viernes, 16 noviembre 2018
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Sólo el sol faltó a la cita agosteña

La normalidad y el aumento del público asistente marcan una procesión de la que tuvo que ausentarse el arzobispo de Sevilla al sentirse indispuesto

15 ago 2018 / 09:40 h - Actualizado: 15 ago 2018 / 23:19 h.
  • Sólo el sol faltó a la cita agosteña
  • La Virgen de los Reyes durante su paso por la calle Alemanes. / Manuel Gómez
    La Virgen de los Reyes durante su paso por la calle Alemanes. / Manuel Gómez

«Este año no le va a dar ni un rayito de sol». Era el lamento mascullado ante sus andas por más de un canónigo cuando el palio de tumbilla subía ya por Fray Ceferino González para completar su breve recorrido por las gradas bajas de la Catedral. Es en este punto, cercana ya la plaza del Triunfo, donde cada año el sol dora con más intensidad su rostro y los flecos de la tumbilla le proyectan en su enigmática mirada una sombría visera que oscila acompasada al son del rachear de 25 pares de zapatillas blancas. Hubo el silencio, la devoción y el respeto de siempre, pero esta vez el sol no pudo colarse entre una tupida maraña de nubes que tiñeron de grises, contraluces y claroscuros las primeras horas de la mañana de la Asunción en Sevilla y que refrescaron la temperatura hasta cambiar los abanicos por alguna ligera prenda de abrigo.

Apenas noventa minutos empleó el paso de la Virgen de los Reyes en recorrer el perímetro catedralicio en una multitudinaria procesión de la que, como anécdota, tuvo que ausentarse el arzobispo de Sevilla, Juan José Asenjo, casi a mitad de recorrido al sentirse indispuesto después de una larga noche aquejado de vómitos, circunstancia que le impidió presidir la eucaristía posterior en el interior de la Catedral. «Nada especialmente preocupante», tranquilizó el obispo auxiliar, Santiago Gómez Sierra, al justificar la ausencia del prelado en la misa de la solemnidad.

La madrugada había sido fresca y de relente. Bien los saben los centenares de peregrinos –mochila a la espalda y calzado cómodo– que ya a las cinco y media de la madrugada y llegados a pie desde los pueblos limítrofes llenaban la nave central de la Catedral y parte de las laterales para asistir a la primera de las misas nocturnas que se celebran en el interior de la montaña hueca. El párroco de San Lorenzo, Francisco de los Reyes Rodríguez, lleva «28 años diciendo la misa de los peregrinos», la de las 5.30 horas, en el día en que celebra su cumpleaños y también su onomástica. Las otras dos eucaristías fueron presididas por el párroco de Omnium Sanctorum, Pedro Juan de Dios Álvarez, y por el de Los Pajaritos y La Candelaria, Francisco José Ortiz.

Los fieles se arremolinan en cola ante los confesionarios y en el interior de la Catedral se van sucediendo los ritos previos a la procesión. Minutos antes de las siete de la mañana, el arzobispo inició en la Capilla Real el rezo de laudes. «Señor, ábreme los labios...». Mientras, en la nave de los Palos se organiza el breve cortejo que antecede al palio de tumbilla. «Este año se han expedido 153 papeletas de sitio», comenta el nuevo presidente de la Asociación de Fieles de la Virgen de los Reyes, Fernando Yuste, que estrena cargo en la procesión el mismo día que cumple 56 años. «Aquí no hay lugar a los nervios. Llevo saliendo en la procesión desde los 18 años», asegura después de haber vivido la noche anterior la puesta de flores del palio de tumbilla en un ambiente «entrañable y de mucha devoción». «Los que tenemos el privilegio de vivir esos entresijos somos unos afortunados. Ves cómo se va montando el paso, el altar, escuchas las campanas de las doce de la noche y, en medio de una embriagante olor a nardos, ves a la Virgen sonriendo...». Su antecesor en el cargo, Antonio Ramos, ha cambiado este año el cirio de acompañamiento por un abultado equipo de cámaras fotográficas para inmortalizar mejor a la imagen. «Después de 25 años sin vivirlo en la calle, he preferido estar más cerca de Ella. Los miembros de la Asociación siempre vamos muy adelante en el cortejo y no podemos verla de cerca».

A las 7.46 horas el arzobispo Asenjo inciensa a la imagen y acaricia el león de plata para dar los primeros tres golpes de llamador. Los zancos se despegan del suelo. Se cimbrean los borlones de la tumbilla y tiemblan las varas de nardos. Es el primer agosto sin el maestro organista Enrique Ayarra en la Catedral. Su sustituto, Carlos Navascués, interpreta la Marcha Real mientras «la Virgen liberadora de Sevilla» –como dejó reflejado el arzobispo en su homilía– desciende la rampa del Altar del Jubileo y encamina sus pasos hacia el portón de los sueños, donde miles de fieles aguardan su señorial aparición.

No es un año fácil para los costaleros de la Patrona ni para la familia Bejarano, responsable desde hace más de cien años de llamar al martillo de estas singulares andas. Bajo las trabajaderas se recuerda a uno de los integrantes más veteranos de la cuadrilla, Juan Antonio, apodado el gitano, tras un inesperado adiós. Este año no ha lugar al tradicional almuerzo posterior de convivencia, suspendido para velar su cuerpo.

En los primeros tramos del recorrido, vallado íntegramente desde hace años por el Ayuntamiento, se aprecian las célebres vallas antipánico, estrenadas en Semana Santa.

Hay niños que se arropan con una mantita tras las vallas y otros que se aúpan a ellas para entregarle una flor a la Virgen. «Perdone, le puede poner esta flor a la Virgen», sorprende un chiquillo en la Avenida de la Constitución.

Casi a la altura del magnolio y, después de paladear algún sorbo de agua, el arzobispo abandona la procesión y se adentra en la Catedral por la Puerta de San Miguel. El obispo auxiliar le toma el relevo en la presidencia eclesiástica.

Con el palio de tumbilla enmarcado ante el cancel de los Palos, la compañía militar rinde honores a la Patrona de Sevilla. La entrada del paso en la Catedral coincide con un apagón eléctrico, solventado gracias al generador. Son las 9.37 horas. La bulla se disuelve en esta mañana fresca y gris en la que únicamente se añoró al astro rey. El obispo auxiliar de Sevilla, Santiago Gómez Sierra, invitó a los fieles este miércoles en la eucaristía de la solemnidad de la Asunción a poner «a la Virgen de los Reyes en el centro de nuestros corazones». «¡Qué mejor compañía que la de la Virgen! Con ‘María en el corazón’, toda nuestra vida se convertirá en un camino de conversión y de gracia, de reconciliación con Dios y con los hermanos, de fraternidad y servicio humilde y esmerado a los pobres y a los que sufren, y en un manantial de santidad, de dinamismo apostólico y de fidelidad a nuestra vocación cristiana», apuntó Gómez Sierra, encargado de presidir la eucaristía ante la ausencia de última hora por indisposición del arzobispo Asenjo. Ante el palio de tumbilla de la Patrona, el obispo auxiliar subrayó que la Virgen de los Reyes está «ligada de modo indisoluble a la historia cristiana de Sevilla» y recordó la tradición según la cual la imagen «fue regalada a san Fernando por su primo san Luis rey de Francia, para que le protegiera en la reconquista de nuestra ciudad». «Ella –prosiguió– es muy verosímilmente la socia belli, la defensora en la reconquista, la compañera y protectora del rey san Fernando, la Virgen de las Batallas, ante la que postra el rey conquistador pidiéndole su protección antes de iniciar la liberación de Sevilla». Gómez Sierra, que dio lectura a la homilía preparada para la solemnidad por el arzobispo Asenjo, destacó además que «la Asunción de la Virgen es una de las fiestas marianas más enraizadas en la piedad de nuestro pueblo», un dogma con el que la Iglesia celebra que «la Virgen no conoció la corrupción del sepulcro, sino que fue asunta inmediatamente al cielo en cuerpo y alma».


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