lunes, 24 septiembre 2018
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Bellavista salva una tarde de sinsabores en los barrios

La hermandad arriesga y sale acortando su recorrido. Pino Montano, Heliópolis, la Corona y Pasión y Muerte decidieron no realizar su estación de penitencia

  • El paso de misterio de Bellavista saliendo de su parroquia. / Diego Arenas
    El paso de misterio de Bellavista saliendo de su parroquia. / Diego Arenas

Bellavista

Los coletazos del temporal Hugo empapaban las ilusiones en la calle Caldereros. Aún así sus abnegados vecinos seguían apostados en la puerta de la iglesia. Dentro, la junta de gobierno se reunía en cabildo para consultar los últimos partes y tomar una decisión sobre la salida. En principio se pidió media hora. Las noticias de las suspensiones de Pino Montano, La Misión o del Polígono Sur, que llegaban vía whatsapp o twitter, iban calando en el ánimo de los hermanos que no quitaban ojo al móvil. Pero de repente, algo cambió. Los micrófonos de la parroquia difundían lo que ya casi nadie esperaba: «Vamos a realizar estación. Recortaremos el recorrido y se acelerará el paso en la calle. Vamos a estar cuatro horas pero cuatro horas rápidas». Menudos saltos de alegría daban los niños de los primeros tramos antes de enfundarse con prisas el antifaz. Cómo aplaudió el barrio cuando se abrieron las puertas unos minutos antes de las ocho de la tarde. En un abrir y cerrar de ojos, el paso de misterio ya estaba saliendo mientras caían unas pequeñas gotas. «Es que el Cautivo de Bellavista es tan guapo, que ni el cielo puede aguantarse», explicaba una vecina mientras apretaba a su pecho la medalla de hermana. En los ojos de Fernando Cano, el hombre que trajo al Señor al barrio, no cabían más emoción al contemplar las primeras chicotás entre los acordes de Redención y el fervor de los vecinos. «Le hemos echado tela de valor. A ver si nos sale bien», confesaba mientras no perdía la mirada al Cristo maniatado. Con la misma celeridad, el palio fue asomando. El barrio tenía entonces una sonrisa de oreja a oreja. Una racha de viento apagó toda la candelería en la primera revirá que le puso de frente a la calle Enamorados. «Está levantá va por los hermanos difuntos», arengó Ernesto Sanguino bajo las trabajaderas. La noche parecía templarse al compás de Pasan los campanilleros y la petalá del grupo joven. Hacía frío pero al barrio le empezó a entrar el cuerpo en caja. El Dulce Nombre de María se pronunciaba constantemente para dar «gracias» por este «alegrón» de un Viernes de Dolores que parecía zozobrar por el agua.

Pino Montano

Los cirios estaban perfectamente ordenados en sus carros y el altar de insignias aún no se había desmontado. A través de las ventanas de la parroquia de San Isidro Labrador podía verse una fina cortina de agua que no cesaba de caer. Todavía había lugar al optimismo y la junta de gobierno presidida por José Ordoño anunció una demora de una hora. En ese momento, la hermandad manejaba partes que reflejaban cierta mejoría a partir de las 20 horas.

Los nazarenos de Pino Montano supieron mantener con estoicismo la larga espera bajo la atenta mirada de sus titulares, el Señor de Nazaret y la Virgen del Amor. Para calmar los ánimos, Ordoño paseaba por la parroquia, saludando hermano a hermano, grupo a grupo.

Cuando estaba a punto de cumplirse la hora previamente anunciada, la junta de gobierno volvió a reunirse para tomar una decisión definitiva. Un pequeño nazareno, queriendo jugar a los espías animado por sus nervios, pegó la oreja a la puerta tras la cual se desarrollaba aquel cabildo extraordinario. El primero en salir de aquella sala fue el director espiritual y párroco de San Isidro Labrador, Indalecio Humanes, que cruzó el nártex de la parroquia para ir a otra sala a coger un documento con los rezos pertinentes. Los rostros confirmaban lo que pocos querían oír. «Los partes indican que el riesgo de lluvia desciende del 80 al 40 por ciento», manifestó Ordoño para añadir a continuación que, sin embargo, «no podemos poner la cofradía en la calle. Esto también es madurez».

La Misión

Nunca quiso imaginar un final así pero Juan Reina –hermano mayor de La Misión– tuvo que hacer caso a la razón. El final de su mandato como máximo representante de la corporación no merecía un episodio en el que la cofradía se viera sorprendida por el agua en plena calle. Tampoco merecían correr el riesgo las decenas de niños que, desde las cuatro y media de la tarde, aguardaron con su antifaz en la mano el desenlace de un Viernes de Dolores para olvidar.

La Misión siguió el guión que la tarde pautó. Ante la mejoría que las previsiones apuntaban, la corporación decidió retrasar la decisión final a las siete de la tarde. Fue a esa hora cuando el cabildo se volvió a reunir. No había pasado mucho tiempo cuando el hermano mayor se dirigió a todos los miembros de la cofradía comunicando el desenlace. «Ninguna previsión nos daba la suficiente seguridad como para ponernos en la calle», dijo después, ante las cámaras de El Correo de Andalucía TV.

Todos llevaban escrita en la mirada la desilusión que supone la pérdida de la esperanza. Ese año, el sueño de cofradía del Claret no iba a ser posible. Tampoco saldrían a la calle las centenares de rosas rojas que exornaban el paso y que tanto trabajo le había costado conseguir al prioste de la hermandad.

Fue el resultado una jornada de vísperas en la que los hermanos de La Misión dieron testimonio de fe sin necesidad de pisar la calzada. Un comportamiento ejemplar de unos cofrades que ya sueñan con 2019.

El Cristo de la Corona

Que la Catedral de Sevilla sigue siendo una gran desconocida incluso para muchos sevillanos lo demuestra que la pregunta ¿cuál es la Parroquia del Sagrario? corría por muchas bocas. Pocas personas se arremolinaban a las ocho en la calle Alemanes para disfrutar el primer silencio de la Semana Santa que llega en sus vísperas desde la Puerta del Perdón. Pero la Junta de Gobierno del Cristo de la Corona decidía tener muy en cuenta el 30% de riesgo de precipitaciones y no puso la cofradía en la calle. En su interior, los hermanos nazarenos formaron dos hileras entre las que pasaron los ciriales y el grupo de monaguillos, llegando el paso desde el fondo de la iglesia hasta el altar mayor y regresando después a su ubicación inicial. Alrededor de las nueve y veinte de la noche, las puertas se abrieron y decenas de personas, que ya aguardaban en la Avenida de la Constitución, disfrutaron en su recogimiento de una hermandad que se hace grande año tras año.

Pasión y Muerte

El ruan negro y el silencio en Triana es sinónimo de Pasión y Muerte, la corporación de la Parroquia de Nuestra Señora del Buen Aire que ayer ayer hurtó a Sevilla la (débil) amenaza de agua. Lo cierto es que, según se rumoreaba, los nazarenos que acudían al templo lo hacían con pocas esperanzas de que el Crucificado de Navarro Arteaga saliera a la calle. Que el Cristo de la Corona decidiera pocos minutos antes no hacer estación de penitencia no hizo otra cosa que provocar un efecto dominó en la singular hermandad trianera. De esta forma, la parroquia abrió sus puertas una hora después, alrededor de las nueve, permaneciendo abierta hasta prácticamente las once de la noche


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