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Cuaresma 2018

Joaquín Sorolla y el Rosario de Montesión

Desde su primera visita en 1902, se sintió fascinado por la belleza de nuestra ciudad. Tanto que, años después, no dudó en retratar la Semana Santa para la Hispanic Society de Nueva York

15 feb 2018 / 08:47 h - Actualizado: 15 feb 2018 / 08:48 h.
  • ‘Los nazarenos’ de Joaquín Sorolla. / El Correo
    ‘Los nazarenos’ de Joaquín Sorolla. / El Correo

Nacido en Valencia en 1863, Joaquín Sorolla y Bastida fue uno de los pintores más prolíficos de la pintura española, llegando a catalogarse unas 2.200 obras de su vasta producción. Tras residir en Madrid, Sorolla viajó a París, donde descubrió el «iluminismo», estilo que marcó su carrera. Luego haría más viajes por Inglaterra, Francia y Estados Unidos. En Nueva York, el valenciano expuso durante un mes, obteniendo el aplauso de más de 160.000 personas, y desplazándose poco después a Washington para retratar al presidente Taft. Este inesperado éxito provocó que en 1911 un millonario llamado Archer Milton Huntington le hiciese un especial encargo: realizar una serie de murales para la Hispanic Society of America. Bajo el título simbólico Visión de España, Sorolla se puso a trabajar y dio a luz su magna obra entre 1913 y 1919. En total catorce lienzos de tres metros y medio de alto para dar lustre a un espacio de más de setenta de largo. Es importante reseñar que, para recrear estas escenas con la veracidad y realismo necesarios, el artista hubo de recorrer casi toda la geografía española –desde Aragón a Galicia–, haciendo una lógica parada en Andalucía.

El artista en Sevilla

La relación de Sorolla con la Semana Santa surge a partir de su primera visita a Sevilla en 1902. Ya entonces descubre, con gran asombro, las posibilidades pictóricas de la fiesta. En aquella ocasión lo acompañaba su amigo y mecenas Pedro Gil Moreno, y ambos se alojaron en el Gran Hotel de París, situado donde hoy se levanta El Corte Inglés de la Magdalena. La luz de la ciudad, aderezada con las formas sinuosas, el esplendor barroco y la amalgama cromática, le embelesaron nada más llegar. Por eso repitió varios años más –hay incluso fotografías de prensa–; y cuando, en 1911, acepta el encargo de Huntington, no duda un instante en incluir a la vieja Híspalis en su catálogo de ciudades a retratar. Así comienza su viacrucis diario durante la primavera de 1914 a la iglesia conventual de Santa María de Montesión, templo actualmente desaparecido que en su día albergó a la hermandad del Jueves Santo, cuya entrada se realizaba por la calle Alberto Lista –antaño llamada Ancha de San Martín– y que hoy ocupa el Archivo de Protocolos. Un acuerdo especial con la cofradía permitió al artista tomar apuntes del natural del paso de Nuestra Señora del Rosario, el cual permaneció montado en la iglesia el tiempo necesario para este fin. Por otro lado, Sorolla, cuya edad ya superaba el medio siglo por entonces, tenía instalado su estudio en el Convento de San Clemente, un verdadero lujo para cualquiera.

Una estampa idealizada

El modelo iconográfico de principios del siglo XX distaba algo de la actual estampa del Rosario de Montesión, aunque lo que refleja el lienzo Los nazarenos va mucho más allá. El palio y las bambalinas lucen negros, al igual que el manto; los varales están despojados de todo adorno y el bosque de la candelería emerge menos poblado. En consecuencia, Sorolla evidencia una mezcla de realidad e imaginación que se completa con el resto de elementos de la composición. Los nazarenos, lejos de pertenecer a la hermandad de la calle Feria, son de la Carretería –las túnicas de terciopelo con la cruz de Santiago no dejan lugar a dudas– y el penitente que aparece en el centro bien podría ser del Valle. Además, el marco también es una hermosa ilusión, pues la imagen de la Giralda surge entre las paredes de una calle cualquiera del Barrio de Santa Cruz, algo ciertamente imposible. Aunque para María Luisa Menéndez, conservadora del Museo Sorolla de Madrid, el pintor «no está calcando la realidad, la interpreta y por eso coloca ahí la Giralda, aunque desde esa calle no se viera». En cuanto a la propia imagen mariana, también se echa en falta su habitual puñal en el pecho, mientras que el exorno floral es completamente distinto. Una serie de enigmas que algunos se han empeñado en desvelar buscando interpretaciones plausibles. En el caso del palio, se ha relacionado con una pieza de mediados del XIX, mientras que el manto sería obra de Eloísa Rivera, que lo hizo a imagen y semejanza de otro de la Macarena. Entre las anécdotas del Sorolla cofrade hay una que recuerda su búsqueda de un modelo para completar la obra. Está recogida en una carta enviada a su mujer al día siguiente de dar la primera pincelada, el 17 de abril de 1914, y dice así: «Ayer me ocurrió la cosa más graciosa que imaginarse puede. Recordarás que estuve unos días preocupado buscando un modelo para el penitente de mi cuadro y que finalmente di con él. Pues bien, ayer vino el hombre, se puso el traje y cuando me disponía a trabajar me entero que éstos llevan la cabeza tapada. ¡Imagínate la plancha y el tiempo y el dinero perdido, gastado, para buscar una cabeza joven que tuviera interés! La obra será terriblemente dramática, porque lo es así; a mí mismo me causa impresión. Esos hombres con la cabeza tapada, todo negro, tiene un misterio que conmueve y espero resulte muy nuevo».


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