lunes, 24 septiembre 2018
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La Cena inunda de Humildad y serenidad la primera tarde

El segundo paso lleva años ganándose más la atención del público

25 mar 2018 / 21:29 h - Actualizado: 25 mar 2018 / 23:27 h.
  • El Señor de la Cena durante su estación de penitencia por las calles de Sevilla. / Manuel Gómez
    El Señor de la Cena durante su estación de penitencia por las calles de Sevilla. / Manuel Gómez
  • La cruz de guía de La Cena, a punto de salir. / Manuel Gómez
    La cruz de guía de La Cena, a punto de salir. / Manuel Gómez

Sucedía en el pasado que La Cena era, pues eso, La Cena; el fastuoso misterio de Luis Ortega Bru que nadie quería perderse en la tarde del Domingo de Ramos. Luego venía el Santísimo Cristo de la Humildad y Paciencia, una imagen anónima del siglo XVII que durante mucho pasó ostensiblemente desapercibida. A la hermandad de Los Terceros le ha costado dar con la clave. Pero lo ha hecho.

Las tornas no se han invertido. Que tampoco hacía falta. Pero llamaba la atención comprobar ayer las docenas de flashes que el segundo paso, silente (o casi), se llevaba. También los comentarios, elogiosos, y las curiosidades compartidas en torno a él. El Cristo de la Humildad ya es también un advocación necesaria en esta tarde en la que se inauguran tantas cosas. Algo tiene que ver (o mucho, vaya usted a saber) el acompañamiento que, a cierta distancia, sin resultar invasivo, sin restarle un ápice de atención, le prestan las voces menudas y adultas de la Escolanía Salesiana María Auxiliadora y Capilla Musical María Auxiliadora, que volveremos a escuchar en la tarde del Viernes Santo, frente al misterio de la Sagrada Mortaja.

En una ciudad tan populosa (y sí, también ruidosa) como Sevilla, el silencio a veces es un bien tan maravilloso que pasa desapercibido. Por eso el Señor de la Humildad y Paciencia, atravesando ayer una vía tan poco agradecida para estos menesteres como Imagen, y con el dios Helios saturando de luz la estampa, se hacía notar tanto. Porque las voces, sus cantos, las polifonías que llegaban desde siglos pasados preparaban el espíritu para lo que íbamos a contemplar. O, por lo menos, enmudecían bocas. Alguien dijo, siempre alguien lo dice, que esta corporación debía salir más tarde. Por ahí por ahí por donde La Amargura o El Amor. Como entreverada. Pero esos son cuitas demasiado elevadas. Y la Semana Santa no se cambia así como así por mor de una estampa más recogida. Quizás es que La Cena está llamada a concienciar de todo cuanto vamos a ver, cuanto va a pasar.

En su paso se comprueba además que juegan con otro elemento a su favor. ¿Hay un misterio más didáctico que este? Se dirá que La Borriquita también lo es, pero no encierra las hechuras de thriller (con perdón) que la Última Cena de Jesús de Nazaret. La Banda de Cornetas y Tambores arropó el misterio con músicas que tendían a lo solemne. Y Rafael Díaz Talaverón lo llevó a buen paso. Regodeos los justos. La Cena camina sin excesivas florituras porque así es el sello que quiere imprimir una hermandad que se fundó allá por 1580.

Al pasar frente al monumento a Sor Ángela de la Cruz, dos nazarenos se salieron momentáneamente del cortejo para depositar a sus pies un ramo de flores. Con la Virgen del Subterráneo, una talla atribuida al imaginero Juan de Astorga, pasa que no se la conoce. O no se la conoce lo suficientemente. Pero la Semana Santa sevillana se desborda tanto que no todas cardan la gloria. Hay que agradecer a este palio –y a quienes lo mandan, a la corporación en general– que no le teman a las Setas, que pasen muy dignamente por su sombra. Ayer, en una tarde fría pero que se hacía pletórica y plena a cada minuto de reloj, los del Maestro Tejera adentraban a la Dolorosa de La Cena en un mundo de contrastes que pueden ser tan bellos (y sin puede, lo son) como resulta de la conjunción entre la arquitectura contemporánea urbana y una estampa de hace muchos siglos.


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