miércoles, 14 noviembre 2018
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La vida del revés

Camareros de toda la vida y recuerdos de niñez

Quedan pocos camareros de los buenos de verdad, de esos que te hacen sentir en casa aunque estés en el bar más retirado del mundo. Y cuando me encuentro con uno de ellos disfruto mucho recordando mi niñez

15 abr 2018 / 22:01 h - Actualizado: 15 abr 2018 / 22:00 h.

Los recuerdos de niñez son pintorescos, sorprendentes y, muchas veces, inexplicables. Algunas de esas imágenes que vienen a la cabeza después de pasar decenas de años están dentro de una lógica comprensible. El padre, aún joven, interpretando un papel estelar; los hermanos riendo después de hacer una trastada; la mascota el día que llegó a casa para quedarse... Pero otras imágenes son difíciles de explicar. ¿Por qué recuerdo algo tan extraño como es aquella chica que trabajó en la panadería durante un par de meses y que no he vuelto a ver jamás? ¿Por qué relacionar una imagen con la niñez? Porque, a veces, la cosa funciona al revés. No recordamos algo concreto que sucedió. Lo que hacemos es pensar en una imagen que nos arrastra hasta esos años. Sin remedio.

A mí, esto último me pasa con los camareros. Sí, ya sé que es extraño, pero me sucede. Si quiero recordar sensaciones, escuchar sonidos casi olvidados o recordar el sabor del refresco junto a las patatas fritas (colocadas en un plato pequeño con una servilleta de papel debajo) mientras pisaba la tierra debajo de la silla que estaba húmeda porque alguien había regado para que los clientes pudieran sentir algo de fresco los días de verano (que en Toledo y Madrid son un verdadero infierno y son las ciudades en las que me he criado); pues si quiero recordar todo eso o cualquier otra cosa, decía, pienso en los camareros de aquella época. Siempre se acordaban de ti, siempre sabían lo que habías pedido la vez anterior, bromeaban o te echaban la bronca como si fueran uno más de la familia. Les llamabas por su nombre y ellos hacían lo mismo contigo. Te preguntaban por la novia teniendo cuatro o cinco años y lo seguían haciendo hasta que te casabas. Una caña de cerveza tirada por uno de esos camareros de toda la vida era otra cosa. Todo, con ellos detrás de la barra, era otra cosa.

Quedan pocos camareros de los buenos de verdad, de esos que te hacen sentir en casa aunque estés en el bar más retirado del mundo. Y cuando me encuentro con uno de ellos disfruto mucho recordando mi niñez. Me siguen pareciendo lo mejor.

Hace unos días, le pregunté a uno de esos buenos profesionales cuántos años llevaba ejerciendo la profesión. Muchos, me dijo. Tendría que pensarlo. Lo que te puedo decir es que estoy muy orgulloso de lo que soy y de lo que hago. Pero muy orgulloso.

No me extraña que sienta eso porque es un excelente camarero. Con un punto castizo y muy de tasca que le convierte en ese camarero que los de mi generación tenemos en la cabeza como de toda la vida. Y si se pone algo más finolis pierde un punto de gracia.

Además de todo esto, me parece admirable todo aquel que hace su trabajo con cuidado, con cariño, sabiendo que eso que hace y que parece irrelevante puede ser muy importante para los otros. ¿No es una maravilla tomar un café y sentirse arropado cualquier día del año y pase lo que pase? Eso es lo que hacen los buenos camareros. Poner un refresco lo puede hacer cualquiera. De hecho, es lo que suele pasar de un tiempo a esta parte. Pero hacer que te sientas en casa cuando estás en un bar rodeado de extraños tiene su complicación.

Todo esto me hace pensar en mis hijos. Ya son mayores. Pero hace nada eran muy pequeños. Me pregunto si eso que hacían cuando les recuerdo jugando en la habitación o en el parque, ahora formará parte de su recuerdo, de esas primeras imágenes que nos llegan como fracciones de segundo y llenan una niñez entera. Nos vemos recogiendo un juguete en el parque para poder contarnos lo que fueron nuestros primeros cinco o seis años. Al menos eso creemos. Rellenamos un espacio inmenso tan rápido como nos vemos luciendo trenzas o en pantalones cortos. Un muelle que nos arrastra de un lado a otro de la realidad con violencia.

Al fin y al cabo nuestro pasado se reduce a eso, a un puñado de imágenes que nos contamos como buenamente podemos, a veces distorsionadas por voluntad propia, otras deformadas y convertidas en experiencia mentirosa que nos permite seguir adelante, algunas intensas y verdaderas y dolorosas porque ya no pueden ser más que recuerdos.

Espero que mis hijos no tengan que jugar al escondite con su pasado, que su primer recuerdo sea su propia experiencia y no el que inventamos los padres contando mil y una historias en las que ellos aparecen como protagonistas felices. Espero que ellos tengan un camarero de los de toda la vida en la cabeza para poder pensar en lo que representa y puedan pensar en su niñez con naturalidad, con alegría.

En fin, todo esto quería ser un homenaje a todos los que hacen bien su trabajo y colaboran a que este mundo sea un poco mejor. Solo quería que fuera eso. Pero me he liado. Como de costumbre. ¿Me sabrán perdonar?


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