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Aún no huele a azahar

La primera mitad del mes de marzo todavía no ha dejado entrar a la primavera en Sevilla

14 mar 2018 / 22:34 h - Actualizado: 14 mar 2018 / 23:40 h.
  • Jesús Barrera
    Jesús Barrera

Sevilla, hoy es quince de marzo y aún no huele a azahar. Estás techada, pesa el cielo, que quiere apurar hasta el último día. Para entonces vas a estar guapa. Ahora, estás llorando toda la espera para depurar los nervios. Pero estarás bonita, sin duda, para los buenos momentos.

Estarás lista y entonarás esa canción de primavera que tanto nos gusta. Aromas intensos a azahar esperan escondidos en algún lugar. Se ha ocultado el sol porque brillará, fuerte, rotundo. Infinitamente redondo. O eso esperamos. Febrero dejó un oscuro coleo que marzo está prolongando.

El azul, los sevillanos buscan el azul claro más hermoso. Ése que acostumbramos a mirar bien alto, de fondo, protagonista de las fotos que soñamos tomar en algún punto de este mes. En ese momento exacto que anhelamos desde lo más profundo del corazón. Y de las ganas.

Se espera el sol, el cielo azul, el suave frío nocturno ahogado en el amanecer. El horizonte, ese escenario etéreo, se percibe difuso, quiere acercarse y no puede. Es testigo eterno de lo que sucede entre la belleza y el desorden más cuerdo, que caracteriza la ciudad que amamos.

Muy pronto debe pasar lo inevitable. Tiene que asumir nuestro cuerpo que se encuentra en manos del destino, y que el ciclo se repite. Llueve más que nunca en el camino. Y aun así disfrutamos. Cuando los pájaros vuelan bajo, y el viento sopla de costado, se tiñe Sevilla de gris para disimular su hermosura. Pero no consigue hacerlo.

Difícil intento. Subyacen las ganas de saborear las mañanas de blanco, las tardes de incienso, las noches de rebeca, bordillo y de camino largo, de nuevo. Se barruntan luces de cera, los sueños más despiertos, la música más dulce en los oídos. Se vislumbra el suave compás costalero recitando a viva voz el amor más sincero. Despacio llega el momento.

Sevilla retrasa su primavera como la miel en los labios, el azúcar en el cuerpo. El viento rompe el silencio que aclama el sevillano. Siguen retumbando las ventanas y no los tambores. Se respira tierra mojada cuando debe ser el turno de la flor del naranjo.

Cuando vuelva a brillar la luz natural por su presencia, el azahar será más intenso, porque aún no ha logrado apropiarse de marzo. Demasiado tiempo al amparo de un paraguas y no del sol, que hace más blanco el destello que nos evoca el Domingo de Ramos. Aún es pronto para saber qué deparará este año lo nuestro. Se echa de más el presentimiento y las sensaciones se echan de menos.

Lo que sucede en esta ciudad, de las formas y las ideas, es que se vive con esperanza la espera. En vísperas de la fecha mayúscula, el color suele levantar la cabeza y asomarse a cada rincón para remarcar su belleza innata. Y se ajusta el reloj. Se recompone el paso del tiempo, se organizan los días para que ocurra lo previsto.

Se suben al trono las reinas. Se funden de amor las velas. Asegura el metal que está listo. Los hombres de abajo acaban de preparar sus piernas, sus hombros, sus piernas. Aun así, el agua se empeña en empañar estos días de víspera de la gloria, el bullicio y las costumbres. Ya no queda nada, mas que Sevilla se quite el sombrero.


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