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Semana Santa 2017

El mejor adiós posible

El nuevo horario de la hermandad de la Resurrección hizo que los cofrades se echaran a la calle en masa a despedirse por todo lo grande de la Semana Santa

16 abr 2017 / 14:20 h - Actualizado: 16 abr 2017 / 21:00 h.
  • La plaza de la Campana, con casi todas las sillas ocupadas, ve pasar el paso de misterio de la Resurrección. / Fotos: Jesús Barrera
    La plaza de la Campana, con casi todas las sillas ocupadas, ve pasar el paso de misterio de la Resurrección. / Fotos: Jesús Barrera

Cinco siglos ha necesitado Sevilla para encontrarle el final perfecto a su Semana Santa. Se ve que era algo que se iba dejando; debe de tratarse de algún miedo atávico, porque aquí el respetable mantiene su vicio proverbial de no saber despedirse ni a palos –véase cualquier encuentro de conocidos en plena calle, cuánto más la mayor fiesta de la cristiandad–. Pero un simple cambio de horario ha bastado para revolucionarlo todo. Lo que hizo este domingo la hermandad de la Resurrección fue mucho más que asegurarse un buen rebozado de público y, por lo tanto, mayor lucimiento para su precioso cortejo procesional: hizo historia. Y quienes participaron del acontecimiento presenciándolo en sus momentos más clamorosos forman parte de ella.

Uno de esos trances extraordinarios se vivió en la Campana, donde la multitud literalmente tomó las sillas y los palcos al asalto, aprovechando que eran gratis, y ofreció un recibimiento a la cofradía como esta no había experimentado jamás hasta la fecha. Si en ese momento se les hubiera quitado el antifaz a todos aquellos nazarenos blancos que entraban desde la Plaza del Duque, sin duda se habrían visto las caras de estupor más notables observadas en Sevilla desde la nevada del 54.

Acierto absoluto el que tuvieron los hermanos a comienzos de año, cuando en cabildo general extraordinario acordaron probar durante tres años –hasta 2019 inclusive– con este nuevo horario consistente en atrasar la salida casi tres horas, de modo que la llegada a la Catedral se produjese tras la misa pontifical de Pascua de Resurrección, pasado el mediodía. Desde los primeros momentos de la cofradía en la calle, a partir de las ocho de la mañana, se comenzó a notar –primero discretamente, y de forma manifiesta ya al desembocar en la calle Feria– la mayor presencia de público. Hasta ese instante todavía mantenía su genuina estampa parroquiana, aunque con más luz: monjitas de azul, vecinos con perros y algunos manojos de paisanos salían a recibir en la cara los primeros rayitos de sol del domingo en la esquina de la calle San Blas, entre el fresquito de los naranjos, la única voz tronante del capataz y un eco de campaniles cercanos de esos que aliñan el despertar de los gorriones en las callejas y barreduelas del casco antiguo. Había sitio de sobra para ponerse donde uno quisiera y acompañar a los pasos un trecho, pero hasta ahí llegó el espejismo: en cuanto dobló por Infantes, el aire privado y casi pueblerino quedaba definitivamente hecho trizas.

El canto de la Salve desde la capilla de Montesión añadió una nota mayor de emotividad a una salutación para la que se había congregado ya una cierta multitud. Se ve que las cinco marchas seguidas al Señor y los delicados buenos días de la Virgen de la Aurora a los compases de Virgen de la Palma, de Marvizón, enardecieron a una feligresía que estaba loca por disfrutar de algo así en plena mañana, y no con los gallos aún dormidos, como venía sucediendo hasta ahora. Los pasos todavía montados de la Oración en el Huerto y la Virgen del Rosario despacharon otra buena ración de semanasanterío a la plaza, que aplaudió todo cuanto pudo inaugurando de semejante modo una nueva forma de vivir el Domingo de Resurrección. Pero no quedaría ahí.

Nada hacía presagiar algo por el estilo a primera hora de la mañana, cuando a las siete y media solo andaban por la Avenida cuatro señores talluditos corriendo en chándal y las sillas yacían apiladas, como siempre en esta fecha y a esa hora, con el camión de Otón haciendo guardia junto al Arquillo hasta que llegase el momento de recogerlo todo. Daba una pena tremenda esa percepción de una Semana Santa confiscada en la mismísima carrera oficial cuando todavía quedaba por pasar la última, una falta de modales, de cortesía y de sentido estético de la que no se ha hablado lo suficiente. Las señales que advertían contra el uso de sillitas estaban arrumbadas ya tras una valla en la puerta del Banco de España, y daba la impresión de que la fiesta más importante de Sevilla era ya definitivamente material para la historia, para decorar con sus fotos las traseras de los palcos de la Plaza de San Francisco. Una muchacha china más sola que la una era todo lo que había en la calle Cuna, regada con abundancia como todo el centro, y en la embocadura de Regina tres o cuatro vecinos tempraneros daban cuenta de la bollería atrapados por el aroma a cruasanes de uno de sus locales. Pare de contar. Punto final. Ese era el ambiente que envolvía tradicionalmente las evoluciones de la cofradía de Santa Marina hasta bien avanzado el itinerario de regreso. Nada hacía sospechar que esas pilas de sillas se abrirían, que la Avenida volvería a lucir como el mismísimo Domingo de Ramos, que no habría un sitio libre en los palcos y que la Campana acogería con una estruendosa ovación la petición de la venia en el palquillo, en un aplauso que tenía mucho de acto de justicia.

Solo la zoquetería, la catetez, la oscuridad mental y unas actitudes que distan sensiblemente de cualquier mínimo principio levemente parecido a los del cristianismo justifican el que esta corporación no haya figurado hasta ahora en la lista de las del Sábado Santo. Dicho sea sin señalar a nadie y dejando expuestas las culpas para que quienes tengan parte en ella vayan recogiendo su pedazo: sálvese quien pueda y que cada cual se agarre a su brocha, porque la escalera ha sido definitivamente retirada. Lo único que se podía decir con toda seguridad, viendo la procesión de la Resurrección, sintiendo su ímpetu cofradiero, respirando su sevillanía arrebatadora y dejándose uno evaporar en la mirada de la Virgen de la Aurora, es que el Sábado Santo se lo pierde. Ahora, después de vivir lo de ayer, queda claro que esa pretensión debe quedar atrás: la Resurrección, y el ansiado broche final de la Semana Santa, han aparecido donde y cuando más falta hacían. Eso era lo que Sevilla se estaba perdiendo.

Nada de qué preocuparse tuvieron los responsables de la cofradía, que en los primeros compases andaban con cierta intranquilidad por los efectos del reajuste de hora, la importancia de la efeméride de los 25 años de la primera salida bajo palio de la Virgen de la Aurora, la consecuente ampliación del número de nazarenos –un treinta por ciento más– y las dudas de ver cómo se iba ajustando eso por el camino. La procesión se vertebró de manera excepcional y ejemplar. Chapeau por las cuadrillas y sus capataces. Sencillez, pocas tonterías y enorme capacidad de conmover y dejar a la gente soñando de aquí a un año. La Semana Santa de Sevilla no estaba muerta, pero ahora ha resucitado. Misterios de la fe.


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