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El Baratillo

Ponerse a Sevilla por montera

El Baratillo borda un Miércoles Santo esplendoroso. Los costaleros recordaron a los hermanos Gilabert, que no pudieron salir por la grave enfermedad de uno de ellos

29 mar 2018 / 00:30 h - Actualizado: 29 mar 2018 / 00:50 h.
  • El Cristo de la Misericordia yace muerto en el regazo de la Virgen de la Piedad antes de trasladarlo a su sepulcro. / Jesús Barrera
    El Cristo de la Misericordia yace muerto en el regazo de la Virgen de la Piedad antes de trasladarlo a su sepulcro. / Jesús Barrera
  • El palio de la Virgen de la Caridad, con la candelería encendida, lució rosas color sáhara. / Jesús Barrera
    El palio de la Virgen de la Caridad, con la candelería encendida, lució rosas color sáhara. / Jesús Barrera

El Arenal abrió ayer su puerta grande para recibir a la hermandad del Baratillo. Cientos de personas se reunieron a las puertas de la capilla de la calle Adriano. Cuando las puertas se abrieron, el sol ya se estaba escondiendo más allá del río Guadalquivir, cuya brisa marina se dejaba notar el ambiente. Una brisa que empapa a esta hermandad, que bebe mucho de las costumbres del arrabal trianero.

A la espera de poner rumbo a la Catedral, un numeroso grupo de hermanos costaleros conversaban con Julián Huertas en el mercado del Arenal. Quizá dando unas últimas instrucciones antes de meter riñones o bien recordando esas noches de ensayo. Lo que seguro llevaron en sus corazones este año los costaleros del Baratillo es el recuerdo del hueco que dejaron este año en los palos los hermanos Gilabert. Uno de ellos padece un cáncer que lo tiene postrado en una cama de hospital. El otro –son gemelos– se sentía sin fuerzas para llevar sobre sus hombros a la devoción de sus amores.

Los nazarenos azul baratillero comenzaron a salir de la capilla. Algunos llevaban los bajos manchados por el albero de la Maestranza, por donde anduvieron antes de salir a iluminar el camino de sus titulares. Una túnica que, además, cumple 80 años en los tramos que preceden al palio de María Santísima de la Caridad y que son iguales que los de la Piedad –azules de cola– pero con cíngulo y botonadura blancos. Antaño, los nazarenos del palio vestían túnicas blancas de cola con antifaz y manguitos negros y cíngulo amarillo.

Se estima que alrededor del 20 por ciento del cortejo lo componen niños. No es de extrañar, pues muchos de ellos sostenían a duras penas el cirio al cuadril. Entretanto, otro nazareno, cirio en mano, sostenía a una niña de muy corta edad con su brazo libre. Una niña que, desde una edad bien temprana, comenzaba a beber de la fuente inagotable de la fe hacia las vírgenes de la Piedad y la Caridad. Una devoción que solo se explica si pasa de generación en generación. Por si fuera poco, la semilla de la devoción baratillera se riega en esta hermandad con lo que ellos llaman la pequepriostía, un grupo de niños que ayudan a los priostes en sus labores de conservación del patrimonio durante todo el año. Una iniciativa que la puso en marcha Los Estudiantes hace ya algunos años.

El murmullo de la calle Adriano dio paso al silencio. El llamador de la Piedad sonó antes de que la cuadrilla levantara el paso a pulso aliviao. La cruz estaba hundida en un monte de claveles rojos, sobre el que caía el sudario con el que la Virgen de la Piedad enjugaba el cuerpo semidesnudo del Señor de la Misericordia. Julián Huertas pedía menos cintura. Los moldurones rozaban la piedra de la puerta de la capilla. En lo alto del paso, las puntas de las estrellas más altas de la diadema de la Virgen de la Piedad vibraban muy cerca del dintel. Los aplausos indicaban que la maniobra había terminado y, tras suspender nuevamente los cuerpos, los costaleros subieron la cruz.

La Piedad se perdía por Pastor y Landero y Adriano se llenó de nuevo del azul baratillero. La banda del Carmen de Salteras comenzó a interpretar Caridad del Guadalquivir. Lo hizo por dos veces, mientras el palio se movía en el interior de la capilla. Hasta tres chicotás dieron los hombres comandado por Rafael Díaz Talaverón desde el altar mayor hasta la puerta.

Con el paso ya en la calle, la Virgen de la Caridad, que lucía rosas color sáhara, iba desprendiendo el olor a cera de su candelería. Los rayos de un sol cada vez más cerca de su ocaso hicieron relucir el dorado de las bellotas de las bambalinas, que provocaban el peculiar soniquete al chocar con la plata de los varales. Antes de marcharse de su casa, sonó Esperanza de Triana Coronada para que Adriano se convirtiera en una fiesta baratillera que se puso a Sevilla por montera.


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