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La gran fiesta de la Calzada llena Sevilla de aroma a Encarnación

Insólita imagen de San Benito bajando la Cuesta del Bacalao

27 mar 2018 / 23:36 h - Actualizado: 29 mar 2018 / 01:21 h.
  • Un año más, el misterio de la Presentación al Pueblo concitó un gran número público a su alrededor. / Jesús Barrera
    Un año más, el misterio de la Presentación al Pueblo concitó un gran número público a su alrededor. / Jesús Barrera

De derecho y del revés, La Calzada siempre te pellizca el corazón. No importa que San Benito suba o baje la Cuesta del Bacalao si, al final, es al mismo Dios hecho hombre al que presentan a Sevilla. Porque desde el sol radiante de la calle Oriente a la oscuridad de la noche cerrada en su regreso a su barrio, la sangre que derrama el redentor se convierte en la encarnación de los sueños que encuentran reposo y acomodo en las manos de la Palomita de Triana.

Este Martes Santo dejó imágenes insólitas en la Cuesta del Bacalao. Por este punto, los pasos que componen el cortejo de San Benito suelen pasar una vez que el sol se esconde. Además, las cuadrillas de hermanos costaleros suelen realizar un esfuerzo ímprobo en la subida de la leve pendiente. En esta ocasión, todo sucedió al contrario: los tres pasos bajaron la cuesta a la luz del día. Una luz que realzó la blancura de las capas de los casi 1.700 hermanos nazarenos. Esta albura se vio salpicada por el ruán negro de esos nazarenos puntiagudos que buscaban la parroquia de Santa Cruz.

Resultaba cuanto menos extraño ver aparecer al impresionante misterio de la Presentación al Pueblo por la calle Francos. Avanzaba de costero a costero, evolucionando el paso al compás de la agrupación musical Nuestra Señora de la Encarnación, cuyas trompetas venían clamando a los cuatro vientos: ¡Aquí está La Calzada!

Y así fue avanzando aquel misterio por la estrechez de Placentines. Y Pilatos, que al mismo barrio lo entrega, miraba a Sevilla. ¿A quién queréis? ¿A Jesús o a Barrabás? Cabizbajo, silente, humilde, maniatado y humillado, Jesús acepta su condena. En una fina revirá sobre los pies, con leves cambios de costero, la cuadrilla comandada por Jesús Candela enfiló la Cuesta del Bacalao. El silencio entre las trabajaderas permitía escuchar el crujir de las maderas de un canasto que parecía flotar en el aire con una suave mecida, queriendo contener en la vida entera en un instante.

Mientras el misterio de Castillo Lastrucci se perdía cuesta abajo, mezclándose con los penachos azules de la agrupación musical de la Encarnación, los nazarenos seguían saliendo por Francos dispuestos de a tres. Una gran cantidad de niños con antifaces levantados jugaban con sus varitas mientras repartían sus caramelos, orgullosos de lucir en su pecho la medalla y vestir el hábito nazareno.

Cuando llegó el Cristo de la Sangre, la luz del día ya era más tenue; se iban consumiendo los minutos. El reguero de sangre que corría por el torso desnudo del imponente crucificado de Buiza ya se confundía con la tez morena de la pátina. Su rostro apagado, su pecho hinchado sosteniendo un eterno aliento antes de morir en el madero. De espalda, la silueta de un Dios muerto que no muere, porque la muerte vencida fue.

Ya se perdía el Cristo de la Sangre buscando Alemanes cuando apareció por Francos el estandarte, señal inequívoca de que la Virgen se acerca. En los ojos del nazareno que portaba el bacalao podía leerse el orgullo de quien se sabe heraldo de la Encarnación. Alrededor de un siglo lleva su familia portando una insignia que ha pasado de generación a generación como la propia devoción a la Virgen de la Encarnación.

Una lluvia de pétalos quiso acariciar las juanmanuelinas bambalinas de una dolorosa que, con su mirada gacha, va repartiendo la fe en forma de paloma. La misma que corona su llamador, la misma que vino de Triana a La Calzada para posarse en una iglesia extramuros y derramar su amor en un barrio que cada Martes Santo es la encarnación de los recuerdos de la niñez. Recuerdos que siempre quedarán marcado por las capas blancas almidonadas, «San Benito con su gente y el barrio de La Calzada».


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