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Donde se cumplen los sueños

El grueso de hermandades filiales ya se encuentra en la aldea para realizar su presentación ante la Blanca Paloma

02 jun 2017 / 23:18 h - Actualizado: 03 jun 2017 / 09:13 h.
  • Romeras de Coria bailan a los pies del puente del Ajolí. / M. Gómez
    Romeras de Coria bailan a los pies del puente del Ajolí. / M. Gómez

No hay mayor gloria para un rociero que alcanzar la tierra prometida en vísperas de Pentecostés. Ya sea con lluvia o con un calor abrasador como este año. Nada puede con el sentimiento que brota de cada pisada, cada gesto, cada oración y cada silencio junto a la carreta del Simpecado. Más aún cuando se hace sobre las tablas de un puente lleno de vida y esperanza que solo se cruza con los ojos de la fe.

Con la piel curtida por varios días de camino, la camisa envuelta en una capa de polvo y el rostro abatido por el cansancio, Pepe Sierra, hermano mayor del Rocío de Coria del Río, reparte un par de botellas de agua fresca antes de llegar al Ajolí. «Nos hemos quedado sin agua en los carros. Hemos tenido que traer un lote de botellas para todos». El último tramo del camino ha sido especialmente duro. Desde que el tamboril abrió el día en Hato Blanco no han dejado de andar. Las altas temperaturas les han obligado a parar más de la cuenta, «tres veces más», para echarle agua por encima a los bueyes. «Son animales, no son máquinas», apunta una romera al poco que comprueba que van hora y media más tarde con respecto a otros años. No importa. El tiempo en El Rocío no se corresponde con el que marcan las manecillas del reloj. Siempre es hora para todo.

Cae a plomo el sol sobre el puente del Ajolí. Una masa de romeros se arremolina ante la carreta coriana. Las palabras del hermano mayor son dardos que van directamente al corazón. «Vamos a rezar porque ya estamos aquí. Hay que dar gracias que una vez más vamos a estar delante de Ella. Y vamos a acordarnos de Benito Rocha, para que todo haya salido bien (trasplantado la noche antes de un riñón que llevaba tiempo esperando). También del sobrino y nieto de los carreteros y de tanta gente que necesita de la ayuda de la Virgen».

Costó aguantar las lágrimas. Sobre todo cuando el hermano mayor abrazó emocionado al tesorero. También cuando el carretero anuncia el feliz desenlace familiar: «Esta tarde le dan el alta a mi sobrino, que ha sido trasplantado». La alegría se desborda entonces en la tierra donde se cumplen los sueños.

El cuerpo se relaja para todos. Bueno, para casi todos. Francisco Álvarez no baja la guardia con la yunta. «Todavía queda meter la carreta en la casa de hermandad. Es complicado porque la puerta tiene las dimensiones de la antigua carreta».

Los caballos aprovechan los vivas y las sevillanas sobre el puente para refrescarse en la corriente del agua que pasa debajo. Hay quien se arrodilla en la orilla y se echa agua por la cabeza para aliviar el cansancio. Son bautizos «o rebautizos» por exigencias del mercurio. «Me he puesto protección del 50», dice una romera de Lebrija que sonríe con nervios al sentirse cerca de la Virgen. «Es un sueño hecho realidad. Otro año más aquí. ¡Cuánta alegría!».


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