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Semana Santa 2017

La samaritana de Palos

En la solariega avenida trasera a todo, el barrio del Tiro de Línea está entero, y ni falta que le hacen sus calles y edificios. Basta su gente

10 abr 2017 / 21:51 h - Actualizado: 10 abr 2017 / 22:37 h.
  • El paso del Cautivo de Santa Genoveva recorre las calles del Tiro de Línea. / Jesús Barrera
    El paso del Cautivo de Santa Genoveva recorre las calles del Tiro de Línea. / Jesús Barrera

La calle Palos de la Frontera es sin duda el punto del camino de Santa Genoveva más ingrato, más gris. Entonces, ¿por qué hacer una crónica desde ese lugar? La respuesta es bien sencilla: es la manera más rotunda de admirar el manto de fieles que sale desde la trasera misma del Cautivo. Allí, cuando más calor hace, cuando menos calor se tiene del público, cruzando la enorme rotonda del Casino de la Exposición y a la espalda de la Universidad y San Telmo.

Son centenares los que le siguen desde que salió de la parroquia. Son los mismos. Lo serían hasta que el Señor llegó a la Campana y volverían a él en la plaza del Triunfo. Son la prueba palpable de que un barrio humilde nunca deja solos a los suyos.

En la gran avenida trasera a todo, tres muchachas se guarecen del sol como si fuera de un huracán de fuerza 5. Son orientales y tienen la piel blanca como la nieve. Se les salen los ojos de las órbitas. «Acabamos de llegar a Sevilla, nunca habíamos visto esto... es impresionante». Me dicen que son de Shangai y que allí es la moda estar tan pálidas. Les va a costar mantener el tono estos días. Me preguntan que por qué tiene la piel tan oscura el Cautivo, que si aquí somos todos así.

Pasa el Señor a las órdenes del equipo de Villanueva, con los faldones completamente subidos para que entre algo de aire antes de iniciar el camino por el centro histórico. La nueva túnica del Cautivo es magnífica. Donada por una devota y confeccionada por feligreses de la parroquia, hace al titular de la hermandad imponerse más majestuoso si cabe en su extraordinario paso.

Las muchachas orientales preguntan por qué algunos nazarenos llevan dos varas, o dos cirios, o dos bocinas, por qué algunos penitentes llevan dos cruces... Ha habido colapso en los servicios de la Plaza de España por donde pasan los nazarenos del Tiro, hasta tal punto, que la espera les coge con su sitio ya en Palos de la Frontera. Así que la calle se convierte en un ir y venir de nazarenos sin nada en las manos, raudos de nuevo a su lugar para aliviar al compañero que lleva ya varios centenares de metros con carga doble.

En la acera contraria a la entrada de Filología está Raúl, un joven de Jaén que ha venido a Sevilla «para verlas todas». Lleva una camiseta de Manowar y le cuelga al cuello una pequeña cruz de madera. Se sienta en una sillín de tijera de los de la playa y, a sus veintipico años, extiende su mano como un niño a la espera de recibir estampas o caramelos. ¿Cuántas estampas llevas? «De esta cofradía, sólo dos... Bueno, no, llevo más, son nazarenos muy simpáticos». Es verdad, casi todo el que pasa se queda epatado de ver semejante montaje petitorio y, tal vez por descoloque, se desprenden de una más de sus estampitas.

Al otro lado se ve correr a una chica elegantemente vestida de arriba abajo con unos vasos de plástico y una jarra de agua. Los nazarenos la miran como si la jarra fuera la gloria y ella, que lo sabe, se apresta a contentar a todos. Se llama Claudia y es una de esas azafatas que tiene Emasesa aliviando la sed de los cortejos. ¿No te cansas de tanto correr? «Más cansados están ellos. No tengo por qué correr tanto, pero cuando les veo las caras que llevan al levantarse el antifaz para beber, pienso que tengo que seguir lo más deprisa posible». Termino de hablar con Santa Claudia y suena una música maravillosa por la esquina del Casino. La banda del Carmen hace sonar Virgen de la Palma al comenzar la avenida, que de pronto comienza a llenarse de gente. En estos tramos hay mucha más densidad de población, no sólo por los nazarenos, más juntos, sino porque otro buen grupo de devotos se arremolinan en los costados del paso, a la distancia justa para que entre el fresco a los costaleros, que trabajan con paciencia, conducidos con mesura por Carlos Villanueva, que sabe muy bien que hay que guardar fuerzas para el largo camino que aún queda.

Tras la preciosa marcha, los costaleros descansan. Al paso le salen pies blancos por los cuatro costados. Los aguadores no dan abasto, pero no se percibe prisa. Arriba brillan como nunca los bordados recuperados por Jesús Rosado, que el Lunes Santo pasado se quedaron sin ver la luz del sol. Brilla ahora también la nueva gloria del palio, inspirada en la Aparición de la Virgen a San Pedro Nolasco que pintara De Tovar a principios del XVIII. La cuestión de por qué ver a Santa Genoveva en Palos de la Frontera se ha disipado. Todo se olvida ya con la llamada tranquila de Villanueva a su patero de confianza: «¡Delgado!».


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