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A la calle

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
10 feb 2019 / 09:05 h - Actualizado: 10 feb 2019 / 09:07 h.
  • A la calle

La calle fue siempre un espacio de libertad, una imagen poética del pueblo de veras, la metáfora esencial de la gente corriente. Pero eso sería cuando los niños no jugaban en las consolas, sino en las calles, donde siempre había un postigo abandonado temporalmente para hacer de portería, mientras las madres se arremolinaban en torno a una vecina que hacía punto con dos agujas larguísimas que le nacían de las axilas.

De un tiempo a esta parte, la calle es una entelequia de la que hablan quienes no la pisan porque confunden el asfalto con las redes sociales o porque sola la ven a través de los espejos ahumados de sus coches oficiales. Ya la calle no responde a esa imagen literal de gente que sale de sus casas con lo puesto a protestar por las injusticias del poder, sino a un picnic bien organizado, con autobuses y eslóganes que pagan desde arriba, para hacerle el juego a los políticos de turno, quiero decir a los que les toque el turno de utilizar la calle para conseguir lo que las urnas no terminan de perfilarles. Las urnas es lo que tienen, que nunca ofrecen un resultado cómodo, y menos ahora que hay gente que no vota por hartazgo, gente que vota lo contrario de lo que le conviene, gente que vota contra y no a favor de, gente que vota provocativamente y gente que vota al azar como protesta íntima por este azaroso nuevo orden de las cosas...

Determinada izquierda lleva tiempo creyendo que la calle es suya, lo que pasa es que esa izquierda habla de la calle como concepto universitario que nada tiene que ver con las calles con baches de verdad. De modo que cuando las cosas no salen como estaban planeadas, convoca a sus bases desde los chalés oficiales, por WhatsApp, para que llenen las calles de gritos y soflamas decimonónicas como pan, techo y libertad y cosas por el estilo. Después está la otra izquierda, la que no sabe ni qué calles son ahora contramano porque hace demasiado tiempo que cambió las rúas por los pasillos del Congreso y se cree que en las calles siguen los niños jugando al pique.

Y por último está esta derecha amplia y dividida para según qué propósitos que habla de la calle con cierto deje exótico, como cuando la abuela dice que también ella se comía la pista de baile en sus tiempos y mueve las caderas y los codos haciendo el chachachá hasta que la agarramos por el brazo y la detenemos con una sonrisa resignada para que no se caiga. A esta derecha que no se junta con la otra salvo cuando apagan las luces y entonces todo vale le gusta decir que la gente sale hoy a la calle porque no soporta la debilidad de este gobierno débil. Iba a ser por el relator, pero ahora que no hay relato, no van a dejar de relatar en la calle cuando ya tenían planeado el domingo. Pedro Sánchez es un aguafiestas.

Esta derecha diversa que se precia de su pluralidad, aunque todas se crean la verdadera, inunda hoy las calles de Madrid porque para echar a un gobierno que consideran okupa -por su falta de respeto por las instituciones y su falta de conocimiento de cómo funciona la democracia representativa- sí sirven las manifestaciones, ahora sí, pero las serias, con banderas como dios manda y ropa de marca, no esas manifestaciones de zarrapastrosos que a veces rodean el Parlamento porque no les gusta el Gobierno que hay allí dentro.

Es que todo depende de cómo se vaya a la calle, donde no se puede salir de cualquier forma, como bien sabe la gente de orden, o simplemente normal, como decía Rajoy, a quien la lógica institucional puso de patitas en la calle.

Vivimos momentos tan confusos en nuestra democracia que son los políticos los que echan a la gente a la calle contra sus adversarios también políticos, cuando sería la gente la que tendría que echar de las instituciones, a la calle, a determinados políticos, pero no botando en las avenidas, sino votando en las elecciones, que es el único camino de que seamos nosotros, los ciudadanos, los que podamos gritarle a quien no merece gobernarnos: ¡A la calle!


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