lunes, 24 septiembre 2018
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Sábado de Pasión

El viento no puede con la verdad de los barrios

Una vez más, las hermandades de vísperas nos dieron una lección de fe y cofradías. A destacar, la llegada de San José Obrero al Santuario de Los Gitanos

  • Nervión se volcó con La Milagrosa. María Santísima del Rosario lució en su barrio el bello de encaje de punto de aguja del siglo XIX. / Jesús Barrera
    Nervión se volcó con La Milagrosa. María Santísima del Rosario lució en su barrio el bello de encaje de punto de aguja del siglo XIX. / Jesús Barrera
  • Nuestra Señora de los Dolores acompañada de su gente. / Manuel Gómez
    Nuestra Señora de los Dolores acompañada de su gente. / Manuel Gómez
  • El Cautivo de Torreblanca pisó de nuevo las calles de Sevilla este año. / Diego Arenas
    El Cautivo de Torreblanca pisó de nuevo las calles de Sevilla este año. / Diego Arenas
  • Padre Pío enfila su penitencia hasta la parroquia de los Dolores de El Cerro. / Teresa Roca
    Padre Pío enfila su penitencia hasta la parroquia de los Dolores de El Cerro. / Teresa Roca
  • Este nazareno del Parque Alcosa medita bajo un sol primaveral. / Manuel Gómez
    Este nazareno del Parque Alcosa medita bajo un sol primaveral. / Manuel Gómez
  • El crucificado de Pasión y Muerte sale en horizontal desde la parroquia del Buen Aire. / Manuel Gómez
    El crucificado de Pasión y Muerte sale en horizontal desde la parroquia del Buen Aire. / Manuel Gómez

Las fuertes rachas de viento, que en algunos momentos de la tarde de ayer azotaron a la ciudad, no consiguieron empañar un Sábado de Pasión de luz en la que los barrios de la vieja Híspalis volvieron a dar toda una lección de fe y cofradías.

La estación de penitencia que San José Obrero hizo al santuario de Los Gitanos y los nuevos bordados de La Milagrosa fueron las principales novedades de una jornada en la que, afortunadamente, no se temió la presencia de la lluvia.

Sevilla tiene ganas de Semana Santa y ayer lo demostró. Numerosísimo público en las seis cofradías que hoy ceden el testigo a un nuevo Domingo de Ramos.

Padre Pío-Palmete

La autenticidad de la Semana Santa no es territorio exclusivo de lujosos dorados, canastillas relucientes o cortejos infinitos. Al fin y al cabo, no ha de haber objeto que brille más que la fe. Padre Pío es ese sitio donde nada refulge por encima de la devoción, la de dos barriadas –también Palmete– que se rinden a esa misma cofradía que procesiona el Sábado Santo y que no los abandona durante todo el año, con una bolsa de caridad que hace mucho más por el cristianismo que todo un ejército de salmodiadores.

Así, puntual a su cita (15.10), la hermandad de Padre Pío puso sus nazarenos en la Doctora Oeste: doscientos fieles ataviados de marfil y burdeos. En los aledaños de la Parroquia del Buen Pastor y San Juan de la Cruz reinaba un ambiente populoso, con mucho olor a barrio y a los buñuelos de esos puestos portátiles que afloran cuando el Evangelio aterriza en Sevilla. Silente, Jesús de la Salud y Clemencia, cruz al hombro, cruzó el dintel que lo separa del pueblo para enfilar su estación de penitencia que esta humilde corporación realiza a toda una catedral de barrio: la parroquia de Nuestra Señora de los Dolores del Cerro del Águila, donde vive esa misma hermandad que sirve de buen ejemplo para los cofrades de extramuros.

Volaba la túnica púrpura del nazareno al son de Divina Clemencia de Jesús, la marcha que tiene dedicada y que interpretaba con entusiasmo la Agrupación de Santa Cecilia. Aún no se había difuminado por la Ronda de Padre Pío, dispuesto a cruzar el puente no sobre un Guadalquivir sino sobre el río de coches de la SE30, cuando su madre, Virgen de la Divina Gracia, pensó que ya era el momento de celebrar sus bodas de plata. 25 años lleva procesionando la dolorosa de Álvarez Duarte, motivo suficiente para lucir idénticos ropajes a los de aquella primavera del 93. Y como el arte tampoco es exclusivo de quiénes se creen únicos, danzaba ese palio con gracia, bambalinas al aire, de costero a costero, al son de otra composición propia: Madre de la Divina Gracia. Emoción sin estridencias ni fulgores, pero con ese mensaje de indudable veracidad: en Padre Pío también hay que morir.

Torreblanca

Tan solo 33 días después de aquel histórico primer lunes de Cuaresma, las caras de felicidad regresaban a los rostros de los cofrades de Torreblanca. Todo era ilusión y recuerdos emocionados por lo vivido en los compases previos a la salida de sus primeros nazarenos. No obstante, era la segunda vez que en este año de gracia la imagen del Señor Cautivo pisaría el suelo de Sevilla para repetir una lección que nadie como sus hermanos son capaces de contarle a la ciudad. Una salida con tintes de acción de gracias que vivieron en primera persona los miembros de la junta de gobierno de la hermandad de la Resurrección, anfitriones de la estancia de la cofradía en la iglesia de Santa Marina para el Viacrucis de las Hermandades. Para ellos fue la primera levantá del paso de misterio. «Ellos nos han acogido en su casa y ahora nos toca a nosotros», dijo el capataz.

Todo estaba ya consumado. El Cautivo, que lucía la misma túnica blanca que en el besamanos extraordinario de Santa Marina, avanzaba poco a poco por el interior de la parroquia mientras la calle enmudecía a la espera del milagro de cada año. «Ya está el Señor con su barrio», murmuraba una vecina en el dintel. Una oración del alma del pueblo que se fundía con los sones de Virgen de los Reyes. Entre aplausos comenzaba a sonar Y al tercer día, otro homenaje –el enésimo– a los cofrades de la Resurrección.

Con la cofradía ya lanzada, todas las miradas se dirigían a la Virgen de los Dolores. En su palio, unos nuevos respiraderos frontal y trasero que por primera vez recibían el reflejo del sol del Sábado de Pasión. También sus maniguetas y su llamador, cuya primera llamá hizo el alcalde de Sevilla, que no quiso perderse la salida. Pero la levantá más emotiva fue la última en el templo. Allí, José María Gamero, autor de la dolorosa, mandaba al cielo de Sevilla a la Virgen que imaginaron sus propias manos. Toda una metáfora del arte. Un «venga de frente» emocionado fue lo último que se escuchó. La Virgen de los Dolores ya era del barrio. La fiesta de la fe comenzaba un año más en Torreblanca.

Divino Perdón

En el Parque Alcosa pasan muchas cosas un Sábado de Pasión. Entre ellas que bares como El Sofrito y La Paraíta cuelgan el cartel de barra completa. También sucede otro fenómeno singular; que quien se acerca hasta allí en coche tiene que dar una, dos y hasta tres vueltas para conseguir apalancar el vehículo. Todo esto viene a querer decir que los 25 años que ha cumplido la Hermandad del Divino Perdón no han pasado en balde. Y que poco a poco, el barrio va haciendo suya una cofradía a la que le ha costado echar raices. «Poco a poco Alcosa va queriéndonos más y más», decía un hermano mientras contemplaba cómo los aledaños de la Iglesia de la Beata Ana María Javohuey se iban llenando de público un buen rato antes de que se abrieran las puertas. Todo alrededor del Divino Perdón tiene aire de fiesta, religiosa, pero fiesta. Es como si la cofradía quisiera gritar a los cuatro vientos que este es el día más grande del año para los vecinos de Alcosa. Y lo es. La Banda del Santísimo Cristo de la Resurrección comenzaba a desfilar cinco minutos exactos previos a que la cruz de guía comenzara a andar. Hasta tres marchas seguidas encadenaron los músicos de la Agrupación la Estrella de Dos Hermanas para acompañar en la primera chicotá al paso de Cristo. La candelería de un palio imponentemente azul de María Santísima de la Purísima Concepción se vio perjudicada, desde el primer momento, por el viento que apagó el 80% de todas las velas. Esperanza de Vida, Estrella Sublime y Esos tus Ojos fue la banda sonora con la que la Banda de Música de la Soledad de Cantillana acompañó al palio en los primeros compases. Este año han sido 900 hermanos y 250 nazarenos. Con un poco de ganas, en 2019 el Divino Perdón abrazará los 1.000 fieles militantes de una hermandad que, felizmente, crece. Y esa es la mejor noticia que puede darse en su primer cuarto de siglo de existencia.

La Milagrosa

Si hay una cofradía con sabor a barrio y a víspera de Domingo de Ramos ésa es la Milagrosa. Multitud de fieles se agolpaban a las puertas de la parroquia mucho antes de que la peculiar Guardia Judía llegara en su particular y llamativo desfile. Quien ayer lo vio por primera vez comprobó los pequeños detalles que hacen que la hermandad parezca que muchos más años de los que consta en su libro de reglas. La de ayer fue su tercera salida procesional como Hermandad en una tarde fría en la que el viento no impidió ver el navegar —como sus propios costaleros tildan su andar—de un galeón caoba cuyo pasaje bíblico representa al Señor de la Esperanza cruzando el puente del Cedrón, un misterio único en la ciudad de Sevilla, siendo probablemente también el más grande en sus dimensiones. El incomensurable trabajo de la Banda de la Cruz Roja solo ensalzó con sus preciadas y preciosass notas aún más, si cabe, la belleza de esta hermandad nervionense. El protagonista de la tarde en Ciudad Jardín, no obstante, fue sin duda el pequeño Rodrigo de 12 años. Un hermanito de la corporación que necesita un riñón, un hecho constatado en un cirio fundido en el palio de María Santísima del Rosario.

San José Obrero

«Para esta humilde hermandad, sois muy grandes. Solo espero que la felicidad colme vuestros corazones». Son las palabras que el hermano mayor de San José Obrero, Rafael Gaitán, eligió para dirigirse a su homónimo en Los Gitanos una vez la cofradía alcanzó el Santuario de la corporación de la Madrugá para hacer allí estación de penitencia. Fue la principal novedad para una corporación que sintió ayer la satisfacción de rebasar los restos de la muralla y entrar, por primera vez, al casco histórico de la ciudad.

Centenares de personas se agolparon en las inmediaciones de la calle Verónica para ver un momento que ya se puede catalogar como histórico. Lágrimas. Muchas lágrimas se pudieron ver cuando Rafael Gaitán se dirigió –con la venia oportuna- a la Virgen de las Angustias para pedirle por el barrio de San José Obrero y por todas las personas enfermas e impedidas que esperaban, en sus casas, el regreso de la cofradía.

Justo antes de llegar al Santuario –en la calle María Auxiliadora– un percance provocó que se tuviera que quitar del paso de palio el candelabro del costero izquierdo. Un pequeño incidente que no consiguió empañar la llegada de Nuestra Señora de los Dolores a la calle Verónica, dónde entró al compás de Mi Amargura. Antes de ella, el Señor de la Caridad, que estrenaba túnica, confeccionada por José Antonio Grande de León.

Las pupilas de los más de trescientos nazarenos de esta cofradía derrochaban ilusión. Comportamiento ejemplar de un cuerpo que se postró ante el Señor de la Salud y su madre, la Virgen de las Angustias Coronada. Toda la junta de gobierno de la hermandad de la canela y el clavo fue testigo de la entrada de ambos titulares al templo. Pero no solo ellos, la hermandad acondicionó la nave derecha para que todo el que quisiese pudiese estar presente. «Esta será vuestra casa hasta que vayáis a la Catedral». Fue lo que un miembro de la junta de gobierno de Los Gitanos le dijo al hermano mayor de San José Obrero. Él respondió: «Ahora mismo, estamos muy a gusto como estamos».

Aplauso atronador se escuchó a las puertas del santuario para despedir a San José Obrero, que volvió a su templo pasada la media noche con el orgullo de haber completado una estación de penitencia en la que la madurez que la cofradía va ganando con el paso de los años se hizo patente.


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