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El «Patrocinio» de Felipe IV

Al cuarto de los Austrias le llamó muy especialmente una virgencita que se veneraba en una capilla al borde del Guadalquivir...

19 mar 2017 / 08:00 h - Actualizado: 21 mar 2017 / 18:04 h.
  • Grabado francés del siglo XVII, con el Guadalquivir flanqueado por el Castillo de San Jorge a la izquierda y la Torre del Oro a la derecha.
    Grabado francés del siglo XVII, con el Guadalquivir flanqueado por el Castillo de San Jorge a la izquierda y la Torre del Oro a la derecha.

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A la muerte de Felipe III le sucede en el trono su heredero Felipe IV, apodado «el Rey Planeta» —en asociación con el cuarto lugar que ocupa el Sol en la jerarquía de los astros—, y cuyo reinado de 44 años y 170 días, además de ser el más largo de la casa de Habsburgo en España, estará teñido de desgracias para la ciudad de Sevilla.

Entre ellas, el desbordamiento del Guadalquivir, el estancamiento de las aguas y la peste de 1649, la peor y más asoladora epidemia que conociera la ciudad. No obstante, la visita del monarca a tierras andaluzas, así como su notable interés por nuestras tradiciones, hacen de ese período de la historia uno de los más fructíferos en cuanto a creación, desarrollo y aumento del número de hermandades, amén de otros hitos como la canonización del monarca Fernando III.

Cuentan las crónicas que avisado el Cabildo de la ciudad por carta del Conde-Duque de Olivares de la llegada a Sevilla del monarca, el 25 de febrero de 1624, ésta se preparó para recibirle. Pese a ser voluntad de los visitantes que la acogida fuese sencilla —por la puerta de la Macarena y sin palio—, lo cierto es que desde el ayuntamiento se procedió al empedrado y limpieza de ciertas calles, así como al engalanamiento de todo el recinto, lo que provocó inmediatamente el entusiasmo entre las gentes, que incluso empeñaron bienes para obtener prendas de gala, adquirir más criados o incluso realzar sus casas. Así, ante una ciudadanía expectante, cuyos sastres, comerciantes y mercaderes llegaron a cobrar hasta seis veces el valor real de sus productos, entró el afamado personaje la tarde del 1 de marzo por el itinerario previsto, con meta en el Alcázar, donde había de hospedarse. La tradición nos dice que algunas de las tardes gustaba el rey de pasear por el río, utilizando para ello una falúa o barco de vela pequeño realizado expresamente para él y cuyo coste alcanzó los 5.700 ducados, además de arreglar otras cinco para la comitiva que le acompañaba, motivo por el cual llegó a tener contacto con las gentes de Triana.

Y he aquí que en una de sus excursiones, tal vez con motivo de su visita al monasterio de la Cartuja, alguien le debió de señalar la existencia de una virgencita que se veneraba en una humilde capilla del arrabal desde su aparición en 1249, poco después de la reconquista. Según la tradición oral, llegó allí el rey preguntando por su origen y procedencia, haciendo posteriormente oración ante ella. De los datos que le aportaron poco se sabe, ya que el germen de la devoción a la imagen es incierto, y lo único que se conoce es su ocultación en Santa María de las Cuevas durante el período musulmán. Lo cierto es que el monarca quedó fuertemente impresionado por lo humilde del sitio y por las manifestaciones de fe de sus gentes, motivo por el cual se decidió a contribuir anualmente con el culto. Del título de la imagen por aquellas fechas no tenemos constancia escrita, pero no deja de ser curioso que años después Felipe IV solicitara a la Silla Apostólica la fiesta del Patrocinio de la Santísima Virgen, en unos momentos políticos difíciles. De un modo u otro la fecha de 1691 es la definitiva en esta historia, pues a partir de ese momento queda confirmada la fusión entre las hermandades del Patrocinio y la Expiración, dando lugar a la actual cofradía trianera del Cachorro.


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