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Sucesos de la Madrugá 2017

Castigo, sí

Hay que reclamar medidas. Los delincuentes no quieren y no tienen remedio

16 abr 2017 / 01:13 h - Actualizado: 16 abr 2017 / 01:15 h.
  • Castigo, sí

Vamos a reconocerlo. Nuestra estructura es tan frágil que apenas basta un puñado de canallas con ganas de dar guerra. Y todo se convierte en lágrima. Como el sistema es endeble, la crisis de valores latente, y la falta de educación luce corona de reina, hemos diseñado una convivencia en la que se aceptan unas normas del juego que no tienen en cuenta el auténtico núcleo de las cosas. En el caso de la Semana Santa es la fe. Hemos abierto las cancelas a todos los actores sin tener en cuenta el guion verdadero, el que explica la historia cierta y su finalidad, el meollo. Al tiempo, hemos logrado que las fuerzas del orden público choquen a menudo con el muro de una justicia lenta, pesada, torpe. Hacen lo que pueden, detienen y defienden, restauran y trabajan para ayudar a los ciudadanos. Pero, al final, los desalmados entran por la puerta de su señoría y se ríen en la cara de las leyes para salir por la otra puerta a los diez minutos, a delinquir.

Los conocemos con el sobrenombre de niñatos y zanjamos el asunto con el titular de vandalismo, de delincuencia callejera de baja intensidad. Y técnicamente será así. Pero en la vida real, para los ciudadanos de a pie, son unos hijos de mala madre que revientan ilusiones mientras idolatran sus visitas en el infierno de las redes sociales, unos animales que nos hacen correr y llorar, asustarnos y elevar nuestra presión arterial. Rompen a pedazos nuestras horas más hermosas e inyectan en el cuerpo de nuestros pequeños el temor y la duda. En muchos casos, para siempre. Nos lesionan por dentro y por fuera. Dejemos ya de hablar del daño a la imagen de la ciudad, que es cierto que se le hiere. Pero pensemos primero en las personas. Hay que reclamar medidas. En castellano, castigos. Ellos –los delincuentes– no quieren y en muchos casos no tienen remedio. Sólo el castigo y el ejemplo, la defensa de las personas buenas, puede servir para proyectar una posible solución que debe pasar por la presión de las fuerzas del orden, una mejor explicación de lo que Sevilla celebra –de verdad– y una compacta actuación de las personas de bien que asisten a la fiesta.

Es duro incluso escribirlo. Pero, ahí están los antecedentes, a medida que aumenta el número de policías desciende el número de delitos. A más autoridad en las calles cuando celebramos las grandes fiestas, menos valentía de los canallas. Hagamos un bloque compacto contra la Semana Santa como fiesta universal susceptible de mera convivencia de música y alcohol, de aglomeración humana para echar unas risas. No es eso. No lo fue y no debe serlo. La Semana Santa es, sobre todas las cosas, lo que es. Y mucho me temo que necesitamos más policías para vivirla en paz. Apretemos a las autoridades para que no permitan tanto espacio de acción a los mal nacidos.


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