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Cuaresma 2017

Tercera fase: contacto

Los cofrades buscan ambiente en las iglesias pero el pregón más fastuoso sigue estando en la calle

21 mar 2017 / 08:26 h - Actualizado: 21 mar 2017 / 08:27 h.
  • Tercera fase: contacto
    Espectacular muestrario de torrijas en una confitería sevillana, en una imagen de archivo. / El Correo

Será el campanario más fastuoso de la cristiandad y tendrá dos docenas de bronces sonando a todo pasto cuando pasan por debajo los pasos de Semana Santa. Pero como suena la campanilla de un sevillano cuando pasa por debajo una torrija, que se quite la Giralda y que se quite el cheposo de Nôtre Dame reliado en todas sus cuerdas. No conoce Sevilla un repique más melodioso ni sensual que este que une la caricia de la miel y el pellizco del vino. Las gargantas llaman a torrija desde las terrazas de las cafeterías mientras los niños juegan entre gritos y risas, con los cachetes colorados y desbocados de entusiasmo, como si fueran un primer despertar –secreto y maravilloso– de la primavera. A la misma hora, el sol, encabronado como tiene por costumbre, empuja a los turistas a los veladores por docenas y en estampida, mientras el camarero –que entre cafés cortados para los nacionales y copones de cerveza helados para los forasteros debe de leer el Salterio para reconfortar su espíritu– pone toda la cara de estar invocando sottovoce el Salmo 22: Me rodea una manada de novillos, me acorralan toros de Basán; abren sus fauces contra mí como leones rapaces y rugientes. Señor, ten piedad.

Qué distinta era Sevilla esta mañana, cuando por San Juan de la Palma, barrio de aceras quebradas, adoquinazos con charquillo y palomas pazguatas, se desperezaban las tórtolas entre los jaramagos de las azoteas. Tiene esta parroquia calles tan sombrías y frescas que los balcones lucen plantas de interior. Y así, entre potos y aspidistras, helechos y crotones, pasa la vida silenciosa solo interrumpida, por pura cortesía, por transportistas estrepitosos con un pitillo en los labios acarreando botellines o lo que quiera que lleven en sus carretillas temblonas, que admiradas con cuaresmal indulgencia también tienen algo de campanario. Otras callejuelas más soleadas despliegan sus geranios y gitanillas, gesto que atrae no solo a las abejas sino también a los motoristas que, fascinados por el espectáculo, ejecutan danzas con el móvil y dejan al pie sus motos, aparcadas sobre la acera, junto a los zócalos manchados de verdina, para salir corriendo a proclamar la buenanueva. Porque será invierno, puede, pero las hormigas corretean ya por los naranjos, que empiezan a tejer alfombras blancas allí, y en la Plaza Nueva, y en José Laguillo, y en Villasís. Dos moscas bailan un vals en la calle Viriato y no hay bareto canalla y esquinero que no tenga sentado en su puerta a un ocioso morenuzo de mirada pícara en pleno trance de pasar del coñac a la cerveza. Comienza a oler a calor.

La versión oficial es que a los cristos y a las vírgenes los sacan en Semana Santa para que los vea la gente, pero la verdad poética y cursilona dice que es al contrario, que salen a ver Sevilla. Qué pena tan grande la del Cristo de Confalón, que lleva siglos sin salir de su capillita de la Iglesia de la Magdalena. Y qué impresión produce verlo. Tiene cara doliente de gitano románico, las manos negras de cianosis, el pelo polvoriento y la mueca de la muerte. A sus pies, una Virgen y un San Juan más tristes que oscuros secan con su mirada cualquier brizna de alegría que pudiera pasar flotando por allí en un descuido. De nada le sirve tener delante la pila bautismal de Murillo en el año de sus fastos, porque la gente, llegadas estas fechas, busca tallas procesionales. El resumen del lote es ese verso de Bécquer que dice qué solos se quedan los muertos. Sin embargo, frente por frente arde en devotos, luces y flores la capilla del Cristo del Calvario, reluciente y plácido, agasajado con damascos y cirios, bellamente escoltado también por una Virgen y un San Juan que en esta ocasión no sufren por encima de su belleza. Qué distinta una capilla de otra. Qué bien le sienta salir a la calle.

Las losas blancas y grises rechinan bajo las suelas de goma de unos cofrades que entran buscando ambiente. En la iglesia hay la friolera de diecisiete cepillos: para el Cristo del Calvario, para la flores del sagrario, para la conservación del templo, para el santísimo sacramento, para el culto de Nuestra Señora del Amparo, para la Virgen de la fiebre, para el culto de las ánimas benditas, para San Cayetano (donde se remarca que es el patrono de los desempleados), para Santa Rita... pero ninguno pide para el pobre Cristo medieval, muerto bajo sus greñas blancas de polvo. Normal. Quién va a dejarle dinero a un difunto en Andalucía, estando como está el impuesto de transmisiones.

Comienzan a volverse ya los cocheros con sus carruajes mientras unas alargadas nubes, rojizas como costrones, marcan sobre la espalda azul del cielo las cicatrices de una flagelación anunciada. El pavimento gris está pidiendo cera del mismo modo que los cristos, haciéndose los muertos, piden calle desde sus retablos de purpurina. Como no lo haga la lluvia, esto ya no hay forma humana de pararlo.


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