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Como si fuera ayer

14 mar 2018 / 14:09 h - Actualizado: 14 mar 2018 / 14:10 h.
  • Como si fuera ayer

Por Marta Gabriela Tudela. Ganadora de la XIII edición www.excelencialiteraria.com

Lo recuerdo como si fuera ayer... Suena a tópico, a frase manida utilizada cuando nos falta inspiración para iniciar un relato, pero es que así lo siento. Acababa de terminar mi clase de ballet, aquella a la que asistí dos veces por semana durante algo menos de un lustro. Como de costumbre el sol cubría el patio del colegio, pues que fuera invierno no solía ser motivo para que el sol dejara de brillar: yo vivía en el sur de España. Las niñas correteaban detrás de los balones y los pájaros echaban a volar. Es decir, pude contemplar la típica estampa del recreo anterior a las dos últimas clases de la jornada.

Con mi bolsa a medio cerrar atravesé el patio. En el otro extremo, tras el aviso del timbre, las chicas de cada curso solían juntarse para esperar a sus profesoras, con las que volvían a las aulas. Pero para mi sorpresa, aquella tarde ninguna estaba en las filas sino agolpadas en la parte delantera. Me dispuse a preguntar qué estaba pasando, cuando un altavoz resolvió mi duda: el comité directivo iba a dar el veredicto del concurso de poesía.

Debo aclarar que habíamos vuelto del puente de la Inmaculada hacía apenas unos días y, siguiendo con la que ya era una tradición del colegio, tuvimos que entregar antes de disfrutar de aquellas breves vacaciones un poema dedicado a la Virgen en esta advocación. Siempre consideré aquella costumbre como una pequeña muestra de agradecimiento a María por los días de descanso que nos daban en su honor. Y para ser sincera, poca o ninguna era la esperanza que yo tenía depositada en ganar aquel certamen. Me conformaba con haber sido capaz de enfrentarme a un folio vacío, yo sola, toreando cada palabra para hacerla encajar en la métrica de un modo medio decente. Así que mi objetivo estaba conseguido; todo el esfuerzo que puse, por tanto, había valido la pena. No obstante, la emoción que me despertó la posibilidad de «ganar» a las alumnas mayores, por aquel entonces niñas de nueve y diez años, se me hizo incontrolable.

Tras un breve preludio de agradecimientos a todas las participantes, la directora anunció quiénes componían el cuadro de las ganadoras. Y escuché mi nombre.

Me resulta difícil describir lo que sentí a continuación. No fue sorpresa ni emoción ni alegría, sino todo al mismo tiempo. Mientras ascendía por la escalinata del edificio principal para recoger el premio (a falta de escenario, el jurado se había colocado en la cima de una escalera), mi cuerpo reaccionó con lágrimas y algún que otro temblor.

—¡Si está llorando, como las famosas!... —exclamó una profesora.

El trofeo consistía en una cartulina en la que adiviné mi nombre entre otras palabras trazadas con cuidada caligrafía. No era una estatuilla, ni un diploma al estilo de un premio Nobel, ni siquiera primer puesto, pero a mí me supo a gloria. Por suerte conservo ese sabor a día de hoy: es el que condimenta cada uno de mis escritos desde entonces.

A aquel concurso le debo la pasión con todo lo que me hace sentir a través de las palabras. Condensado en unas líneas, esta es mi respuesta a por qué me gusta escribir. Suena a tópico, a frase manida utilizada cuando falta inspiración, pero es que así lo siento. Lo recuerdo como si fuera ayer.


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