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La Exaltación

Un misterio de una sola pieza

El paso de los Caballos sale con parihuela renovada y sin crujidos. Tras de sí, el palio de la Virgen de las Lágrimas deja una curiosa escena

13 abr 2017 / 21:34 h - Actualizado: 13 abr 2017 / 22:31 h.
  • El paso de misterio de la Exaltación termina su primera revirá en la calle Sol tras salir del templo de Los Terceros. / Diego Arenas
    El paso de misterio de la Exaltación termina su primera revirá en la calle Sol tras salir del templo de Los Terceros. / Diego Arenas
  • La cruz de guía de la Exaltación, con los atributos pasionistas. / Diego Arenas
    La cruz de guía de la Exaltación, con los atributos pasionistas. / Diego Arenas

En la plaza de Los Terceros se sobrelleva el calor bajo los naranjos y bajándole el nivel a un vaso de refresco. Se termina de comer en Los Claveles y La Huerta, y sobre las mesas de los veladores quedan los restos de raciones de fritura y ensalada. No hay una gran bulla precisamente y los que allí están se felicitan por ello. No todos los años se ha podido ver así a la Exaltación.

Son ya las 15.45 y la cruz de guía se lleva todas las miradas de la calle Sol. El astro rey ilumina cada uno de sus atributos pasionistas, que despiertan la curiosidad de muchos jóvenes. Esta y la del Gran Poder son las dos cruces que resumen a la perfección la pasión y muerte de Jesucristo, que en breve comienza a asomar por la puerta de su templo de acogida.

Hay aprieto para sacar «el paso más grande de Sevilla», según asegura Enrique Gonzálvez, el carpintero que ha construido la parihuela que la cofradía lleva por estreno principal. Se vence un poco el costero izquierdo al traspasar el dintel, y tiene que ser ayudado desde fuera para no tocar piedra. No se llega a más y en un suspiro los caballos ya relinchan al sol de Sol, haciendo estallar en aplausos a quienes esperan ver salir el enorme barco del Jueves Santo.

El tamaño de este paso siempre está de moda en las conversaciones. «Yo creo que es más grande el de los Panaderos, o incluso el Herodes», dice un joven. Se mete en la conversación un señor de edad: «Es este, chaval, es este: imagínate que llevara maniguetas y verás». Es verdad, no las lleva (ni Tres Caídas de Triana, ni el misterio de la Carretería), y tal vez eso lo haga parecer más corto.

La otra conversación en torno a esta cofradía va sobre la de años que lleva fuera de su casa, la castigada Santa Catalina. Son ya trece. Casi rozando su nave norte, el inmenso conjunto escultórico móvil se recorta en el techo triple de tejas renovadas, apuntando su proa hacia la calle Gerona, atestada de público ya a estas horas.

Las levantás del misterio resuenan como una inmensa piedra cayendo sobre los 45 cogotes. Han dejado de sonar los crujidos de años atrás. Además de la parihuela nueva (ahora de una sola pieza), al paso se le ha hecho un nuevo esqueleto en el que montar los paños del canasto de manera más compacta.

Una mujer lleva a su niña al cuadril y bailotea discretamente con ella una marcha cuyo contenido temático poco tiene que ver con el cariño: Barrabás. Tras las primeras gran chicotá, la parada deja al sol a los músicos. «¿No sois la banda del Sol? Pues al sol», suelta una muchacha a la que los cornetas miran con cara de pocos amigos. Los cascos prusianos parecen hervir con el castigo del cielo, y a las trompetas son sustituidas por botellas de agua, pero de las grandes, dispensadas por ayudantes de la formación musical.

Avanzan ya los tramos de la Virgen, con la niñería de monaguillos locos de contentos, repartiendo caramelos a diestro y siniestro. Al fondo Emilio Moreno hace sonar el martillo del paso de palio para convocar a los suyos al palo. Cada levantá del paso de la Virgen de las Lágrimas suena casi en el mismo tono que las del misterio, con una rotundidad de cofradía antigua. Sale el palio sin ninguna dificultad por el alto pórtico de Los Terceros, arrancando el aplauso del público junto con la marcha real.

En el interior del templo se produce una escena curiosa. El relevo del paso de las Lágrimas es convocado para entrar bajo el palio de la Virgen del Subterráneo, la dolorosa de la hermandad de la Cena. «Hay que volver a colocar el paso en su sitio», contesta uno de los costaleros ante la curiosidad de quien escribe. De un golpe de vista se ven entonces moverse ambos palios, uno al sol y otro en las sombras, con la candelería ya muerta.

Fuera, se renueva la vida con una ovación visual en forma de petalada. Lágrimas de colores desde el cielo.


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