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Viaje al origen de la Semana Santa

A través de la Sevilla del siglo XVI un comerciante católico recorre las calles hispalenses para acompañar un incipiente viacrucis que será el germen de nuestra actual semana de devoción

06 abr 2017 / 21:44 h - Actualizado: 06 abr 2017 / 21:44 h.
  • Oleo sobre lienzo «Templete de la Cruz del Campo» de J. Domínguez Becquer, reconocido artista del costumbrismo sevillano del s.XIX . / El Correo
    Oleo sobre lienzo «Templete de la Cruz del Campo» de J. Domínguez Becquer, reconocido artista del costumbrismo sevillano del s.XIX . / El Correo
  • Azulejo en la iglesia de San Benito (construido sobre el monasterio de los Duques de Tarifa) y que sustituye a la antigua cruz del viacrucis. / El Correo
    Azulejo en la iglesia de San Benito (construido sobre el monasterio de los Duques de Tarifa) y que sustituye a la antigua cruz del viacrucis. / El Correo

Sevilla, 1531. Una década después del primer viacrucis. No es fácil hoy pasear por la ciudad hispalense; el sol no perdona ni espera al inclemente verano que está por llegar. Sin embargo, los naranjos nos regalan el descaro del azahar eterno que nace en primavera y que, a través del embriagador perfume que se origina en su interior, implantan en la ciudad la alegría y el frescor que tanto necesita.

Mientras tanto, mi mayor preocupación es poder llegar a tiempo al palacio del primer Duque de Tarifa, don Fadrique Enríquez de Ribera; lugar en el que empieza el viacrucis por el que la ciudad se desvive desde hace ya diez años y por el que, aparte de los motivos comerciales por los que me veo obligado a acudir, hoy me encuentro aquí. Estoy a las afueras de la ciudad, cerca de la Puerta de Jerez. Lo mejor será llegar hasta la Catedral y, desde allí, dirigirme hacia el palacio para no perderme. Se alza cerca de los Alcázares, a pasos de una apabullante zona comercial y entre la silueta irregular de varias casas con tejados de barro, fachadas simples y de tonos blancos, muy cerca de San Esteban.

El Duque de Tarifa peregrinó a Tierra Santa. Un periplo que prolongó durante tres años, de 1518 a 1521. Muy impactado por aquella inusitada experiencia en el que encontró respuesta a la fe en la que había sido educado, quiso reproducir el camino exacto que Jesucristo realizó por nuestra redención y rescate desde la residencia de Pilato hasta el Monte Calvario, en Jerusalén. Concretamente, y obtenidas las licencias oportunas para poder procesionar por las calles de la ciudad, desde la casa de su palacio hasta el humilladero de la Cruz del Campo se efectúan los 1.321 pasos –una longitud aproximada de un kilómetro– que recorrió Jesucristo en aquel momento y, que ahora, también ellos iban a ejecutar.

El viacrucis cuenta con 12 estaciones. La primera estación comienza casi en la misma puerta del palacio, marcada con una bella cruz de madera impuesta en la pared; la segunda y las siguientes también se encuentran señaladas con cruces o altares portátiles que ya he tenido ocasión de ver en viajes anteriores, pero que esta vez serán objeto de paradas y de meditación.

El silencio se ha instaurado entre la gran masa de personas que han decidido reproducir los pasos de Cristo. Se abren las puertas de Palacio y el primero en salir es el Duque de Tarifa, acompañado de otras personalidades muy nobles de esta ciudad, después de haber celebrado una misa en la Capilla de las Flagelaciones del interior de la casa. El duque y sus acompañantes van vestidos con caras vestimentas y permanecen muy serios. Van a presidir el trayecto. Está oscureciendo, el calor se está levantando y las hachas que portan los cofrades iluminan la plaza y el recorrido que vamos a realizar. Ahora, recuerdo los sermones que prodigó Vicente Ferrer en los que se habla de la penitencia como un ejercicio sacramental por el que se perdonan los pecados y nos acercamos a Dios, ya sea de forma interna y hacia Nuestro Señor a través de la meditación y el rezo, como por medio de la ascesis externa a través de la flagelación. Por eso, hoy estamos aquí. Hoy queremos que Dios perdone nuestros pecados de la misma forma en la que Jesucristo se sacrificó por todos.

El ambiente es dispar y quizá sea una de las cosas que más me gusta de Sevilla. Al igual que las murallas rodean a esta rica ciudad, apartándola del mundo, las mujeres se visten, probablemente siguiendo la antigua tradición árabe que un día quiso hacer historia, todas tapadas por velos negros. Va a comenzar el viacrucis y están presentes los penitentes, algunas mujeres retiradas de la multitud, nobles junto al Duque de Tarifa y viajeros, mendigos o comerciantes que andaban despistados y han decidido quedarse. Por otro lado, puedo diferenciar entre toda esta afluencia, dos cofradías; la cofradía de la Vera Cruz y la cofradía de la O, ambas realizando la penitencia con hermanos de luz y sangre. Los hermanos de sangre inexcusablemente tienen que flagelarse y los de luz realizan todo el camino como penitentes, algunos con una cruz al hombro.

Caminamos -en fila por petición de las hermandades- unos pocos metros hasta llegar a la segunda estación, marcada con una cruz de madera, donde realizaremos la primera parada. El tiempo pasa entre calles de reducido espacio, concentradas por transeúntes y ocupadas por basura y desechos aunque, no obstante, los tenderetes parecen dejar espacio a propósito de la festividad. La tercera estación se encuentra en la iglesia de San Esteban y la cuarta no muy lejos de aquí. Vamos a cruzar la Puerta de Carmona para llegar a la calle Oriente y rezar en la quinta estación, esta vez marcada por un altar portátil. Seguimos en dirección recta hasta llegar a la sexta parada, situada en un monasterio que se encuentra bajo el mecenazgo de los marqueses de Tarifa. Desde la sexta hasta la decimoprimera estación el recorrido cambia completamente y ya no existen angostas y taciturnas calles como al principio, cada vez hay menos gente y siento la angustia producida por la pasión de Cristo vivida en nuestro propio cuerpo y alma, junto a todos y entre un silencio sobrecogedor, caminando sobre albero en una holgada vía con una hilera de recatadas casas a la izquierda.

Estamos llegando al humilladero y ya vemos el Templete de la Cruz del Campo, la última estación del viacrucis. Todos estamos muy cansados, aunque llenos de fe. Algunos tienen la espalda totalmente ensangrentada, resultado de la dura disciplina a la que se han visto expuestos. Los hermanos de luz y de sangre, vestidos con telas blancas y con la cara tapada con antifaces, han terminado el recorrido, ya pueden descansar hasta el año que viene y reanudar su camino.


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