domingo, 23 julio 2017
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Liturgia y servicio, dos maneras de vestir

Las cofradías preservan un rico legado también en cuanto a la vestimenta

09 jul 2017 / 08:00 h - Actualizado: 04 jul 2017 / 23:03 h.
  • El cortejo litúrgico tras la Virgen del Valle, con el preste como figura central. / R. Avilés
    El cortejo litúrgico tras la Virgen del Valle, con el preste como figura central. / R. Avilés
  • Dalmáticas negras en la Sagrada Mortaja. / R. Avilés
    Dalmáticas negras en la Sagrada Mortaja. / R. Avilés
  • Servidor vestido de librea en la hermandad del Valle. / R. Avilés
    Servidor vestido de librea en la hermandad del Valle. / R. Avilés
  • El muñidor de la Mortaja. / R. Avilés
    El muñidor de la Mortaja. / R. Avilés
  • Pertiguero de la Mortaja. / R. Avilés
    Pertiguero de la Mortaja. / R. Avilés

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Los cortejos de nuestra Semana Santa tratan cada día más de enriquecerse estéticamente, tanto desde el punto de vista de los enseres como en lo correspondiente al vestuario. La ropa que vemos en los componentes de las cofradías es, en su mayoría, de penitencia (nazarenos y penitentes), pero también hay elementos litúrgicos y otros de carácter civil, algunos de ellos de curioso origen.

Los ropajes litúrgicos son los que llevan aquellos que administran el culto, si bien una procesión de Semana Santa no es un culto propiamente dicho. Las estaciones de penitencia son iniciativas de los fieles, y no de los ministros de la Iglesia, aunque éstos muy a menudo las acompañan. En este sentido, el elemento más interesante es el cortejo litúrgico, que desfila tras los pasos de palio de cada vez más cofradías. Esta tendencia no es, ni mucho menos, una moda, sino todo lo contrario: se trata de recuperar la fisonomía de un elemento que estaba presente en prácticamente todas las cofradías de antaño.

Hay constancia documental de que el cortejo litúrgico que va tras la Virgen de la Concepción del Silencio sale desde el primer tercio del siglo XVII. Hoy en día, es uno de los más nutridos. En él podemos ver al menos cuatro atuendos diferentes, sobresaliendo el de su figura central, el preste.

Por regla general, la figura del preste suele ser encarnada por un presbítero. Al tratarse de un sacerdote, su vestimenta es la propia de quien oficia un culto (alba y casulla), añadiendo el elemento de la capa pluvial. Esta prenda hunde sus orígenes en un ropaje romano llamado lacerna, que incorporaron a su fondo de armario emperadores y grandes dignatarios en los siglos X y XI. Por la fusión de los ministros de la Iglesia con el propio poder político durante el Antiguo Régimen, esta prenda termina identificándose también con el sacerdocio. En Italia adquirió el adjetivo de «pluvial» al usarse normalmente en los casos en los que se procesionaba con frío o lluvia, pero ya en el siglo XVII se convirtió en usual para cualquier tipo de procesión e incluso para algunos cultos importantes bajo techo.

Existe una curiosa polémica relativamente reciente sobre los prestes que figuraban en algunos cortejos litúrgicos de Sevilla. En el Cabildo de Toma de Horas de 2014, el vicario general, Teodoro León, advertía a las hermandades que en la Semana Santa anterior, la de 2013, se habían detectado en algunos cortejos litúrgicos prestes que no eran sacerdotes. Para algunos, se trató de un intento a toda costa por restablecer o mantener una parte de los cortejos que, en verdad, había estado presente en épocas pretéritas. Sin embargo, el vicario general tuvo buen talante y en todo momento reconoció que seguramente se hacía «con buena voluntad». No obstante, hizo especial hincapié en esta circunstancia y, de hecho, es algo que hoy por hoy se halla prácticamente erradicado. Todos los prestes que salen en nuestros cortejos litúrgicos son sacerdotes.

LAS DALMÁTICAS EN SEVILLA

El curioso caso de suplantación de los prestes, sin embargo, no es el primero que tiene lugar en la Semana Santa contemporánea. En rigor, por ejemplo, un seglar no podría vestir una dalmática, que es una de las prendas más propias del vocabulario cofradiero. La dalmática, que es una vestidura exterior abierta por los dos lados, es propia de los diáconos, la categoría sacerdotal inmediatamente inferior a la de presbítero. Sin embargo, vemos que entre todos los acólitos de nuestras cofradías está ya generalizada esta prenda. Este desajuste en la ropa litúrgica viene dado por una confusión que tiene ya décadas entre la dalmática y la denominada como tunicela, que sí tiene mangas y que por lo general está hecha de un tejido más ligero y menos rígido. Esta prenda, ya prácticamente desaparecida de los cortejos, era la propia de los subdiáconos, una categoría sacerdotal inferior.

En el Concilio de Trento (1545-1563) es donde se ponen las bases normativas de la liturgia católica a todos los efectos, incluidas las denominaciones y la simbología de los ropajes de los servidores de la Iglesia. Aquel gran acuerdo ecuménico no era otra cosa que un refuerzo más para la Contrarreforma que imperaba, en reacción a la disidencia luterana que nació en el centro de Europa y que amenazaba a toda la jerarquía eclesial romana. Con el Concilio Vaticano II (1962-1965), se redujo drásticamente la normativa a este respecto, dejando abierta la interpretación de numerosos detalles de la liturgia, máxime en casos como las procesiones organizadas por seglares, que en muchas ocasiones habían de normalizarse por iniciativa arzobispal.

Así pues, el uso de la dalmática es hoy día generalizado para los acólitos presentes en nuestros cultos y procesiones. Existen incluso referencias documentales que hablan de un privilegio dado siglos atrás a diócesis del sur de España –con Sevilla entre ellas– para el uso de esta prenda por parte de seglares.

La dalmática ha sido un objeto de especial atención por parte de las priostías en las últimas dos décadas. Hoy en día vemos nutridos cuerpos de acólitos delante de nuestros pasos, pero no siempre fue así. Sin ir muy lejos, entre los años 70 y 90, muchas de estas cuadrillas eran profesionales, pues no parecía ser del gusto de los hermanos el portar ciriales e incensarios, algo que hoy nos parece casi impensable, pues se trata de puestos muy solicitados, sobre todo por los jóvenes. De esa época son, por ejemplo, las cuadrillas de acólitos y otros servidores (escaleras, carritos de cera, aguadores, etc.) que comandaban los hermanos Santizo. Era muy común ver tunicelas en lugar de dalmáticas en esos tiempos.

Pasado ese tiempo, con los primeros años del nuevo siglo, la Semana Santa experimenta un enorme crecimiento de participación en los cortejos, y en esta tesitura, las cuadrillas de acólitos comienzan a ser copadas por los hermanos. A partir de entonces, cada vez que se renuevan dalmáticas, se intenta aportar valores distintivos e incluso enriquecerlas con tejidos e hilos nobles, algo que a veces ha sido objeto de crítica por parte de los más conservadores. En este sentido, por ejemplo, se puede hablar en cierto modo de un uso indebido del color.

Es hoy ya normal ver dalmáticas con los colores corporativos de las cofradías, de manera que queda completamente desvirtuado el código litúrgico. Por ejemplo, una dalmática celeste (que las ha habido en la Semana Santa) sólo tendría sentido para funciones o cortejos relacionados con la Virgen, como por ejemplo la Asunción o la Inmaculada. Tampoco parece lógico el uso de dalmáticas de color blanco más allá de la Resurrección o la Sagrada Entrada en Jerusalén, pues en liturgia, este es el color adecuado para tiempos de júbilo y paz. En Semana Santa, lo lógico sería que el color de la liturgia por excelencia fuera el morado (a excepción de las hermandades sacramentales, que bien podrían llevar el rojo), que es la tonalidad de todo tiempo de Adviento o Cuaresma. El color tornaría a negro a partir de la Madrugada del Viernes Santo, ya con el Señor muerto.

La falta de disciplina en el color –un rigor pautado en Trento pero rubricado en el Concilio Vaticano II– comienza en las propias filas de nazarenos. Por poner un ejemplo claro, hablaremos de las túnicas de ruan, que son hoy todas negras (a excepción del Sol, que las lleva verdes, y la Corona, moradas), cuando deberían ser moradas las jornadas anteriores a la Madrugá. Muchas de las túnicas de nuestra Semana Santa son blancas. En puridad, las únicas túnicas blancas apropiadas serían las de la Borriquita, la Resurrección y, curiosamente, las de la Amargura, pues su Cristo, el Señor del Silencio, viste muy apropiadamente de blanco, ya que así lo hizo vestir Herodes para marcarlo como demente. Esto nos daría pie a hablar del color de las túnicas de los Cristos sobre sus pasos, pero eso será en otro reportaje.

LOS SERVIDORES

En nuestras cofradías vemos caminar también otros atuendos curiosos, afortunadamente cada vez más comunes, pues, en contra de lo que se piensa, suponen la recuperación de las formas realmente clásicas de la Semana Santa sevillana. Sin embargo, estos servidores, en su origen, no hacían estación de penitencia, cosa que sí hacen los actuales, que incluso han de sacar su papeleta de sitio correspondiente. Los más comunes son los servidores ataviados con librea –también llamados pajes en hermandades como el Silencio–, que se agregan en algunos cortejos a elementos concretos de la cofradía. Es el caso, por ejemplo, de los niños que acompañan a la cruz de guía del Calvario, o los hombres que escoltan la Santa Espina del Valle. La librea es una levita que formaba parte del atuendo de los servidores de las casas señoriales en los siglos XVIII y XIX. Era costumbre en esos tiempos que los hombres más acaudalados cediesen a los criados y mayordomos de sus propias casas para que sirvieran en las cofradías de Semana Santa. Se trataba, por tanto, de personal ajeno a las hermandades.

En la comitiva del Silencio –rica en detalles como pocas en Sevilla– podemos ver, además de servidores ataviados con la librea, otros que llevan una curiosa indumentaria, parecida a la librea, tejida en seda adamascada de color carmín. Estos servidores, que además lucen una ostentosa chorrera en el pecho, son los llamados sediarii, y figuran dos delante de cada uno de los pasos. Acompañan a la procesión sin ninguna otra función, aunque en besamanos y durante la mañana del Jueves Santo en San Antonio Abad también puede vérseles escoltando a los titulares de la hermandad. Los sediarii son los servidores que portan la Sede, es decir, la silla gestatoria papal en el Vaticano. A principios del siglo XIX, el papa Pío VII otorgó a esta cofradía una bula en la que autorizaba a hacer figurar estos elementos de protocolo.

En cuanto a personajes singulares, existe otro servidor que también merece un espacio en esta relación. Se trata del muñidor de la Mortaja, que con su toque de campanilla va abriendo paso a esta cofradía del Viernes Santo que tantas esencias de la Semana Santa de siempre guarda tanto en su cortejo como en su forma de hacer la estación de penitencia. Era el muñidor un personaje bastante más común de lo que ahora creemos. De hecho, en los siglos XVI a XVIII había casi un muñidor por cada cofradía. Se trataba de un servidor de la hermandad con múltiples funciones. No sólo se trataba de la persona que abría el paso de la cofradía con el tañido de su doble esquila, sino que además cumplía labores de aviso y convocatoria para los hermanos, e incluso hacía las veces de portero del templo. En cuanto a su vestimenta, no existe ningún documento que recuerde la manera en la que el muñidor vestía. En sus Reglas, la hermandad dice lo siguiente: «Abrirá marcha el fiscal de cruz, seguido del muñidor vestido de ropón de damasco negro con el escudo de la hermandad y portando la doble campanilla», pero no se especifica la forma de ese ropón. Manuel Sousa, hermano de la Mortaja y buen conocedor de su historia, nos cuenta que la figura del muñidor se recuperó en los años 40 del pasado siglo, tras mucho tiempo de ausencia, y que para su ropaje, se tomó el corte de una toga judicial. Lo cierto es que desde entonces, las figuras de muñidor que han recuperado algunas hermandades de la provincia de Sevilla, han adoptado también esa vestimenta.

El último de los personajes que traemos a esta galería es el pertiguero, una figura muy reconocible por todos. Existe uno por cada paso de nuestra Semana Santa, pues la función de este elemento es marcar el paso del cuerpo de acólitos que antecede a cada imagen sagrada. Se trata, por supuesto, de otro servidor, y su ropa no está basada en ningún caso en la liturgia de la Iglesia, como sí lo está la de acólitos y monaguillos. El pertiguero es llamado así porque porta una pértiga, una vara sin galleta, que es la que le sirve para marcar toques sobre el suelo con los que se comunica con sus subalternos. El canónigo de la Catedral Luis Rueda es Prefecto de Liturgia de la seo hispalense, y nos ha aportado algunas notas sobre la figura del pertiguero, de la que tampoco se encuentra prácticamente ninguna referencia documental escrita ni gráfica que la conecte con su origen. «Se trata en realidad de un maestro de ceremonias, un servidor ilustre ocupado más del protocolo que de la liturgia», comenta Rueda. Según su explicación, su ropa –un ropón amplio que llega casi a los tobillos– es de clara inspiración barroca. La figura del pertiguero, así como la de los acólitos, ha sido también guadianesca en nuestra Semana Santa, especialmente en el siglo XIX y a principios del XX. Sin embargo, siempre ha habido una clara referencia de qué era el pertiguero y cómo vestía en la tradición más antigua de nuestra ciudad: el Corpus Christi. En esta procesión, siempre desfiló un pertiguero antecediendo al Cabildo Catedral, una disposición descrita en la Regla de Coro (1923), que recogía esta parte del ceremonial de obispos del Concilio de Trento.

LA MISA TRIDENTINA

Gran parte de los elementos litúrgicos que encontramos en los cortejos de Semana Santa provienen de los oficios en las iglesias. Sin embargo, no vemos ya muchos de ellos en la misa actual, pues se cambiaron muchos detalles en el Concilio Vaticano II. Todo lo anterior estaba normalizado por el Concilio de Trento, de ahí que las misas se llamaran tridentinas. Aunque Benedicto XVI trató de recuperarla (de hecho, así oficiaba), pocos le siguieron el ejemplo. En Sevilla es posible asistir a misas tridentinas en un recóndito templo del barrio de Santa Cruz. Se trata del Oratorio de la Escuela de Cristo, al que puede accederse a través de un callejón que sale de Ximénez de Enciso. Allí se puede seguir la misa en latín (gracias a unas guías que preparan la asociación de fieles que allí radica) y ser testigo de cómo se ha oficiado la eucaristía durante 400 años.


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