lunes, 18 junio 2018
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Botón de ancla

13 mar 2018 / 21:24 h - Actualizado: 14 mar 2018 / 09:24 h.

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Uno de mis hitos cuaresmales irrenunciables es el regreso de la Esperanza de Triana a su capilla tras el septenario. Me puede aún la nostalgia de aquellos retornos recién terminada la Función, cuando la alegre liturgia de ese domingo invertía el cauce cóncavo de su calle Pureza en la bóveda luminosa de un arco triunfal bajo el que Ella caminaba despacito, impregnando de su brisa de ola y de piropo el espíritu festivo de los trianeros. La aparición de los ciriales por la ojiva de Vázquez de Leca y el arranque de la marcha de Albero para su coronación dejaba las cervezas a la mitad y las cuentas sin vuelta en el Bistec. Pasaba la Reina, la Capitana Clemente, la Dulcísima Esperanza. Ya nos hemos acostumbrado a vivirlo al día siguiente, en esa noche que el lunes volvió a cumplirse como si las campanas de Santa Ana hubieran dado el primer toque de la misa de Ramos. La sangre, el barrio, sus ojos, lo que sus hermanos me han dado, su impacto permanente en el lado más gozoso de mi alma me martillean constantemente. Pero en ese corto trayecto se me convierten hasta en una razón de vida. Esa noche es mi noche con Ella, más incluso que la misma Madrugada. Si hasta me niego a creer que vaya sin nazarenos, sin velas rizás, sin la red marinera de arrastre de su manto, sin el palio que mejor representa la piedra abierta del sepulcro. Es que en el cimbreo de sus andas llevadas a hombros ya se alzan como un presentimiento los varales, con su sonoridad cristalina de marea y de plata batiéndose contra el malecón rompiente del largo fleco de mantón de las caídas. Será por el barlovento animoso de sus marchas. Las yemas de nuestros dedos casi sienten acariciar el áncora de su nombre en el hilo bordado de las túnicas, en los ojales de los uniformes, botón de ancla. Y cuando alcanza la segura patria de su templo se puede considerar inaugurado este tiempo de inminencias al que ya le empezamos a pedir que no corra, que ya vaya despacio. ¿Qué tiene la Esperanza? Fijaos en Juanma su capataz –así era también Basterra– con la gravedad del terno negro hecho gesto en sus maneras, vaya tío serio, pero serio... y cómo sin embargo de su mano al llamador, a las trabajaderas, a las bambalinas, todo se transfigura en el infinito júbilo alborozado que caracteriza sus andares, ese que Ella pide porque su belleza todo lo transforma. Dejad que me pierda en su desatada floristería, en el horror vacui de cera del interior de su paso... en el cénit de su primavera. Porque la primavera es su mejor prioste y el lunes la vi queriendo romper las nubes para regresar anticipadamente y empezar a subir a la Virgen a su paso. Que ya ha vuelto del septenario y en su Casa la víspera es Semana Santa comenzada.


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