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Guía cofrade: Librea (391)

Esta vestimenta la llevaban los servidores y mayordomos de familias adineradas del siglo XVIII, que eran cedidos a las hermandades durante la Semana Santa

13 mar 2018 / 18:19 h - Actualizado: 13 mar 2018 / 21:49 h.
  • Dos servidores de librea junto al fiscal de Cruz en El Silencio. / Carlos Hernández
    Dos servidores de librea junto al fiscal de Cruz en El Silencio. / Carlos Hernández

Los cortejos de las diferentes cofradías que componen la nómina de la Semana Santa incluyen figuras específicas, como el muñidor, los capataces, costaleros o acólitos, amén de los nazarenos. Todos ellos se distinguen por llevar una vestimenta determinada. Uno de los ropajes más llamativos de la Semana Santa es el de librea, cuyo nombre también designa a los servidores que la portan. Es decir, librea hace referencia al vestido con colores y adornos distintivos que los nobles hacían llevar a sus criados.

En este sentido, el atuendo de librea lo compone una levita que recuerda a que usaban los servidores de las casas señoriales en los siglos XVIII y XIX. Por aquellos tiempos, las familias más acaudaladas cedían a los criados y mayordomos de sus propias casas para que sirvieran en las cofradías. Esto quiere decir que, en su origen, el servidor que vestía de librea era alguien ajeno a las propias hermandades, de ahí que estos no hicieran estación de penitencia como sí hacen los actuales, que ocupan un puesto más bien simbólico, e incluso decorativo, que consiste en acompañar a algunas cruces de guía, portando faroles o escoltando a la Santa Espina del Valle, por ejemplo.

Por su parte, en el cortejo del Silencio estos servidores reciben el nombre de pajes. Además de estos, podemos encontrar otros con una indumentaria muy parecida a la librea tejida en seda de damasco de color carmín y con una ostentosa chorrera en el pecho. Reciben el nombre de sediarii y van, por parejas, delante de los pasos de Jesús Nazareno y la Virgen de la Concepción. El nombre proviene de los servidores que portan la Sede, que es la silla papal en el Vaticano. El Silencio puede hacer uso de este elemento de protocolo gracias al papa Pío VII, que otorgó una bula a la corporación a principios del siglo XIX.


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