domingo, 21 octubre 2018
23:41
, última actualización

Cabo Carvoeiro

12 ago 2018 / 22:00 h - Actualizado: 12 ago 2018 / 22:01 h.

La verdad es que el día que conocí a Patricia fue muy especial. Nada que ver con aquella Patricia exigente e inquisidora que me juzgaba últimamente en cada conversación. Me la presentaron en aquel local underground en el que acabé aquella noche, no sé ni cómo. Lo cierto es que en aquel lugar se respiraba una atmósfera muy distinta a todos los locales de copas de la zona. Era como un submundo clandestino, como si la puesta en escena quisiera representar fielmente el significado de la propia palabra. Incluso en una esquina, en la oscuridad del sitio, charlaban tres negros de una manera disimulada, como si estuvieran planeando como llegar a la próxima estación del ferrocarril subterráneo, aquel ferrocarril imaginario que tanto ayudó en el siglo XIX para que el movimiento abolicionista tuviera éxito. Un éxito acorde con la vida, con la propia esencia del ser humano.

Estaba solo, apoyado en la barra, admirando quedamente la belleza de la botella de Jacks Daniels, la cual, un instante antes, la chica que me sirvió la copa había situado en su lugar de la estantería con el esmero que se merece esa botella. No existe una botella con más glamour que la de Jacks Daniels. Me fascina dejar unos segundos ese licor sobre mi lengua para que todas sus papilas, a modo de coro, sin fisuras, envíen al cerebro ese mensaje placentero inenarrable. En esas circunstancias conocí a Patricia. Alguien me la presentó, no recuerdo quién. Solo sé que un par de horas después estábamos en mi apartamento compartiendo pasión, sudor y de vez en cuando alguna que otra palabra.

–Escucha Patricia, sinceramente, he tenido un mal día. No me toques más las narices por favor.

–Solo intento ayudarte, servirte de apoyo. Quiero que salgas de ese estado depresivo en el que vegetas día tras día.

–¿Te he pedido yo acaso ayuda para salir de algún sitio?

–Eso es lo verdaderamente preocupante, que tú no te das cuenta. Esa obsesión tuya te volverá loco, como a tu padre.

–¡Deja a mi padre en paz, joder! ¡No te permito que hables así de él!

–Lo siento, lo siento sinceramente. Perdóname.

Patricia colgó el teléfono y yo me quedé boca arriba en la cama, mirando fijamente a una araña que caminaba por el techo. En ese momento me sentí un bicho raro. No pude evitar acordarme de Gregor Samsa. Quizá yo también estaba sufriendo una extraña metamorfosis sin saberlo. Me vi de repente reflejado en aquel insecto, tejiendo una absurda telaraña sin sentido en la que yo mismo había quedado atrapado. Realmente Patricia quería ayudarme, lo sé, pero aquello que me martirizaba desde mi juventud era una cruz demasiado personal como para que alguien pudiera ayudarme a sobrellevarla. Era algo que me obsesionaba, que me robaba literalmente el sueño en muchas de esas noches, cuando la glamurosa botella no tenía nada más que ofrecerme.

Recuerdo perfectamente aquel día en que compartí con ella lo más íntimo de mis pensamientos, de mis recuerdos. No puedo olvidar su interés, su rostro lívido y aquellas lágrimas sinceras, profundas, que brotaban como pequeñas perlas de nácar de sus intensos ojos verdes. Aquella brutal historia que destrozó la vida de un niño, mi padre. Jamás he podido quitarme de la cabeza aquello y me atormenta cada vez más, sobre todo en esos días en que alguna de esas alimañas escondidas, alguno de esos mensajeros del odio, aparece y me espeta con lenguaje acerado que aquello fue justo y que España lo necesitaba. ¿Qué necesitaba España? ¿Dejar a un niño en medio de aquel muelle, solo, aterrorizado, mientras veía como arrastraban a su padre al interior de aquel infierno que flotaba en el Guadalquivir?

Aquella imagen que mi mente fue construyendo durante años cada día se perfeccionaba más. Era más clara, con más detalles. Supongo que iba adoptando dosis de realismo de forma proporcional a la evolución de mi conciencia. Aquella imagen de mi abuelo, un hombre sencillamente bueno, siendo arrastrado, represaliado, acusado de actos que nunca cometió e introducido en aquel barco de la muerte. Nadie conoce bien ese sufrimiento, nadie, salvo quien lo ha experimentado. Lloro de impotencia solo de pensar en mi padre, en ese niño que iba de la mano del suyo, sintiéndose protegido a su lado, y que la locura más repugnante lo arrancó brutalmente de su vida para siempre.

Cuando fue perdiendo la cordura, con el paso de los años, movía su cabeza de un lado a otro, sentado en aquel sillón que todavía he sido incapaz de retirar de su ubicación. Y repetía una y otra vez la frase que mi abuelo le gritó mientras, entre las risas de sus verdugos, era separado de él para siempre.

–Ve a casa hijo, más tarde iré yo, te lo prometo. Espérame allí.

Mi padre corrió, presa del pánico. Sus lágrimas le nublaban la visión. Volaba sobre las calles como si la vida le fuera en ello. Realmente era así. Cuando llegó a casa y su madre vio su rostro leyó en él la tragedia. No hizo falta nada más, no le hizo falta preguntarle. Hacía días que un terror monstruoso campaba a sus anchas por la ciudad de Sevilla. Sus gentes salían a la calle marcadas por aquella extraña sensación que cayó sobre ellos como un manto de crueldad, una crueldad sin sentido y sin motivo aparente. Salían a la calle mirando hacia el suelo, porque en cualquier simple cruce de miradas podían encontrar su fin. Aquel día murió el alma de mi pobre abuela, la cual sólo al principio sobrevivió, movida por un halo de esperanza. Una esperanza que albergaba cada día, cuando acudía al Muelle de la Sal para llevar a mi abuelo algo de comida, la cual entregaba a sus verdugos justo en la entrada a aquel barco. Hasta aquel día en que le dijeron que ya no volviera más, que no hacía falta. Y el barco se marchó río abajo. Cabo Carvoeiro se llamaba.


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