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Ante el día de las migraciones

La carta del arzobispo

13 ene 2018 / 17:39 h - Actualizado: 13 ene 2018 / 17:39 h.

Queridos hermanos y hermanas: nuestra actitud ante los emigrantes y refugiados es para el papa Francisco una piedra de toque de la calidad de nuestra vida cristiana. El Santo Padre viene a decirnos que para ser fieles a Jesucristo, hemos de vivir una cercanía real y eficaz con nuestros hermanos emigrantes. A lo largo del año 2017 no ha habido semana en la que el Papa no haya tenido un mensaje claro y comprometedor sobre la situación de los diversos grupos de refugiados y emigrantes, tanto en Europa y América, como en Oriente Medio o en el Este de Asia. Todo parece indicar que va a seguir haciéndolo en el año que acabamos de comenzar. La Jornada Mundial de la Paz, que celebrábamos el día 1 de enero tenía como lema: «Migrantes y refugiados, hombres y mujeres que buscan la paz». El lema no puede ser más apropiado y verdadero: Quien sale de su país dejando dolorosamente atrás a su familia, lo hace para buscar una vida asentada en la paz y la justicia, dispuesto siempre a propiciar la paz y la justicia donde llega.

La movilidad humana es una característica de nuestro tiempo, favorecida por la globalización. El turismo, internet y los movimientos migratorios son fenómenos de nuestro tiempo permitidos por el Señor que dirige la historia humana. Como nos dice Jesús en el Evangelio, hemos de saber leer los signos de los tiempos, de la misma manera que sabemos por el viento y las nubes que la lluvia se aproxima. Los signos de los tiempos evidencian que las corrientes migratorias no son un fenómeno pasajero. Una razón evidente es la tremenda e injusta desigualdad entre el hemisferio norte y el hemisferio sur. Nada va a parar a los jóvenes que sueñan con vivir en una sociedad en creciente bienestar y progreso, cuando su tierra no tiene que ofrecerles más que miseria y violencia.

Mientras que no se subsanen las causas que fuerzan a emigrar desde los países del sur, no cesará el flujo migratorio de jóvenes que están dispuestos a saltar cualquier valla o a cruzar cualquier mar para alcanzar sus sueños. Por ello, es inaplazable la colaboración internacional, no para reforzar los controles y trasladar a los jóvenes emigrantes lejos de nuestras fronteras, como está ocurriendo, sino para destinar recursos de los países ricos y crear programas de desarrollo en los países del sur de modo que los jóvenes de aquellas latitudes puedan vivir en su propia tierra, y quien emigre lo haga tomando su decisión en condiciones de libertad.

Los datos son terribles: más de tres mil personas han muerto ahogadas en el Mediterráneo en el año 2017, y aumentaría mucho esta cifra si le sumamos los que fallecieron en el camino desde el África subsahariana hasta el Magreb, los centenares de mujeres violadas, asesinadas o condenadas por las mafias a la prostitución. De todo ello saben mucho instituciones católicas como el Servicio Jesuita de Ayuda al Migrante, o las religiosas Adoratrices u Oblatas y las consagradas de Villa Teresita. Otro tanto podrían decirnos otras asociaciones católicas y también las no confesionales, pero que tienen católicos entre sus voluntarios. A todos ellos nuestro reconocimiento más sincero.

El mensaje del Papa para la Jornada de las Migraciones de este año nos invita a que conjuguemos cuatro verbos: acoger, proteger, promover e integrar. La acogida ha de ser la primera actitud ante el inmigrante pobre. La acogida ha de ser humana y solidaria. Un cristiano, como el Buen Samaritano, no pone excusas cuando vislumbra a lo lejos a quien está al borde del camino apaleado y herido. Ha de bajarse de su cabalgadura y acercarse, curar y vendar a quien necesita ayuda y atenderle hasta que pueda valerse por sí mismo. ¿Qué clase de sociedad seríamos si abandonáramos a su propia suerte al inmigrante que viene herido, desnutrido y maltratado o lo recluyéramos en la cárcel como si fuera un delincuente?

La atención humana y cristiana al emigrante no se reduce a los cuidados de urgencia. Hemos de procurar proteger sus derechos y su desarrollo personal para que puedan aportar su talento y sus valores a nuestra sociedad. El aspecto más novedoso del mensaje del papa Francisco es el último verbo con el que diseña nuestro compromiso con el emigrante: integrar. Hasta no hace mucho, la integración se entendía como la asimilación por parte del emigrante de la cultura del país de acogida. El Papa Francisco da la vuelta a esta idea y nos dice que la integración de los emigrantes ha de significar la acogida de su propia cultura para enriquecer la cultura del país que les acoge.

En nuestras parroquias y movimientos hemos de revisar nuestra actitud con los hermanos emigrantes y cómo tratamos de integrarlos, acogiéndolos con cariño, ayudándoles y tratándoles de acuerdo con su dignidad de personas e hijos de Dios. Para todos, especialmente para nuestros inmigrantes, mi afecto fraterno y mi bendición.


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