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Ya resucitó

13 abr 2017 / 22:03 h - Actualizado: 13 abr 2017 / 22:03 h.

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Esta tarde sale el Resucitado. Sale en Viernes Santo porque lleva dibujada tras su espalda una Cruz que lo sostiene en el Gólgota. Pero aunque digan que expira, que agoniza, la evidencia lo desmiente. Hace lo contrario: inspira, se eleva, hincha sus pulmones... expirar es desalojar el aire de los bronquios, cuando el poderoso pecho de este Jesús del Patrocinio lo que hace es retener la Vida de tal modo que ya es cierto que la Vida no le abandonará, ¿quién le ha visto morir acaso? Salta del dolor del Calvario, por encima de la muerte a la gloria misma de la Pascua sin necesidad de Sepulcro ni de Sábado. Es Cristo adelantadamente resucitado, pleno de un Amor ya suficientemente demostrado, tan suficientemente redentor que el Padre le ha dispensado de entregar su espíritu y consumarlo todo. No hace falta más. Resucita de la muerte sin tener que alcanzarla, resucita del sacrificio bebido hasta la última gota, resucita del viacrucis rezado hasta la última estación, abriéndose al final con sus brazos como un horizonte y volando con las alas de sus ojos. Libre y a punto de reventar los clavos.

Por eso a sus plantas, en las capillas de su paso, no están los Evangelistas sino los Profetas. Reescribiendo la naturaleza humana de Dios prometida por los siglos para que no haga falta una nueva Parusía. Baste contemplar al Cachorro sobre las aguas, las aguas de un río que se convierte esta tarde, todos los años, en torrente bautismal de esta Fe puntualizada que propone Triana y confirma Sevilla. Dios no llega a morir. Y no es una herejía. Cual pancarta que a voces lo recuerda, la última insignia incorporada a su cortejo viene a corroborarlo con la mayor ortodoxia de la doctrina: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu Resurrección. Ven, Señor Jesús». La muerte se anuncia, sin que al final tenga que llegar a producirse. Lo que se produce es la Resurrección y es lo que proclama esta comitiva de blancas capas que se han echado encima del luto negro para apagarlo. El Cristo de Gijón sobre el puente es un fácil jeroglífico donde se lee que el puente es Él. Que al final cruza la muerte sin ahogarse en ella. El Padre le ha dispensado de morir tras llegarle a lo Alto esa mirada del Hijo –¿hay mirada igual a la del Cachorro?– donde se reconoce que no hace falta más, que ya ha probado todas las hieles de la unión hipostática que la Encarnación pretendía.

Sin claudicar un milímetro de la más correcta pastoral, los hermanos del Cachorro llevan asumido todo esto en su subconsciente y nos lo quieren trasmitir esta tarde. El Credo que rezan íntegro pasando involuntariamente de puntillas por el «murió y bajó a los infiernos». ¿Cuándo, Cachorro, si Tú nunca mueres? Si pespunteas las dos orillas, de la vida en minúsculas de acá con la Vida en mayúsculas de allá, sin precipicio en medio, desterrando todo negro temor. Y cuando parece que tras la Soledad la ciudad ha quedado exhausta al final de su Semana Santa, en la calle Castilla los hermanos del Cachorro viven su gran día como diciendo ¿lo veis? Y al Tomás incrédulo que vive dentro de cada creyente, le enseñan para que se convenza su sagrada figura en detalle, tendido, las llagas bien cerca, en la horizontal de su Besapié. Toda Sevilla sabe que para ver bien al Cachorro hay que encontrarse con Él, el Domingo de Resurrección. Para buscar en el interior de su garganta el diálogo de sus últimas palabras con el Padre y en sus pupilas el reflejo de todo el cielo dando por bueno y concluido el sacrificio.

Los hermanos del Cachorro descansan justo bajo el hoyo de su Cruz, allí está el columbario de la hermandad. No hay mejor Paraíso. Ni mejor ni más rápida ascensión a la Vida Eterna. Lo han aprendido de su Cristo tal y como os lo cuento. Allí estás tú, perdona te ponga de ejemplo, Blanca Elliott, tu nombre escrito en una placa –junto a otros infinitamente queridos para mí– desde hace muy poco. Este será el primer Viernes Santo que no te pongas esa túnica civil de los hermanos que es vestirse en tonos blancos y negros, colgada la medalla de cordón a juego, por la que se reconoce a los hermanos que viven la estación de penitencia desde fuera de las filas nazarenas. Sólo con tu apellido, que se lee indistintamente «elió», o «élio» y se pronuncia por rotunda identificación «cachorro» (y que nadie se moleste con los apellidos y las familias de las hermandades, no implican preferencia ninguna a los ojos de los Titulares pero cuánto se les debe), sólo con tu apellido se está resumiendo en siete letras toda la historia de más de un siglo del Patrocinio, el día a día con sus gustos y sus disgustos, la Junta de Damas, la cercanía de las camareras, los sitios en la Función, el olor a cera de tantos cultos, el color de las épocas del año de Triduo de la Virgen a Corpus chico y la silueta inconfundible del crucificado con el sudario volante y la Dolorosa del cuello primorosamente inclinado. Ah, perdón, y la Virgen chica cuyo olvido identifica a quienes son o no son de verdad cachorristas. Tu marcha, Blanca, ha mellado dolorosamente la trilogía de hermanas de sangre que dio, da y dará larga estela al recuerdo de Don Carlos, de Chale, y todo el mundo de la Compañía de Aguas de los Ingleses que se hizo sevillana uniéndose al linaje trianero de los Bernal.

En ti, en tu cotidianidad diaria truncada por tu marcha, en lo doméstico de tu filiación al Cristo sin nombre, porque los hermanos del Cachorro dicen a secas «el Cristo», no les hace falta ni Expiración ni Cachorro, que no hay otro en su hablar con quien confundirlo, y también en los cuadros y estampas por casa, en el idioma con Jacinto, Jacintito, Manti y Carmen, en todo, está la prueba de lo que al principio he escrito. Tú ya lo sabes, lo sabías antes de irte y seguro que lo has comprobado ahora. El Cachorro del Cielo resucitado que ves ya lo tenías aquí y el de aquí es la gloria de la Vida imperecedera de la que estás participando. No hay solución de continuidad. Ni hay puertas ni San Pedro en ellas esperando, es Él mismo, sus mismos brazos abiertos esperando en un nuevo presbiterio de luz indescriptible. Su mismo viento en la cintura. Su mismo regazo de acogimiento y paz. Sus mismos ojos haciendo de oídos a nuestras cosas. Sólo que, eso sí, sin Cruz a la espalda porque ya no hace falta sostenerlo en ningún Gólgota. Porque el Cachorro no es la muerte, ni un Cristo al que Sevilla asista en cuidados paliativos, previo a su final. El Cachorro es Cristo Resucitado, Cristo vivo que, sin licencia litúrgica de nadie porque para eso aquí Él es quien manda, limpiará hoy nuestros lutos y gritará en su plenitud barroca y en su tronar de tambores, con la prisa vehemente de su lucha contra la muerte, que la muerte ya no existe y que incluso el Viernes Santo ya es Pascua de Resurrección.


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