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La Bofetá

Cuando la luz de la tarde se conjuga con el azul de Ojeda

Insólita salida del Dulce Nombre con el sol en todo lo alto de la plaza

28 mar 2018 / 01:27 h - Actualizado: 28 mar 2018 / 01:29 h.
  • El palio de María Santísima del Dulce Nombre, acompañada por San Juan Evangelista, a su paso por la capilla de Los Panaderos. / Jesús Barrera
    El palio de María Santísima del Dulce Nombre, acompañada por San Juan Evangelista, a su paso por la capilla de Los Panaderos. / Jesús Barrera

Ni los más mayores recuerdan una salida con el sol pegando fuerte en todo lo alto de la plaza. La luz que se cuela por la arboleda es cegadora. Los hábitos de los nazarenos resultan mucho más impolutos. Casi inmaculados. Los primeros tramos avanzan por la alfombra roja de la plaza mientras que el paso de misterio comienza a moverse en el interior de la parroquia. Poco a poco va cambiando la oscuridad del templo por la alegría de una tarde de primavera en la que se puede estar en mangas de camisa. Lógico que Anás tenga el ceño más fruncido que de costumbre. Aún así, Malco no cesa en su empeño de cumplir con lo que está escrito. Sin experimentos de invertir nada ni de dar la vuelta a la historia. Alza con fuerza su mano para dar la bofetada al Señor maniatado que, este Martes Santo, se encuentra varias horas antes con la mirada del San Lorenzo que preside el portón del templo.

La cornetería de la banda de las Cigarreras toca por derecho en los primeros metros del paso de misterio, que, sin recrearse más que lo justo, busca la calle Conde de Barajas para, este año, seguir por Amor de Dios hasta Daoiz y Orfila en un camino de ida que recuerda al que llegó a realizar en los años setenta –con paso por Cuna y la plaza del Salvador, incluido– tras permutar su sitio con la hermandad de Los Estudiantes en una concordia que trataba de solventar entonces los problemas de horarios e itinerarios del día. La cruz de guía de la corporación del Dulce Nombre avanza por la calle Daoiz mientras que el palio de la Virgen de los Desamparados –ya de vuelta– enfila la calle Orfila en dirección a la calle Imagen. Los hermanos de San Esteban hacen un esfuerzo por dejar libre este punto cuanto antes. El público permanece inmóvil a la espera de ver a la cofradía de San Lorenzo. En las primeras filas hay un grupo de niños que pide cera. En sus manos llevan unos guantes de plástico para que no hacerse daño con las gotas que caigan fuera de la bola. «¡Un nazareno me ha dado chuches!», exclama un pequeño a su madre.

En la plazuela que se abre frente a la iglesia de San Andrés cuesta encontrar los veladores. Eso sí, la camarera los tiene todos localizados, e incluso los pedidos que van haciendo los clientes. El bullicio habla de la cantidad de gente que abarrota la zona. Eso no impide que pronto se haga el silencio al intuirse los sones de la banda filarmónica de la Oliva de Salteras. El palio cruza la estrechez de la calle Daoiz a golpe de palillería y con las «mecídas muy cortitas». La candelería, totalmente encendida, se empieza a reflejar en los ventanales de un conocido establecimiento hotelero de la zona. Como si se tratara de una salida, al salvar este punto, la gente aplaude enérgicamente. «¡Ya está aquí!», indica una pareja de curtidos cofrades, que como todos en la jornada de este Martes Santo, no se separa del programa de mano con los cambios del día.

Su discurrir por el adoquinado de la calle hace gala a su segundo nombre: la Gracia de Sevilla bajo palio. Suena Coronación, la marcha que compuso Manuel Marvizón para el glorioso acontecimiento del Cerro. Se desata la alegría.

Todas las miradas se fijan en el manto de la Virgen. Es más azul, más Ojeda tras haber sido sometido a una profunda restauración en el taller de Jesús Rosado. Su color se confunde con el del cielo anochecido de la ciudad. Sobran los motivos. El Dulce Nombre está celebrando su medio siglo de estancia en San Lorenzo.


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