lunes, 16 septiembre 2019
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A mi también me matan

Pepa Violeta Pepavioleta /
23 dic 2018 / 06:30 h - Actualizado: 22 dic 2018 / 14:38 h.
  • Mujeres deportistas rinden homenaje a la profesora zamorana Laura Luelmo, asesinada tras salir a correr. EFE/Salvador Sas
    Mujeres deportistas rinden homenaje a la profesora zamorana Laura Luelmo, asesinada tras salir a correr. EFE/Salvador Sas

A mí también me matan, pienso cada vez que me calzo las zapatillas para salir a correr, cada vez que busco nerviosa las llaves del coche en el parking de mi casa, cuando llego del trabajo, cada vez que salgo con mis amigas de noche y vuelvo sola a casa. A mí también me matan, siento cada vez que vuelvo escuchar en los informativos que otra mujer ha sido asesinada por violencia machista. Morimos lentamente, en sincronizada agonía todas las mujeres, porque en el reparto patriarcal de privilegios nos tocó la peor parte posible. Esta semana, la noticia del asesinato de Laura Luelmo, a manos de su vecino Bernardo Montoya, después de agredirla sexualmente, ha colapsado mis pensamientos, e incapaz de sacudirme la tristeza, aquí ando con el luto puesto de nuevo. Inevitable no pensar en esas mujeres de pueblo, siempre vestidas de negro por algún familiar, con la pena agarrada a las entrañas de por vida.

El caso de Laura, seguramente está sirviendo para poner en relieve la importancia de cambiar una vez y por todas, las bases del sistema en el que perpetuamos valores, normas y creencias. Con una media de sesenta asesinatos de mujeres cada año en nuestro país, los feminicidios copan la prensa y las conversaciones cotidianas. Pero como venimos advirtiendo desde el movimiento feminista, estamos llegando al punto de normalizar e integrar estos acontecimientos, como sucesos más o menos frecuentes, a los que no buscamos raíz ni solución.

Vamos poniendo parches y tomando medidas puntuales cuando la sociedad hastiada de tanta violencia se echa a la calle y presiona. Los asesinatos se mediatizan y nadie pone filtro. Los medios de comunicación abandonan su compromiso para con la ciudadanía y volvemos a encontrarnos con tratamientos informativos poco éticos. El sensacionalismo y el morbo aparecen continuamente y se proyectan debates secundarios que desvían la atención de lo realmente importante. Antes de que apareciera el cuerpo de Laura, en nuestro imaginario ya teníamos la cara del culpable. No sabíamos si sería del Campillo o no, ni su aspecto, ni su nombre, pero que levante la mano quién pensó que podría ser una mujer la culpable de la desaparición y la muerte de Laura. Parece una banalidad, pero es para tener en cuenta. La violencia de forma sistemática la asociamos a los hombres como ejecutores, cuando las desaparecidas o agredidas son mujeres. Pese al año que hemos tenidos de reivindicación feminista, la violencia machista se sigue normalizando y las resoluciones de las últimas sentencias sobre acoso y violación, no hace sino enraizar aún más un modelo que nos enferma como sociedad.

En el caso de Laura, sabiendo que el culpable ya había estado en la cárcel por agresión sexual y que no estaba reinsertado, el debate sobre la prisión permanente revisable, vuelve a colocarse encima de la mesa. La joven profesora ya sentía que su vecino no tenía buenas intenciones y así se lo hizo saber a su pareja. Su forma de mirar y su presencia constante en las inmediaciones de su casa, anunciaban la tragedia. ¿Qué hubiera pasado si ella hubiera denunciado esto? Pues, seguramente la habrían tomado por loca. En la comisaría ni le habrían cogido la denuncia, porque para actuar no valen las evidencias, sobre todo si no son ellos las potenciales víctimas. En España, la cadena perpetua está prohibida, porque su aplicación entraría en contradicción con el principio de reinserción y reeducación que debe de perseguir la privación de libertad, según nuestra Carta Magna. La única forma de mantener en la cárcel a personas incapaces de reinsertarse en la sociedad, actualmente en España, es la prisión permanente revisable. Seguramente estarán de acuerdo conmigo en que los tres supuestos que recoge la ley para su aplicación no son suficientes. Actualmente cinco personas en nuestro país se acogen a este tipo de condenadas. Todos hombres, importante aclarar. Parece ser que la semilla del mal se siente mas cómoda en cuerpos masculinos. Aunque lo podríamos llamar simplemente violencia, la que ejercen padres e hijos del patriarcado para hacer ver su valía y poder. Y aquí está el germen de todo.

Hay que poner los puntos sobre las íes y apostar claramente por la coeducación desde la infancia para formar a hombres que no violen, ni agredan a mujeres. Para que ellas no tengan que ir hondeando otras banderas que no sean la de la libertad. El machismo utiliza la violencia para resolver conflictos y a través de ello obtener poder y supremacía. La utilizan contra las mujeres para reforzar su masculinidad. ¿Qué clase de masculinidad estamos proyectando como sociedad, para que se repitan sin cesar casos como el de Laura? ¿a nadie le preocupa esto?

Feminismo y coeducación, no hay más señores. Estas son las claves para acabar con esta lacra. Mientras haya hombres como Collin Richards, asesino de la golfista española Celia Barquín, que diga que lo hizo porque quería violar y matar a una mujer, no podemos cerrar la carpeta del machismo. Estamos en clara tendencia recesionista y tenemos que estar atentos y atentas a los cantos de sirena, que desvían a los barcos. El feminismo navega entre corrientes peligrosas y una de ellas es la normalización de la violencia contra las mujeres. Está claro que hay que trabajar en la prevención, pero mientras avanzamos en este terreno y no, una vez que se produce la agresión, hay que poner el foco en quién la ejerce y las causas, no en la víctima. Porque sino el miedo será nuestro único compañero y no estamos dispuestas a pagar ese peaje.

Y estos cantos de sirena cada vez son más frecuentes y menos sutiles. Cuando los hombres dicen que a ellos también los matan, desvían la atención sobre la violencia de género y la disfrazan de accidente. Como dice Rita Segato “lo que hemos aprendido de feminicidios y escándalos sexuales anteriores, es que aunque los medios muestren la monstruosidad del agresor, ese monstruo para otros hombres resulta una figura tentadora, porque el monstruo es potente. El monstruo es un personaje depredador, rapiñador, como debe ser el sujeto masculino formateado por el mandato de masculinidad. Y lo que el hombre quiere mostrar siempre es que puede serlo, porque es su forma de mostrar que es potente”. No todos los hombres son depredadores sexuales es evidente, pero los educamos para ello. El patriarcado no deja títere con cabeza y estas son las consecuencias de mantener una estructura así como modelo de socialización. Como mujeres lo único que exigimos es poder movernos con libertad, sin miedo. No queremos escolta permanente, ni manuales preventivos para evitar violaciones y agresiones. A mi también me matan, lentamente, cada vez que mi cotidianidad dista de la de mis compañeros, de la de mi marido, de la de mi padre. Cada vez que la sombra del miedo aparece, me vuelvo a preguntar si ésta será la ultima vez.


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