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Alguien tenía que decirlo

Come on baby light my fire

07 ago 2016 / 20:05 h - Actualizado: 07 ago 2016 / 20:27 h.

Hace sólo unas semanas, el sevillista disfrutaba de una nueva exhibición de casta y fútbol de su equipo, en el triunfo de Basilea e incluso en la derrota de Madrid; discutía por enésima vez con el de al lado si Emery era cagoncete o no, si debía haber hecho tal o cual cambio para mejor suerte en el Calderón; presumía del talento inigualable de Banega; se emocionaba viendo al ídolo Reyes levantar la quinta Europa League; vitoreaba a Gameiro, el crack, a Krychowiak, el impenetrable guardián, y a Coke, el gran héroe ante el Liverpool. Sí, hace tan sólo unas semanas.

Dos meses y medio después, el Sevilla está en otro mundo y parece que han pasado siglos, no semanas. Afronta otras dos finales con una muda de piel estratosférica. Emery marchó a París llevándose de la mano a Krychowiak y dejando su sitio a Sampaoli. Los capitanes Reyes y Coke han cambiado el blanco y rojo por el azul y blanco. Banega llena sus bolsillos en Milán y Gameiro busca más gloria todavía, dice, en el mejor Atlético de la historia. Hasta el Ramón Sánchez-Pizjuán ha cambiado de look por completo. ¿Dos meses y medio o 10 años? Porque a Monchi le ha dado tiempo a dimitir, cabrearse, serenarse, vender, comprar y volver a ilusionarse; más que nunca aseguran.

El caso es que al Sevilla parece aburrirle la tranquilidad y el espíritu conservador. Nunca rehusó las aventuras, la verdad. No se ha cansado de ganar, de hecho quiere seguir dando guerra, pero en verdad esto va de dar un paso más tras llevar una década dejando con la boca abierta al personal. A tomar por saco la columna vertebral del último gran proyecto exitoso; al cuerno con el estilo de juego adoptado en los últimos 25 años –con matices esporádicos–; al diablo con simplemente aguantar a rueda de los favoritos en el último puerto de montaña. Esto va de atacar a lo grande, en la primera rampa de la etapa reina del Tour. Y que sea lo que Dios quiera.

Y es que Monchi ha barrido de un manotazo la mesa donde diseñaba y tramaba su próxima emboscada a los poderosos, su siguiente gran exhibición en el campo de batalla. Con Sampaoli susurrándole al oído, el de San Fernando va colocando jugones sobre el tapete, de esos futbolistas que gustan a los amantes del jogo bonito, y al mando todos de un entusiasta del fútbol ofensivo, con engatusadora verborrea argentina y al que se le han colmado todos sus deseos, uno por uno. Arriesgado. Tela. El Sevilla se ha entregado al estilo Sampaoli. No es una simple apuesta, es un all in en toda regla. Y es que si se apuesta, se apuesta de verdad, qué diablos...

El cierto miedo que se percibe en parte de la afición sevillista es hasta normal. El temor a lo desconocido es inherente al ser humano y más que comprensible en una parroquia que ha tocado la gloria desde el otro extremo del libro de estilo. El fútbol (profesional) es ganar, lo demás es totalmente secundario. Pero el Sevilla ha ganado mucho durante esta última década, así que tiene derecho a jugársela, a atacar en el primer puerto de montaña, a la antigua usanza, en busca de la épica. Vamos, que en Nervión se lo pueden permitir. Se trata de ganar divirtiendo tras años de divertir ganando. Si algo es seguro es que el nuevo Sevilla no dejará indiferente a nadie. Así que, tanto para los hinchas eufóricos como para los que les gusta anticipar el drama, lo mejor es tranquilizarse, sentarse a ver la función acomodado entre los títulos, esbozando una sonrisa, con una copa en la mano y escuchando bien alto el «Light my fire» de The Doors. Porque sí, en el fondo casi todo el mundo quiere ponerse cachondo con este loco plan del Sevilla...


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