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Santa Marta

Frío y en una sábana blanca

La cofradía de Santa Marta impacta por su rigurosa puesta en escena de Cristo muerto, justo el día en que nació la primavera apócrifa

26 mar 2018 / 20:19 h - Actualizado: 27 mar 2018 / 00:16 h.
  • Paso del Santísimo Cristo de la Caridad en su traslado al sepulcro. / Fotos: Jesús Barrera
    Paso del Santísimo Cristo de la Caridad en su traslado al sepulcro. / Fotos: Jesús Barrera
  • Nazarenos de la Hermandad de Santa Marta.
    Nazarenos de la Hermandad de Santa Marta.

El cambio de estaciones tiene dos formas de calcularse: una es la astronómica, la de toda la vida, la de los equinoccios y los solsticios; y otra es la apócrifa, la que se hace a ojo, sacando el dedo por la ventana para percibir si lo que hace es fresco y no frío. Ayer empezó la primavera en Sevilla para el hispalense de a pie. Con cinco días de retraso sobre el horario previsto, el Lunes Santo fue el primer día del año en el que los chaquetones, abrigos y gabanes colgaban de los hombros y los brazos al mediodía. Entre la una y las seis de la tarde se abre una ventana de tiempo y climatológica que anima a desprenderse de las capas invernales y a andar más suelto, más animoso. Pues en el primer día del profano entretiempo, el Cristo de la Caridad paseó su muerte por la ciudad. Curiosa contradicción esta época de florecimiento con su opuesto: el fin, la nada, la muerte. Pero la del titular de la cofradía de Santa Marta no es una muerte cualquiera, es la muerte más trascendental de la historia, la que lo cambió todo como ya lo hizo su nacimiento. A las seis y pico de cada lunes grande se abren las puertas del Santo Sepulcro sevillano para que antes de que pase sólo unas cuantas horas entre penumbras, la ciudad disfrute del duelo. Ahí va otra contradicción, el Cristo de la Caridad, en su infinita generosidad, permite que miles de personas disfruten de su duelo.

Tanta luz primaveral apabulla, conquista cada rinconcito, cada esquinita de esta ciudad. No hay sitio alguno que se le escape, y los alrededores de la iglesia de San Andrés no son una excepción. Es uno de los milagros que se producen cada Lunes Santo sevillano, Cristo consigue imponer una fantasmagórica oscuridad en territorio tan lumínico. Cuánto disfrutaría Caravaggio pintando este claroscuro tan imponente. Es una salida muy especial, la ciudad lo sabe y por eso la multitud que espera a la salida de paso es cada año más numerosa. Santa Marta es la Semana Santa sin conservantes ni colorantes, un placer para aquellos que gustan de las cosas sencillas, que no necesitan aperitivos ni decoraciones al mensaje que la estación de penitencia quiere transmitir. Es lo que ves, lo que no ves, lo que oyes y no oyes, y lo que hueles. Sin trampantojos.

Lo neurólogos aseguran que es la música la experiencia humana que mayor huella deja en el cerebro. La hermandad de Santa Marta no necesita ni una sola corchea en su desfile para provocar entre las neuronas una cantata de emociones. Sevilla ha comenzado a percibirlo. En su camino hacia el templo, los nazarenos de la cofradía son vistos con cierta envidia por el enjambre de paseantes que merodean por las calles cercanas al templo. Pero no estaría mal hacer el ejercicio de buscar algún acompañamiento musical a tan emotiva escena. Por qué no la banda de Duke Ellington tocando St. James Infirmary, un blues tradicional de comienzo del siglo XX, a ritmo casi de marcha fúnebre, con una letra que viene que ni pintada a la ocasión: «Vi a mi hijo, mi propio hijo envuelto en una sábana blanca y tan frío como la tierra».

«Este año lo quiero ver muy de cerca. Es una de las cosas que me queda pendiente de la Semana Santa», de la mano de su pareja, una señora aviva el paso de su media naranja para encontrar una ubicación que magnifique todavía más la postal. La nube de incienso provoca un eclipse en el entorno de paso. Lo tendría complicado Santo Tomás ante esta atmósfera porque para él no se podía creer en nada que no se viera. Santa Marta obliga a hacerlo. El que quiera verlo puede hacerlo todo el año en su templo, pero en el día de su muerte se eclipsa, se codifica para que el mensaje sea un acto de fe o de lo que sea.

Camina majestuoso hacia la carrera oficial con la escolta de mil nazarenos de luto riguroso. El sol empieza a esconderse, pero todavía queda astro para que en una chicota maratoniana, un rayo de luz otorgue ahora el protagonismo al rostro de la Virgen de las Penas. De su cara a la de su hijo, y de ahí a los cuatro puntos cardinales. Ella avisó de que la luz siempre siempre triunfa.


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