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El jueves de las dolorosas

El Jueves Santo tiene dos tesoros de antaño: dos de las vírgenes más antiguas de Sevilla

13 abr 2017 / 09:26 h - Actualizado: 13 abr 2017 / 09:26 h.
  • El jueves de las dolorosas

Sucede cada Jueves Santo, que salen a las calles de Sevilla dos de las vírgenes más antiguas y hermosas de nuestro patrimonio. Hoy es un día muy mariano, por la fuerza de sus tallas dolorosas, por su protagonismo maternal.

Permítanme la licencia de destacar dos de las seis tallas marianas que procesionan bajo palio a lo largo de esta jornada señalada. Dos madres que salen al mundo bajo palio de cajón, con un semblante antiguo, que causa pellizco y encoge corazón. Caminan casi al mismo paso y, a lo largo de sus años, van ganando en elegancia y su estilo sobrio va llenando el alma de una ciudad cuyas joyas van rezando. Son reliquias que atesoran nuestras hermandades más profundas. Nacidas ambas en el siglo XVII, están unidas por el anonimato de su autor, aunque hay muchos que las atribuyen a las mismísimas manos de Juan de Mesa.

Sucede cada Jueves Santo, que pasado el mediodía, la luz del cielo sevillano roza uno de los rostros más sublimes que se han creado para encarnar a María. La belleza perfecta de la Virgen de la Victoria pone rumbo a la Catedral para que la vea Sevilla. Para que le pueda rezar. Y, créanme, ella escucha, viene a vernos y a velar por nosotros, con las manos llenas de dolor y un rostro que refleja los años, que no son pocos.

Con una advocación que define como ninguna otra el triunfo del bien sobre todo lo demás. Victoria, la dama cigarrera que llora el dolor de un hijo castigado a latigazos. Cada lágrima que recorre sus mejillas es una herida en la sangrante espalda de Jesús atado a la columna.

Cruza el puente desde hace años para pasearse delante de la Torre del Oro y adentrarse en la Calle Dos de Mayo. Toma el camino destino a una Plaza Nueva que la ve tomar Tetuán sin ocultar su llanto, aunque intentando aguantar el sufrimiento ante un pueblo que la viene mirando.

Y tras visitar la Catedral, no pierdan detalle de su salida a la Plaza del Triunfo. La luz de la luna en el centro de un cielo cerrado, basta para iluminar una escena del más puro corte clásico sevillano.

La Virgen de la Victoria es muy protagonista cada Jueves Santo. Y, por la suerte que tenemos los que vivimos en esta ciudad, sucede que el mismo día, otra joya de antaño pone sus pies en los rincones más profundos del centro histórico hispalense.

Al atardecer, la Iglesia de la Anunciación se vuelve más templo que nunca. Sale a las calles una madre que llora con la mayor solemnidad posible. Ante los ojos de un público que aguarda en silencio, se muestra la belleza única y triste de la Virgen del Valle.

Un imponente ritual inunda la calle Laraña de sobriedad, con una luz tenue que parece teñir el escenario de blanco y negro. La Virgen del Valle es titular de una hermandad con personalidad, que sangra por las espinas de una corona maldita, e intenta aliviar el peso de la cruz sobre el hombro de un nazareno que la carga en silencio. La majestuosidad de esta talla es un secreto a voces del que se hace gala bajo el mejor techo de palio, al que el tiempo no ha perdonado.

Sevilla se inunda con el llanto de dos obras maestras de la imaginería. Hoy es posible disfrutar en la calle de dos referentes de la devoción mariana, dos joyas. María Santísima de la Victoria y Nuestra Señora del Valle nos llevarán a la gloria, porque hoy es Jueves Santo.


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