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Excelencia Literaria

Cometas

20 dic 2017 / 10:58 h - Actualizado: 20 dic 2017 / 11:00 h.
  • Cometas

Las ruedas de la silla traqueteaban sobre el camino del parque, contrastando con los jadeos de Carmen. Las gotas de sudor se acumulaban en su frente mientras empujaba a su hermano colina arriba, entre salpicaduras juguetonas de mariposas y enjambres de niños que corrían alrededor de los estanques. A pesar de que Pedro disfrutaba de esos paseos mucho más que ella, Carmen no se enfadaba, porque arriba iba a gozar de espléndidas vistas con el chico que más le importaba.

Cuando consiguieron llegar a la cima, se sintieron los reyes del mundo. Abajo, un brillante lago les lanzaba destellos como invitaciones para que se bañaran, y la arboleda se les antojaba el mejor lugar para relajarse. Las familias comían apaciblemente sobre sus mantas o las mesas de madera, y un grupo de adolescentes parecían jugar a una yincana por el pequeño valle.

—¿Has visto esas cometas? —le preguntó Pedro.

Dos puntos de colores se suspendían contra el viento, como salmones a contracorriente. A pesar de que no llevaba las lentillas, Carmen distinguió los lazos de las colas.

—Sí, son muy bonitas—dijo sin demasiado interés.

—Nosotros también somos cometas—prosiguió su hermano, con la mirada fija en el cielo.

Cuando ella tenía tres años, un despiste de sus padres provocó que cruzara la calle imprudentemente. Como era tan pequeña y el semáforo estaba en rojo, un coche que venía a todo gas no se detuvo, pero Pedro se lanzó y la salvó, sacrificando sus piernas.

—Explícate—de repente se sintió atraída por la metáfora.s

—Las cometas son libres; corretean por el inmenso cielo, pero siempre tienen a alguien que evita que se escapen a merced del viento. Nosotros somos cometas, y dependemos mutuamente uno del otro.

Carmen le dejó que siguiera contando su extraña teoría:

—Tú dependes de mí porque, si no me hubiera arrojado sobre la carretera, tú estarías muerta.

Carmen se sintió un poco intranquila; no le gustaba que le recordasen que había estado al borde de la muerte.

—¿Y tú, por qué dependes de mí?

Pedro sonrió, como si todo estuviera claro.

—Si tú no me trajeras al parque todos los días, sería un joven en una silla de ruedas fastidiado por la vida, amargado, sin amigos y, posiblemente, sin ilusiones.

Su hermana se tapó la boca con las manos, horrorizada ante la imagen de ese Pedro sin ganas de vivir.

—Tranquila; eso nunca va a pasar.

—Tú no soltaste mi cuerda cuando vino el coche, y yo no lo haré con la tuya —se abrazaron con fuerza—. ¿Nos vamos?

Él asintió y la chica giró la silla para bajar de nuevo la colina.

Enfrente, las dos cometas coloridas se entrelazaron.


Roberto Iannucci
Ganador de la XIII edición
www.excelencialiteraria.com


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