sábado, 25 noviembre 2017
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Pareja de escoltas

Azulejos

10 nov 2017 / 23:40 h - Actualizado: 10 nov 2017 / 23:40 h.

En estos días de noviembre la ciudad es como una mujer madura, serena, acogedora y esplendente. Puede que no arrebate como en la juventud de ese abril que nos vuelve inquietos cuando no sabemos en dónde posar los ojos; pero tampoco es ya esa vieja quejumbrosa y malhumorada del estío a la que todo molesta y a todos incomoda. Ahora, se deja pasear y nos permite levantar los ojos sin herirnos. Nunca está más dueña de sí. Descubrimos sus azules de acuarela, sus tonos anaranjados, sus grises perfectos... Al caminar, el paso se demora y templa, mientras ella parece olvidar sus eternos recelos. Miramos sus fachadas de arriba abajo como joyas que hubieran permanecido ocultas a la vista de la mayoría durante demasiados meses. Y allí, encontramos azulejos que nos hablan de tantas devociones particulares. No me refiero ahora a esos retablos consagrados que hay en San Lorenzo, en el Altozano, al lado de la muralla macarena o en la calle San Jacinto. Tampoco a aquellos que las hermandades colocan en sus templos como tornos de farmacias para el espíritu y que permiten a deshora oraciones o cruces en el pecho. Digo los que veo en un cuarto piso por San Juan de la Palma, en un alto principal de la calle Castilla, en los chalecitos de Nervión, en Alcosa, en San Bernardo, en la calle Gerona, en Vázquez de Leca, en las blancas casas del Barrio León... Calidades diversas y presentaciones dispares, sí, pero ventanas abiertas al corazón de sus moradores.


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