. Tan ingenioso análisis fue tumbado (literalmente) por un carrito tipo Panzer pasando por encima de los dedos del pie derecho.

–Señora, eso era mi pie.

–Uy lo siento, con el carrito es que no se ve nada.

Eso es una verdad como un templo, porque algunos los utilizan como si fueran un buque rompehielos, hendiendo la proa en la masa de gente para abrirse paso. El gentío, claro, hace hueco como si aquello fuera el Mar Rojo y tuviera delante a Moisés, como para no hacerlo. Y es que hay quienes los emplean como si fueran carritos de combate, o en plan ariete.

Pero el caso es que una parte de la reflexión inicial no iba muy desencaminada, porque así a ojímetro parecía que este Domingo de Ramos había menos gente en la calle. No es que se andara con desahogo, tampoco es eso, pero para avanzar no había que ir con machete como si aquello fuera la selva, y eso se agradecía. Y otro detalle a tener en cuenta con respecto al público asistente es que se puso sus mejores galas, como manda el protocolo local, pero también los hubo (y más que otras veces) que salieron a la calle sin endomingar, con una ropa más de combate quizás por si el día se ponía tonto y había que salir corriendo.

Porque mira que el Domingo de Ramos se levantó flamenco. La primavera entraba a eso de las 4.30 de la madrugada, y lo hizo con la cruz de guía de una tromba de agua que tuvo al personal con un ojo abierto y la sensación de que eso no había quien lo arreglara, que el día nacía tocado del ala. Después salió el Sol, chispeó otra vez... Aquello era un sinvivir, el guion de una película de Hitchcock, hasta que la Paz dijo que para adelante y se arregló la cuestión por muy malas que habían sido las señales previas.

Y hablando de señales, el centro está atestado de un catálogo tan amplio que eso sí que son anuncios de la Pasión, y no el florecimiento del azahar o la primera petición de venia en la Campana. Las hay que avisan de que estamos en una zona de alta concentración de personas (como si hubiera algún punto del centro que no lo sea estos días), otras que advierten a los motoristas de que el suelo está resbaladizo por la cera (¡y lo hacen con el dibujo de un coche perdiendo el control!) y luego están las favoritas del que esto suscribe, que son las que prohíben el uso de sillitas, que normalmente vienen acompañadas por un manojito de paisanos tan ricamente sentados a la sombra de la señal.

–¿Quiere una sillita?

La pregunta del joven vendedor callejero remata una escena propia de película de Berlanga, porque encima ocurre en la esquina entre las calles Javier Lasso de la Vega, Aponte y Trajano, donde se apiñan hasta tres señales diciendo que ni se te ocurra ponerte allí con una sillita. El chaval que las vende es además oriental, con lo que ya completamos el tópico de las sillitas de los chinos, la materia prima fundamental que ha hecho posible esa especie de carrera oficial pirata (ahora que tan de moda está el término en el mundillo cofrade) que empieza en este punto y se prolonga hasta las vallas (ahí quedó) que anuncian el inicio de la Carrera Oficial con mayúsculas.

La comprobación ya en la plaza del Duque de que el personal no está dispuesto a renunciar a sus sillitas (hasta nueva orden en forma de multa) era el colofón a un paseo que había arrancado en la Alameda, donde el gentío que ocupaba hasta el último centímetro cuadrado de velador se tomaba con calma las prórrogas que solicitaron las primeras hermandades de la tarde, así que cada petición de retraso se saludaba pidiendo una ronda más. La sobremesa se extendió con eso de que no había todavía pasos en la calle: el tiempo cronológico parecía ralentizarse y el tiempo meteorológico jugaba al despiste.

–Me voy a llevar esta chaqueta, que es más gordita y con eso de la lluvia parece que hace más fresquito.

Otro plan genial que la cruda realidad tumbó, porque viendo pasar al Sol la Paz por la Plaza Nueva a eso de las cinco de la tarde ya no parecía tan buena idea. El caso es que luego refrescó, otro quiebro más de este Domingo de Ramos que no dejó de dar una de cal y otra de arena.

A un tiro de piedra, en el Postigo se amontonaba hasta una decena de esas señales que ya conocemos (la trilogía ojo que resbala, no te vayas a sentar y cuidado que aquí se amontona mucha gente) pero no había ninguna que avisara de otra de las grandes novedades de esta Semana Santa: prohibidos los cangrejeros. Aquello estaba lleno de policías (los había por todas partes, pero aquí también tenían la tarea de descangrejar), pero ninguna señal en lo que parece una clara falta de respeto del Ayuntamiento hacia un colectivo tan enraizado en nuestras tradiciones y que este año lo tiene más complicado por aquello del plan anticangrejeros en ciertos puntos. Lo mínimo que se merecen es una señal, qué menos.

Y así se nos escurrió este Domingo de Ramos tan juguetón, con ganas de asustar. Al final bien que lo disfrutó el respetable... menos los cangrejeros. Aunque no se hagan ilusiones, que no es que sean precisamente una especie en extinción, ya nos gustaría, ya...


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