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Jesús de las Penas como si fuera la primera vez

La marcha de Pantión cobró un significado especial cuando se cumplen 75 años de su composición. Con ella se acabó de oscurecer la tarde

27 mar 2018 / 00:01 h - Actualizado: 27 mar 2018 / 00:05 h.
  • Nuestro Padre Jesús de las Penas, ayer a la salida de la Parroquia de San Vicente Mártir. / Fotos: Manuel Gómez
    Nuestro Padre Jesús de las Penas, ayer a la salida de la Parroquia de San Vicente Mártir. / Fotos: Manuel Gómez
  • Los fieles rodean el paso de María Santísima de los Dolores.
    Los fieles rodean el paso de María Santísima de los Dolores.

No imaginamos la sensación que puede experimentar quien por primera vea en su vida cómo la tarde del Lunes Santo se puebla de hermandades como Santa Marta, Vera-Cruz, El Museo y Las Penas de San Vicente. Solo hay un problema; todas desembocan casi inmediatamente en la carrera oficial. Y ni Las Penas ni la hermandad de la Capilla del Museo pueden justificar el tiempo dilatado que emplean para poner sus respectivas cruces de guía en la Campana.

Pero eso no es relevante. O no lo suficiente cuando de lo que se trata es de comprobar cómo Las Penas, otra talla anónima como la del Crucificado de Vera-Cruz, concita cientos, miles de miradas. Hay cofradías cuya admiración, a cuyo encuentro, se acude casi como si fuera un rito más en nuestra vida. Nuestro Padre Jesús de las Penas es una de esas imágenes que vemos reiteradamente. Y estaríamos incompletos si no lo hiciéramos.

Salía ayer el Señor de Las Penas, que procesiona solo con capilla musical, y en su primeros pasos en la calle escuchábamos su marcha, la inmortal banda sonora que le escribiera Antonio Pantión hace ahora 75 años. Discípulo de Joaquín Turina y Catedrático de Piano del Real Conservatorio Superior de Música de Sevilla escribió mucha música para piano, hoy totalmente desconocida. Claro, Jesús de las Penas ensombreció todo lo demás. Algo así como lo que le pasó al Maestro Rodrigo con su Concierto de Aranjuez. Pero esas son otras historias.

La caída, el instante que talló ese alguien anónimo y cercano al círculo de Pedro Roldán en el siglo XVII es único, diferente. No hay otro Señor de las Penas en Sevilla. Ni en ninguna otra parte, caramba. Si la Semana Santa hispalense es también, y entre otras muchas cosas, un museo, lo es por imágenes como esta. Mucho más que una creación artística maravillosa desde luego para los casi 2.000 hermanos de los que goza ya la hermandad.

A María Santísima de los Dolores la esperan algunos menos. Qué lástima. No es la única. Le sucede también a la Virgen del Patrocinio, del Cachorro; o a María Santísima del Mayor Dolor y Traspaso, del Gran Poder. Y a otras más. Es que todo esto es muy grande; es un río de sentimientos, devociones y obras de arte. Pero la madre de Jesús de las Penas es, no podemos decir otra cosa, un deber. Atribuida al escultor valenciano Blas Moler (siglo XVIII), entronizada como avanza en su palio de cajón; con tan sabios andares. La acompañó ayer la Banda Municipal de Mairena del Alcor; y lo hizo como conviene a la hermandad y a sus buenas maneras, con solemnidad. ¿Se imaginan, insisto, contemplar todo esto por primera vez?


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