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Expo 92

Aquello de la Expo fue la repera

21 abr 2017 / 22:47 h - Actualizado: 21 abr 2017 / 22:48 h.

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Reflexionando sobre la conmemoración del primer cuarto de siglo de la Exposición Universal de 1992 –Expo, como la llamamos en Sevilla, sin más rodeos–, se me vino a la cabeza el recuerdo de lo que fue mi primera visita a Sevilla, cuando aún vivía en Palomares del Río. Fue en 1969, el año de la muerte de la Niña de los Peines y Pepe Pinto. Vinimos los del colegio a ver la Feria de Muestras que se celebró frente a la Fábrica del Tabaco, en los jardines del Casino de la Exposición, creo que en un microbús que tenía don Amadeo, el párroco del pueblo y de Mairena del Aljarafe.

Aquello fue toda una experiencia, porque en Palomares no sucedía nunca nada extraordinario y su feria era lo menos que se despachaba en festejos populares: cuatro bombillas en la calle Iglesia, un puesto de turrón frente a la panadería y el clásico fotógrafo que te sentaba en una vespita o una bicicleta, con un botellín en la mano y un zócalo nada cuidado como decorado, o sea, al natural, con sus desconchados y todo. Tampoco es que tuvieran mucho sentido de la estética aquellos fotógrafos de las ferias, salvo los que iban a la de Coria del Río, que llevaban caballitos de cartón y sombreros de vaqueros.

Algunos años ponían en la Feria de Palomares unas cunitas de barcas en la Plazoleta y una cucaña, nada más. Así que cuando llegamos a la Feria de Muestras de Sevilla nos pareció que estábamos en otro planeta, con puestos por todas partes, dulces, chocolate, refrescos, banderines y gorras de diferentes países, animadores y gente rara en general. Quiero decir exóticas. Recuerdo que tropecé con un chino de China y, como no había visto jamás a ninguno, salvo en las películas, me puse tan nervioso que no paraba de decirle que dejara de mirarme.

La Expo me cogió ya viviendo en Sevilla, concretamente en Nueva Sevilla, una barriada de Castilleja de la Cuesta. Se puede decir que la veía desde casa, sobre todo de noche, cuando bajaba a sacar al perro y veía aquel inmenso haz de luz que salía de la isla de la Cartuja envuelto en músicas de todo tipo. Y no sé todavía por qué, me interesó muy poco este evento tan rodeado de polémicas que, sin embargo, cambió Sevilla por completo, una ciudad que vivía de espaldas al río y que no supo lo largo que era hasta que no derribaron el muro de la calle Torneo.

No recuerdo que fuera alguna vez a la Expo por el puro placer de disfrutar, a lo mejor porque no tenía ni un duro. Influiría también que me dejé llevar por quienes estaban en contra de que se celebraran los quinientos años del Descubrimiento de América, aunque no tuviera entonces mucha información sobre aquello. Siempre que fui a la Expo fue para cubrir algún concierto de flamenco, de los pocos que hubo que me interesaran. Pero lo cierto es que el primer día que fui me pareció algo fantástico y me recordó mucho a la experiencia narrada al inicio del artículo. Fue como viajar sin moverse de Sevilla, algo así.

Que Sevilla fuera capaz de organizar la Muestra Universal y de hacerlo con tanto éxito, teniendo en contra a tanta gente dentro y fuera de casa, me pareció algo admirable. Fue como si le dijéramos al mundo entero, vengan y tomen nota de lo que somos capaces de hacer en la tierra donde, según algunos viajeros románticos, solo sabemos torear, cantar, bailar y dormir la mona. Fijaos en lo que hemos montado aquí, toda una segunda ciudad dedicada a la historia de los pueblos y su cultura. Nosotros, que además llevamos siglo y medio creando cada año otra ciudad, aunque efímera, como es la Feria de Abril, solo para beber, comer y bailar durante una semana.

Pero la Expo se acabó y nos quedó ahí la Isla de la Cartuja, que aunque parezca que es como una segunda ciudad, moderna, cómoda y llena de vida social, no es ni mucho menos eso ni nada que se le parezca; te pierdes de noche y te echas a llorar hasta por la mañana, sobre todo si te has quedado sin tabaco o pinchas una rueda. Entonces, te cortas las venas directamente o llamas a Indiana Jones, porque hasta hace poco tiempo había taxistas de Sevilla que te interrogaban antes de llevarte o sacarte del islote fluvial.

No se me olvidará una noche de hace años en la que salí de la Plaza de Toros de la Maestranza de asistir a un concierto de la Bienal y como tenía que hacer la crítica esa misma noche puse el coche a cien. Cuando me acerqué a la Cartuja no había manera de llegar a la redacción del periódico, que estaba ya cerrando la edición. La Cartuja era un fortín en el que no podían entrar ni los gorriones a dormir, y el móvil no paraba de sonar. «Manué, ¿dónde andas, que cerramos?» Y yo pensando en la que me iban a dar los povedistas al día siguiente, como así fue, porque entre que no me gustó su espectáculo y que llegué al periódico encabronado, le di leña para un año y todavía dura el humo.

Es verdad que hay ya bastante actividad empresarial, que genera vida económica y, por tanto, puestos de trabajo. De vida social, nada, sobre todo de noche. Cultural, menos. La Cartuja es como un polígono empresarial que aspira a ser ciudad, pero que todavía no lo es, entre otras cosas porque no fue diseñada urbanísticamente para eso, y tiene que ver con el espíritu de Sevilla como la Torre Pelli con la Giralda.

Es curioso que, después de veinticinco años, todavía decimos los sevillanos vamos a la Expo, quedamos en la Expo o estoy en la Expo. Y es que aquello fue la repera. La Expo, quiero decir, que parece que fue ayer y nos ha hecho un poco más viejos a todos los que pudimos vivir aquellos meses históricos para Sevilla, aunque algunos estuvieran en contra y hasta echen hoy de menos el muro de la calle Torneo, que manda narices.

¿Por qué no vamos a celebrar los veinticinco años de la Expo? Por supuesto que sí. Cuando acabemos, exijamos que la Isla de la Cartuja sea algo más urbana, con más pellizco y algún que otro estanco. No sé, a lo mejor habría que plantearse que pasaran por allí algunas procesiones de tirón. Es solo una idea, ¿eh?


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