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Los vencejos de la Magdalena

La salida de la Quinta Angustia suele coincidir con el momento en el que la tarde se escapa de los relojes y se acerca la noche mágica en que Sevilla se llena de esperanza

29 mar 2018 / 22:34 h - Actualizado: 29 mar 2018 / 23:45 h.
  • El paso del Sagrado Descendimiento y Quinta Angustia concita todas las miradas en la calle San Pablo. / Teresa Roca
    El paso del Sagrado Descendimiento y Quinta Angustia concita todas las miradas en la calle San Pablo. / Teresa Roca
  • Nazarenos de la Quinta Angustia en la salida. / Teresa Roca
    Nazarenos de la Quinta Angustia en la salida. / Teresa Roca

Los vencejos empezaban a revolotear por los plátanos de indias que crecen junto a la parroquia de la Magdalena. Los minutos se consumían con el tic tac de las manecillas de los relojes y daban paso a un cielo cada vez más oscuro. La brisa que se levantó a mitad de la tarde agitó las copas huesudas de los árboles, que empezaron a soltar pelusillas. La escena era realmente fúnebre e, incluso, costumbrista.

Las puertas de la parroquia de la Magdalena se abrieron y descubrieron la singular cruz velada de la Quinta Angustia. El fino y transparente velo morado que recubría el crucifijo recibía la tenue luz de un día que empezaba a morir. En la penumbra del templo, la luz de las velas dejaban ver el cuerpo inerte del Mesías.

Mientras tanto, los nazarenos iban saliendo y, casi al instante, los diputados de tramo iban encendiéndoles los cirios azules que iluminarían el transitar fúnebre del cortejo. Las arbóreas cruces de los penitentes, algunas con la madera carcomida, iban desfilando una tras otra. Las manos de los penitentes que las portaban parecían abrazar la cruz de la misma manera que Cristo abrazó la suya y dio su vida en ella para repartir su amor entre los demás.

Algunas de las túnicas aparecían apagadas ya por los años. El morado intenso de sus hábitos se había convertido, para algunos nazarenos, en un lila claro en el que cada hilo era capaz de contar un Jueves Santo distinto. Y es que el tiempo pasa impertérrito por todo aquello que se someta al propio tiempo, como sucedían con esas bocamangas que debían ser blancas y, en su lugar, eran de un amarillento marfileño con los bordes raídos y deshilachados.

Si es verdad eso que dicen los expertos de que el barroco es la teatralización del arte, el misterio del Descendimiento de Nuestro Señor Jesucristo y la Virgen de la Quinta Angustia es el barroco llevado a la enésima potencia. El característico bamboleo de ese Jesús muerto mientras es descendido es elevar al máximo realismo posible el momento en el que Nicodemo y José de Arimatea tomaron la escalera, subieron al madero para desenclavar al nazareno y asieron las sábanas con las que lo descendieron.

El patetismo de la escena es desgarradora y conmovedora. Los ojos se clavan en ese brazo rígido a causa del rigor mortis del cádaver del Mesías. Sus dedos ya huesudos quedan sueltos en el aire y dibujan sobre el cielo la silueta de unas manos que otrora fueran las manos de un carpintero que curó a ciegos, leprosos y endemoniados. Sus pies aparecen suspendidos en el aire y parecen tocar el suelo antes de que lo lleven a la fría piedra del sepulcro.

En lo alto de las escaleras, José de Arimatea y Nicodemo se afanan en cuidar cada movimiento. Con delicadeza, le sueltan los clavos a Jesús mientras lo sujetan con el sudario para descenderlo suavemente, sirviéndose del patíbulo como si fuera una polea. Inevitablemente, el cuerpo inerte y cadavérico del Mesías se mece y se embulle en el silencio de su madre.

Una madre que, angustiada, levanta su mirada atenta a la maniobra de los Santos Varones. En su mano, un pañuelo para llevarse a las mejillas de un rostro compungido por el dolor pero que, sin embargo, reflejaba en el blanco de sus ojos la esperanza de que al tercer día, ese cuerpo inerte, frío y exánime lograría vencer a la muerte.

Y así avanzaba el misterio por la calle San Pablo, que quedaba huérfana de ruidos, de murmullos. Apenas la respiración podía oírse porque las imágenes del Señor del Descendimiento y la Virgen de la Quinta Angustia dejaban a su paso el regusto de una cofradía añeja y con solera, una cofradía romántica y coqueta.

El sol hacía tiempo que se marchó para dar paso a una de las noches más mágicas de la ciudad. Una ciudad que durante el atardecer anhela y sueña con ser ese vencejo de la Magdalena que chirría al caer la noche para poner la música perfecta al lúgubre y luctuoso descendimiento del Señor.


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