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El ’runtastic’ no mide la fe de los últimos del Aljarafe

Pilas, Carrión, Sanlúcar y Villanueva del Ariscal cierran el cortejo al Rocío. Un trasplantado de riñón y páncreas hará el camino con la hermandad ariscaleña

17 may 2018 / 21:54 h - Actualizado: 18 may 2018 / 08:29 h.
  • Más de 800 peregrinos acompañan a la hermandad del Rocío de Sanlúcar la Mayor. / El Correo
    Más de 800 peregrinos acompañan a la hermandad del Rocío de Sanlúcar la Mayor. / El Correo

Que nadie se lleve a equívocos. La hermandad del Rocío de Sanlúcar la Mayor no inició ayer su peregrinar a la Aldea. Porque, quien es rociero de verdad, sabe que el camino no se mide con pisadas ni con el runtastic –una aplicación que calcula lo que uno corre, anda y hasta las pulsaciones–, sino con los latidos del corazón. Y el de los sanluqueños, como el de los pileños, los ariscaleños o carrioneros–, llevan días a mil por hora. La capital judicial del Aljarafe está imbuida en esa ensoñación que, cada año, se hace realidad junto a la verja o en la bulliciosa explanada junto al santuario. Y la espera para ese encuentro se hace mayor cuando en los prolegómenos a su salida, se fundían en abrazos con sus hermanos de Albaida, el martes, y Olivares, ayer mismo. «Sentid nuestras calles como vuestra propia casa», le trasladó el alcalde de Sanlúcar, Raúl Castilla, a estos vecinos del Aljarafe, con los que no solo comparte arena y camino, sino también las fatigas por las «presiones» sufridas para ir por el corredor verde del Guadiamar y no por el itinerario tradicional. Disgusto subsanado –al final tirarán por el camino de Aguasanta– e incluso olvidado cuando el Simpecado sanluqueño recibía los primeros rayos de sol desde la parroquia de Santa María, casi a la misma hora que la familia de Olivares ascendía a los siete escalones a la gloria, al abrigo fervoroso de la primera filial, Villamanrique de la Condesa.

La salida de los 800 peregrinos sanluqueños no fue en ningún momento abrupta, sino que fue con la calma que requiere el disfrutar de cada estampa de su pueblo. Y ya no es solo el elevar a los pequeños para acercarlos al Simpecado, sino otras paradas, como la que se ofreció, sevillanas incluida, junto a los mayores de la residencia San Eustaquio; o la del colegio Santa María la Mayor de Los Maristas, donde un coro de voces blancas entonó la canción La buena madre.

Son los rituales de las más cercanas, las cuatro sevillanas –sin contar las dos capitalinas–, que emprenden el camino más corto que no el menos intenso. En Pilas, la número 2 de las filiales de la Matriz de Almonte tenía una razón más de celebración y, sobre todo, de hermanamiento. Más allá de los rezos a la entrada, de los primeros pasos con el repique incesante de campanas de la iglesia de Santa María la Mayor o ese cortejo encabezado por los estandartes marcados por el verde y blanco de la bandera andaluza.

A los pileños autóctonos se les sumó, en eso de festejar un nuevo peregrinaje, los pileños de Perú, representados por el alcalde de San Pedro de Pilas, Julián Melquiades Quispe que primero recibió la medalla rociera para, seguidamente, entrar, junto al alcalde José Leocadio Ortega, una ofrenda en forma de ramo de flores y, seguidamente, avanzar parte del recorrido junto a la carreta tirada por bueyes del Simpecado pileño. Este acto demuestra que la Blanca Paloma no entiende de distancias, ni siquiera si entre un punto y otro les separa todo un océano Atlántico.

A pocos kilómetros, ya estaba en el camino Carrión de los Céspedes, la más madrugadora de la jornada. Allí tiene la Virgen del Rocío a uno de sus embajadores que predican por y para lo que es el camino. El párroco del municipio, Antonio Romero, lleva días haciendo de las redes sociales su altavoz, bien mediante un tuit o bien mediante vídeos. «¡Es para mí una de las noches más hermosas! Cuando apago la luz de la iglesia y me despido del Señor hasta dentro de un rato, sabiendo que los nervios no me dejarán dormir. Volveré a ser como un niño y de nuevo sentiré que ya me esperan los brazos abiertos de la Virgen del Rocío», relataba, unas pocas horas antes de que los carrioneros emprendieran el camino es una estampa cargada de clasicismo: la de la multitud abriendo paso a su Simpecado, ya sea en las calles de este coque municipio del Aljarafe como fuera de su término, a campo abierto.

Las 51 hermandades rocieras de la provincia de Sevilla –48 de ellas filiales de la Matriz de Almonte– se completaba con la salida, también de buena mañana, de Villanueva del Ariscal, con un cortejo impregnado de solidaridad. No solo por el lazo celeste que portaba la carretera del Simpecado, con el lema Hazte Donante-Dona Vida, que preparó días atrás el doctor José Pérez Bernal, el alma de los trasplantados en Sevilla, sino por el rociero que es vivo ejemplo de lo importante de las donaciones. José Garrido inició el camino con la hermandad ariscaleña con una vara del caminante con el mismo lazo de la carreta. No en vano, este vecino de Espartinas fue trasplantado de riñón y páncreas en un hospital de Málaga y ahora afronta su nueva vida rindiendo cuentas ante la Blanca Paloma. De momento, su sola presencia ya tuvo efecto contagio. En el acto celebrado en la iglesia, una familia asistente y que había perdido hace nada a un ser querido, decidió dar el paso y donar todos los órganos con el mensaje de solidaridad enviado por José. Villanueva del Ariscal se enfundó en ese mensaje, pero no fue el único. Ya en el camino figuran otras con ganas de ayudar, como la hermandad del Rocío de Espartinas o la de Bollullos de la Mitación.


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