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Romería del Rocío 2019

San Jacinto volvió a ser rociero

La hermandad del Rocío de Triana protagoniza una histórica salida desde el templo que fuera su casa hasta 1982

Manuel J. Fernández M_J_Fernandez /
05 jun 2019 / 14:00 h - Actualizado: 05 jun 2019 / 14:00 h.
  • San Jacinto volvió a ser rociero
  • Histórica salida de Triana desde San Jacinto. / Jesús Barrera
    Histórica salida de Triana desde San Jacinto. / Jesús Barrera

Un barrio hecho oración. Vestido de primavera y adornado profusamente con los piropos de las casas de vecinos que perviven en la memoria del pueblo. Gentío, lágrimas, rezos y plegarias. Más de 5.000 romeros arremolinados en torno a la Virgen Chiquita del Simpecado alfarero. Matas de romero fresco en las varas curtidas de otros caminos, un mar de sombreros en el horizonte, y volantes y zahones que acarician el suelo. Cordones que identifican a cada uno de los miembros de esta numerosa familia nacida en la Cava hace más de dos siglos. Y, entre tanto, las alforjas siempre llenas de devoción y amor a la Virgen. Es Triana y punto. Triana sin más y sin menos. La que este miércoles se ha ido de nuevo pa er Rocío. Con su alegría desbordante y su verdad como única senda. Con su gente sencilla y acogedora, que se ha convertido en cátedra para el romero local y foráneo. Siempre compartiendo una salida festiva. Pero este año... además histórica. Mañana de reencuentros con el legado de las abuelas y de las fotos en blanco y negro que se guardan en cajas de membrillo. La de aquellos que contaban con añoranzas que el camino del Rocío de Triana comenzaba en San Jacinto, donde aún se conserva el azulejo de la Blanca Paloma al que a diario rezan los trianeros al pasar. 37 años después volvió a suceder. Aquel templo dominico volvió a ser puerta y partida para el rociero del viejo arrabal.


Es una mañana diferente. Triana amanece engarzando en sus labios los Ave María de un rosario de traslado. El mismo que lleva al Bendito Simpecado desde su actual sede, la capilla de la calle Evangelista, hasta la que fuera su casa hasta 1982, y en la que actualmente están las imágenes de La Estrella por obras en su capilla. “Aquí estamos otra vez/ para decirte que te queremos otra vez...” toca el tamboril mientras que la Virgen Chiquita atraviesa el atrio. “¡Viva la parroquia de San Jacinto!” y “¡Viva la hermandad del Rocío de Triana!” enmarcan la histórica entrada en un templo, ya abarrotado de público. Hay mucha expectación y San Jacinto se queda pequeño para acoger a tantos devotos y hermanos. “Ya decía que me iba a morir sin volver a ver al Rocío aquí. Y mira por donde ha sido este año. Me he venido bien temprano para no perderme nada”, responde Carmen que tiene el “inmenso honor” de estar sentada en uno de los primeros bancos.

Fuera se aceleran las palpitaciones mientras que llegan los caballistas ¬–con sus flamencas a la grupa-, más público, más familias enteras de romeros y más peregrinos de Triana por los que no pasa el tiempo. “Aquí estamos con vara, saco de dormir y mucha fe. No hace falta más para ir al Rocío. Eso sí, con Triana siempre, que hice mi primer camino cuando iba en la barriga de mi madre”, confiesa Juan Carlos Moreno, nacido en Rodrigo de Triana, bautizado en Santa Ana y casado en la Estrella. A sus 64 años asegura que nunca se ha perdido un camino y que todos los ha hecho de la misma forma: “con la mochila a la espalda y ya está”.

Por Pagés del Corro avanza como puede la carreta de plata. Exornada con gladiolos rojos y con los típicos ramos de naranjas y limones en las columnas delanteras, busca su posición exacta frente a la puerta de San Jacinto. “Ahí vamos. Este año con un nuevo astado, Españolito, a ver cómo nos va. Estos primeros metros, por la ciudad y con tanta gente encima, son complicados pero la Virgen siempre nos echa una mano”, explica José Luis Espinosa, “de Los Palacios”, quien recuerda que aprendió el oficio de carretero de su padre, fallecido hace un año. “Lo poco que sé, me lo enseñó él”, afirma con el convencimiento de la gente cabal y noble.

Entre el público que se arremolina bajo el enorme ficus de San Jacinto asoman rostros conocidos, como el del humorista César Cadaval (Los Morancos). “La salida siempre es un día muy especial. Es el momento de vernos todas las familias del barrio. También de disfrutar de la esencia de Triana que guarda esta hermandad. Además este año aún más con esta vuelta a San Jacinto”, reconoce mientras replica con arte a un amigo que le pregunta por el caballo: “Eso mañana, mañana iré a caballo”.

Todas las miradas se dirigen de pronto hasta la fachada principal de la iglesia. Repican las campanas y suena la Marcha Real por los músicos. Asoma con majestuosidad el Simpecado trianero, más brillante y más hermoso al quedar regado por el sol de las primeras horas de una mañana de temperaturas más frescas que en días anteriores. Un respiro del mercurio (por debajo de los 30 grados) que se agradece, y tanto, en la bulla romera. Imposible moverse o llegar hasta Ella. Apreturas que saben a gloria al pasar por delante, casi rozándolo, el Simpecado en ese último vuelo alzado por las manos de sus hijos. A Rafa Torrecilla le toca estrenarse como prioste en la romería. También en los vivas –incluido “¡Viva la parroquia de San Jacinto!”- que da, a modo de fervorín, sobre este templo argénteo una vez que ha concluido el canto de la Salve Madre... Vibra el barrio entero. Estalla la emoción y los sentimientos. También se desafían las leyes de la física. No caben más personas por metro cuadrado. O sí. Todo es posible en el viejo arrabal.

“Vengaaa, vaaamos...” o “vaya lote de mierda pisada llevo, voy a comprar cupones” se bromea en esta marea verde que antecede a la carreta. También el arte puro de un barrio con duende y gracia. Bailes a pie de calle y gracia por doquier. Un espectáculo único. “Soy Manuel Duque y te lo digo cantando... Soy de este barrio...”, apremia un romero que lleva la voz cantante de un improvisado coro de mujeres, que entonan sevillanas sin pausa. “¡¡¡Vamos por cuenta!!!”, apunta una de ellas entre risas. Ya en el Altozano, una señora graba con su móvil esta animada escena, mientras que relata el susto que acaban de pasar: “Se ha caído un caballo. Afortunadamente no ha pasado nada. Menos mal”.

Precisamente en lo alto de uno de estos equinos viene el hermano mayor. Federico Flores se estrena en el cargo en este camino recién iniciado. “Lo asumimos con alegría pero también con responsabilidad. Es un año importante por la vuelta a los orígenes de la hermandad al salir de San Jacinto. También por ser el centenario de la Coronación Canónica de la Blanca Paloma, se sincera con su impoluta chaquetilla blanca mientras que asegura llevarse una oración concreta: “Por los que ya no están o los que, por diferentes motivos, no pueden venir este año”.

Por la calle Castilla se adentra la comitiva para hacer su primera parada en la parroquia de la O. De manos de estos cofrades del Viernes Santo reciben dos velas de la candelería del paso de la dolorosa para alumbrar las noches del camino: “Este año van casi enteras, pues no pudimos hacer estación de penitencia por la lluvia. Es un momento muy esperado, porque no hay que olvidar la vinculación del Rocío y su nacimiento en esta calle Castilla”, aclara José Antonio Fuentes, consiliario de la hermandad de la O.

La alargada Torre Sevilla es testigo directo del transitar de la colorida hilera de carretas tiradas por bueyes que serpentea el largo de la calzada. Se cuentan por más de 30. De ahí al Cachorro y del Cachorro a la localidad de Castilleja de la Cuesta. No hay tiempo que perder. Ni palmo que dejar de recorrer. Triana se derrama por el Aljarafe en busca de unas marismas largamente soñadas. Lo hace andando desde la iglesia de San Jacinto. Como lo hicieran sus padres y abuelos hace más de tres décadas. Andares de ayer y de hoy con huellas profundas que nunca pasan de moda. Es Triana: luz del Rocío y camino hacia la eternidad.


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