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El convento de Santa Ángela siempre la espera

El capataz de la Virgen de Gracia y Amparo de la hermandad de Los Javieres dedica una emotiva levantá a las hermanas de la Cruz

28 mar 2018 / 00:36 h - Actualizado: 28 mar 2018 / 00:51 h.
  • María Santísima de Gracia y Amparo a su paso ante el convento de Santa Ángela./ Fotos: Teresa Roca
    María Santísima de Gracia y Amparo a su paso ante el convento de Santa Ángela./ Fotos: Teresa Roca
  • El Cristo de las Almas se levanta sobre un cuidado monte de lirios morados.
    El Cristo de las Almas se levanta sobre un cuidado monte de lirios morados.

El Martes Santo comienza este año tres horas más tarde en Feria. No, no es que haya riesgo de lluvia. La nueva configuración del día –en sentido inverso por la Carrera Oficial– retrasa la llegada de los nazarenos de sarga negra. No así el público que, algún que otro desorientado, no cae en la cuenta del nuevo horario de la salida de Los Javieres. A las 18.25, la hora en la que se abren las puertas en Omnium Sanctorum se cierran los portones de la Casa Madre de Santa Ángela de la Cruz. La cofradía se echa a la calle mientras que la clausura se prepara para recibirla, como siempre. En silencio y oración. En esa liturgia conventual que hace del rezo un cántico de amor a María.

En la residencia de mayores Juan Grande, a la altura del número 18, los ancianos empiezan a ocupar el palco de sillas dispuesto en el zaguán. «Este año es más tempranito», advierte un familiar que entra a interesarse por el abuelo. La minúscula acera que delimita este templo consagrado a los pobres de la ciudad, empieza a llenarse de gente. Algunos llevan sus inseparables sillas plegables. «¿Cuándo viene?», pregunta un pequeño a su abuela. «Ya mismo. Este año como es camino de ida de la Catedral, irán ligeros para cumplir horarios». Con el sol bañando la espadaña del convento del Espíritu Santo, al final de la calle (o al principio, depende, pues para eso este es un Martes Santo distinto), avanza la cruz de guía arbórea de la corporación de orígenes jesuitas. Como advierte un joven que acaba de llegar con sus amigos, esta es «una cofradía agradecida de ver: va rápida y es muy bonita». No le falta razón. Su discurrir se convierte en un deleite para los sentidos. Filas de espigados capirotes, cirios de cera negra y recogimiento absoluto a su paso. Gusta hasta recrearse en las insignias que van separando los tramos. Al fondo, ya se atisba la silueta del crucificado sobre un monte, este año de lirios morados. En dos chicotás, el Cristo de las Almas encara la puerta del cenobio, que, como si intuyera su presencia mesiánica, se va abriendo poco a poco. Frente a Él, se abre todo un cielo de misericordia y de caridad representado en esos hábitos marrones. «Aunque no hubiera cielo, yo te amara/ y aunque no hubiera infierno, te temiera./ No me tienes que dar porque te quiera,/ pues aunque lo que espero no esperara,/ lo mismo que te quiero te quisiera», cantan estos ángeles que siguen el testimonio de Madre Angelita.

Aún con la emoción a flor de piel y mientras se pierde el paso del Cristo de las Almas por la estrechez de la calle, al fondo, de nuevo, asoman cuatro ciriales. El palio de la Virgen de Gracia y Amparo se acerca al convento con elegancia. Las hermanas de la Cruz le cantan con la luz de la tarde como mejor testigo. Es una de las imágenes inéditas de este Martes Santo histórico. Sobre un mar de cabezas se alzan numerosos teléfonos móviles que tratan de captar el momento. Pero nada puede desviar la atención. Ni siquiera la disposición del Discípulo Amado que coge la mano de la dolorosa en un gesto de consuelo. Tampoco los lirios blancos, perfectamente combinados con frecsias, azahares y flores de cera que ensalzan la realeza de la Virgen. Unas palabras prolongan este pellizco de emoción. «Ya sea a la ida o a la vuelta. De día o de noche. Ellas siempre están aquí con las puertas abiertas. Si yo fuera ustedes, no me quedaría con nada en esta levantá». La dedicatoria del capataz, Rafael Díaz Talaverón, conmueve a todos. Más aún cuando el palio se levanta con fuerza y comienza a sonar la marcha Oremos. La misma señora que calmaba la intranquilidad de su nieto resume en una frase aquella estampa: «Esto te pone los vellos de punta. Dicen que todos los años es igual, pero emociona siempre. Esto tiene que ser lo más parecido a estar en la gloria». Unos sentimientos a los que contribuye la nueva franja horaria de la cofradía, al pasar de segunda a séptima del día. También calles más acordes con el corte de la hermandad, como Alcaicería con la caída de la noche.


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