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Nadie recuerda al presidente

El militar alcalareño Antonio Seoane llegó a presidir el Congreso. Su figura ha quedado relegada al olvido en su localidad natal, a pesar de su meritorio y honroso currículum

h - Actualizado: 05 feb 2017 / 08:52 h.
  • Antonio Seonae llegó a ser teniente general. / El Correo
    Antonio Seonae llegó a ser teniente general. / El Correo
  • Retrato de Antonio Seoane y Hoyos. / El Correo
    Retrato de Antonio Seoane y Hoyos. / El Correo
  • Firma del presidente Seoane y Hoyos. / El Correo
    Firma del presidente Seoane y Hoyos. / El Correo

Como en la novela de García Márquez, en Alcalá del Río hubo también un general que no tiene quien le escriba. Militar liberal del siglo XIX y Presidente del Congreso de los Diputados. Sin embargo, pese a su honroso y meritorio currículum, en su patria chica el presidente no tiene quien le recuerde. Se trata de Antonio Seoane y Hoyos, la figura histórica más relevante de la localidad. Nacido en Alcalá del Río en 1790, llegó a ser teniente general. Vinculado y defensor a ultranza del General Espartero, fue designado diputado, ministro de la guerra, presidente del Congreso de los Diputados y senador por Madrid, Badajoz y Murcia. Esta es solo una síntesis de su amplia trayectoria, iniciada con 18 años en la Guardia de Corps en el Regimiento de Húsares de Castilla.

En su localidad natal no hay ningún monumento ni calle que lo recuerde. Ni existe en la casa donde nació, en la calle Real de Castilla, al menos una placa que atestigüe su vinculación con el pueblo. No aparece en el panteón de alcalareños ilustres, ni siquiera en los libros de historia local. Un olvido del que fue rescatado, casi por casualidad, al aparecer reseñado en un legajo de documentos históricos decimonónicos adquiridos por la alcalareña hermandad de la Soledad.

El compendio fue realizado por Francisco Romero Fiallo, médico de Alcalá del Río, a mediados del siglo XIX. Recoge «documentos antiguos de Alcalá por él recuperados y, por otro lado, él mismo, que era un enamorado de la Historia, escribió muchísimo sobre distintas cuestiones», explica Mariano Romero, archivero de la corporación soleana cuando se adquirió el legajo, encargado del estudio preliminar. Con «sorpresa» constató el relato que hacía acerca del que entonces era «el personaje más relevante natural de nuestro pueblo, Antonio Seoane, Ministro y General del Ejército». La búsqueda en los archivos parroquiales confirmó sin lugar a dudas su vinculación con Alcalá del Río, y el acceso a otra fuentes documentales dio luz a su relevante carrera militar y política.

El también alcalareño Ignacio Montaño y Mariano Romero investigaron en profundidad al personaje, interesados sobre todo en sacar del destierro de la memoria a tan destacado paisano. A través de fuentes bibliográficas, el expediente militar facilitado por el archivo militar de Segovia y la colaboración de otros investigadores –caso de Luis Alba, quien documentó los últimos años de Seoane– se pudo trazar la completa vida del personaje. Publicaciones en la revista soleana La Espadaña y en la del Instituto de Estudios Ilipenses –asociación local dedicada al fomento de la cultura y del patrimonio–, y una conferencia de Montaño –organizada por el ayuntamiento y el citado instituto– para dar a conocer a la población al que fuera presidente del Congreso, promovieron su conocimiento. Sin embargo, todo quedó ahí y Seoane sigue sin ser recordado en su pueblo.

Su declive, de donde parte el olvido, comienza en 1843 al ser derrotado por Narváez, traicionado por sus tropas en Torrejón de Ardoz. Comenzaría así «un verdadero calvario espiritual y físico para el hombre más fiel a Espartero», apunta en su estudio Ignacio Montaño. Su condición de «exacerbado militar liberal, valiente, lanzado pero un poco descerebrado» lo llevó a participar de muchos aspectos de la convulsa historia de este periodo, explica Romero. «Con la caída del liberalismo pasó a un segundo plano y su nombre fue borrado y postrado al olvido».

En su carrera militar fue desempeñando distintos empleos hasta llegar a ser «teniente general de los ejércitos españoles». Tuvo un papel relevante en el ascenso de distintos militares, siempre a su sombra, como Espartero, Narváez o Espoz y Mina. Igualmente fue «protagonista de aspectos muchas veces singulares, que ponen de manifiesto una personalidad acusada, con perfiles desiguales, que van con facilidad de lo heroico a lo esperpéntico», apunta Montaño.

Enfermo y con graves dolencias, consecuencia de las heridas de la intensa vida militar, vivió sus últimos años retirado en El Puerto de Santa María (Cádiz). En su testamento dejó escrito que «ni por mi cabeza ni por mi corazón ha pasado jamás idea alguna que no haya tenido por objeto la prosperidad y libertad de mi patria; y protesto ante Dios y los hombres, que cuanto se ha dicho y publicado en contra mía sobre los sucesos de Torrejón de Ardoz de 1843, es falso, calumnioso e inicuo...». Sus últimos años los pasa visitando balnearios para recuperar la salud y, en un curioso paralelismo con el coronel de García Márquez, solicitando «justicia para el maltrato y la marginación a la que se ve injustamente sometido» en reconocimiento a su carrera.

Fallece en 1862, soltero y olvidado, sin más premio «a su incondicional fidelidad a Espartero que el ostracismo más absoluto por parte de todos y especialmente de su amigo del alma, otra vez influyente a partir de 1849». Sumado a «las chanzas de los enemigos políticos de Espartero», explica Montaño, quien reclama «un acto de justicia por parte de sus paisanos», para «recuperar su gloria, resaltar sus méritos, enorgullecernos de ser sus paisanos y proclamar a los cuatro vientos su nombre».


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