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Aquellos peines de Pastora

Manuel Bohórquez @BohorquezCas /
10 feb 2019 / 09:03 h - Actualizado: 10 feb 2019 / 09:04 h.
  • Aquellos peines de Pastora

Tal día como hoy, de 1890, nació en Sevilla Pastora María de la Santa Trinidad Pavón Cruz, conocida en el mundo entero por el remoquete artístico de La Niña de los Peines por unos tangos que cantaba de niña y que aprendió de un vendedor de peines en la Alameda de Hércules, que era natural de la localidad sevillana de Pilas. Curiosamente, nunca llevó a un disco esos tangos. De esta copla hay dos versiones, esta es una:

Péinate tú con mis peines,

que mis peines son de canela.

La gachí que con mis peines se peinare,

canela fina se lleva.

Y esta es otra:

Péinate tú con mis peines,

que mis peines son de azúcar.

La gachí que con mis peines se peina,

hasta los dedos se chupa.

Queda la duda de si eran peines de peinar o unos dulces en forma de peines, de caramelo, que eran muy populares a principios del siglo XX en Sevilla. Lo cierto es que cantaba los tanguillos en la calle y que formaba un lío tremendo.

Pastora se hizo artista por necesidad. Sus padres eran gitanos –ella de Arahal y él de El Viso del Alcor, primos hermanos–, y aunque su progenitor, El Paíti, era un gitano herrero muy cotizado, un gran machacador, por su fortaleza, en la casa había más penas que alegrías. Para colmo, el cabeza de familia se partió la espalda haciendo un puente en Mérida y tuvo que dejar de trabajar. Fu el momento que aprovechó Pastora la de Calilo, la madre de la artista, para meter en el cante al primogénito, Arturo, pero como tuvo pronto problemas de voz y, además, bebía más de la cuenta, una tarde no pudo actuar donde estaba contratado, en una caseta de la Feria de Sevilla, y para no perder el dinero llevó a Pastorita, con solo 8 años, y ahí empezó a dar que hablar en toda Sevilla.

¿Cómo cantaría la niña en aquellos años, a finales del XIX? Mejor que Rosalía, seguro, al menos el cante jondo. Lo digo porque hay una especie de manía nacional de comparar un fenómeno con otro. Es decir, de comparar a la cantante catalana con la cantaora del sevillano barrio de la Puerta Osario, en concreto de la calle Butrón. Según me contó un a tarde su cuñada Eloísa Albéniz, madre del pianista Arturo Pavón, Pastora fue una niño prodigio del cante que aprendió en su propia casa escuchando a su padre, su madre, su hermano mayor y el resto de su familia. Y, lógicamente, de lo que pudo escuchar en fiestas y en la calle. Le gustaban las cupletistas o canzonetistas de la época, a las que imitaba desde niña. Y metía los cuplés por bulerías, siendo la primera en hacerlo.

Pocos saben que estuvo a punto de abandonar el cante flamenco para, primero, ser bailaora, y luego para cantar como La Chelito. Pero afortunadamente no lo hizo y con 20 años era ya la reina del cante jondo. Antes de serlo fue una niña explotada por su familia, aunque entonces no se considerara explotación sino buscarse la vida. Pastora trabajó hasta en circos ambulantes siendo una niña de nueve o diez años. Cantaba un primer pase, dormía una hora en un carro y otra vez a cantar. Y así comía la familia, gracias a los que ganaba la niña prodigio del cante gitano.

No hay que extrañarse de que en una entrevista que le hizo Josefina Carabias en el inicio de los años treinta, confesara que estaba agotada y que lo que quería era quedarse en su casa con su marido, Pepe Pinto, y su hija Tolita, quien regentó un despacho de Lotería en la Campana, que aún existe y que lo lleva ahora uno de sus hijos, Pepe. La artista llevaba cantando toda su vida y echaba de menos la casa, sus visitas al Gran Poder y a la Macarena o estar en el campo, algo que le gustó siempre mucho. Hasta el punto de que compraron una casa en el pueblo sevillano de Gerena, por estar cerca de los olivos.

A los casi cincuenta años de su muerte, Pastora está tan viva como cuando recorría España varias veces cada año llenando teatros y cafés. Es un caso único en la historia del flamenco, porque jamás cayó en el olvido y sigue estando en el repertorio de los artistas actuales, lo mismo en el de mujeres como Mayte Martín que de hombres como Israel Fernández o Arcángel.

Pastora habría cumplido hoy 129 años. Si viviera y tuviera fuerzas y voz para cantar, sería aceptada y adorada, porque su cante no es de ninguna época concreta. Formó una revolución en la primera década del pasado siglo, continuó en los años veinte, treinta y cuarenta, hasta que su marido la retiró porque montaron una obra en la que invirtieron gran parte de sus ahorros, España y su cantaora (1949), es decir, hace setenta años, y lo perdieron casi todo. Tanto ella como Pepe entendieron que había llegado la hora de irse de los escenarios porque los gustos del público habían cambiado en una España que vivió una guerra y una posguerra muy duras. “El público ya no entiende mi cante”, dijo.

Creo que no llevaba razón la genial artista. El público siempre entendió su cante, aunque los gustos cambian y esos cambios afectan a los artistas de todos los géneros. La pintura ha cambiado, pero Velázquez y Murillo siguen siendo dos genios que interesan. Pastora sigue interesando, sigue viva, su obra no para de dar nuevas voces y, sobre todo, de emocionar. Hoy era un buen día para recordarla. Feliz cumpleaños, emperadora del cante.


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