jueves, 15 noviembre 2018
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, última actualización

Como si lo fueras

En recuerdo de todos aquellos devotos que, sin ser hermanos en la nómina de la corporación, sienten al Señor de Sevilla en sus corazones

28 mar 2018 / 18:05 h - Actualizado: 28 mar 2018 / 18:06 h.
  • Primer plano del Gran Poder de Sevilla. <br />/ Manuel Gómez
    Primer plano del Gran Poder de Sevilla.
    / Manuel Gómez

Esta próxima Madrugada sale el Señor, Miriam. No sé qué pasa que con Él todo es distinto. Con Él no es su imagen la que abandona el camarín, se alza sobre su paso y traspasa el dintel como hacen todas. Sino que su templo queda en vacío, pues le acompañan en su andadura su pasillo de besos en el talón, su bisbiseo de sinceridades de los bancos, su sagrario vivo latiendo, su ambón de palabras reveladas, las lámparas votivas incandescentes de plegarias, su oxígeno de Fe suspendido en el aire... porque son los muros los que son derribados y toman por expandido y sagrado recinto la ciudad entera. Su cruz se ha alargado y sus pies han ido en busca de los sevillanos para darse a comulgar sin tener que moverse nadie de su sitio.

De este Dios oscuro que desprende más luz que nadie, me hablaste un día como una fidelidad pendiente de tu corazón. Tú, inédita como hermana de ninguna cofradía y amante de todas, me insinuaste que de haberte apuntado a alguna hubiese sido al Gran Poder. Pesaba en ello la sombra de tu padre, reconocido en muchas cosas de la vida pero según tú, especialmente, como fiel devoto suyo y miembro de su hermandad. Luego he podido comprobar que fue alguien con huella, alguien cuya memoria pesa como si no se hubiera ido, uno de esos señores del Señor que alguien retrató acertadamente fundiendo su íntegra calidad humana, saber ser y saber estar, nobleza y dignidad, con la morada pertenencia a las filas de esparto y ruan de su cofradía. No fue voluntad suya sino código de los tiempos que no te hiciera hermana cuando naciste y lo respetaste convirtiendo tu deseo en un secreto. O tal vez esperando otro momento hasta que ahora que ya no lo tienes has notado al tocarte en el alma, la cicatriz de que ya no podrás contar con la única firma, la suya, que podía presentarte de hermana.

Hoy, Jueves Santo, a punto de dar las campanadas de su adulta Epifanía en la torre de San Lorenzo, cuando los sevillanos sintiéndolo llegar nos despojamos de las vendas que cubren nuestras heridas y desnudas se las presentamos para su cura y su alivio, me acuerdo de esa pequeña cuenta pendiente tuya, ser también hermana, que ya es imposible saldar. Bien dices que no te hace falta. Mira, he leído las Reglas y para lo que a ti te interesa en poco ganarías, cosas de derechos a votar, a ser elegido de su Junta, menudencias que te traen al pairo. Pero para lo que a ti te importa, estar al final del chicote dorado de su cíngulo, apenas hay diferencia. ¿Salir de nazarena? Quizá. Por imitarlos a ambos. Y pisar sobre las pisadas que ambos dejaron en común en esas calles que se repiten año tras año. Colocar tu mirada aun hoy de colegiala detrás de los ojales por donde reconocías sus ojos y sentir lo que el sentía en esas misteriosas horas.

Tu vida dedicada profesional, radicalmente, a la rígida frialdad matemática de los números y a las ambiciones y las pasiones que ellos ocultan, poco dada a la poesía, pareciera abrir una fisura emotiva, vulnerable, incómoda, con esta historia de tus intimidades que estoy divulgando. Perdóname. Si no sirviera de reflejo para otras muchas personas con historias similares no hablaría de ella. Ni por asomo. Pero es la constante sevillana, la atención de sus gobernantes que siempre hablan de hermanos y devotos, donde ésta «y» no es una frontera sino un pegamento que casi los confunde. Qué extrañeza puede haber en que, conociéndote, quieras agarrarte a la más recia de todas las advocaciones de Sevilla. La del Jesús que te enseña a rezar el Credo con voz segura, la que borra titubeos, la última apuesta en el caraycruz de tomarle o dejarle. La que en su presencia lo convierte todo en Mayúsculas. La de las manos inmensas para que en su cuenca quepan todas las manos nuestras y ninguna se suelte. La del cuello avanzado por estar uncido a todos los pecados del mundo que Él carga perdonados. Que para todo esto no hay más fundamento que esa frase que se repite dentro de los faldones para conciencia de los costaleros que lo llevan: Es el Señor.

Esta noche, Miriam, tu recuperarás el tacto de todo lo pasado y todo lo querido. Y quizá dejes tu casa para buscarlo con un beso –¿a una madre? ¿unos niños? ¿quién?– muy parecido al que dan los nazarenos al disponerse a acudir a la Basílica. Porque vas en busca no solo del Señor sino de ese otro señor que te enseñó a quererle. ¿No es ya eso revestirse de ruan y ceñirse de esparto? La medalla con cinta malva la verá Él en tu cuello como si fueses hermana. Como si lo fueras, sí. Tampoco era hermana la Verónica en cuyo paño se quedó grabado su rostro imponente, lo mismo que en tu corazón.

Esta noche serás hermana a sus ojos, si con ese acento de deseo le hablas. Se disiparán las tinieblas por la luz naciente cuando reposen sus zancos y en la red de su pesca encuentre tu nombre. Ese es el listado que a Él le importa. Que no le quito mérito a apuntarse de verdad pasando por Secretaría. Solo digo que no te va a sumar mucho más a lo que ya significa para ti su silueta inconfundible. Ni a los padrenuestros pronunciados que le diriges como promesas y como gratitudes. Su gesto severo de Antiguo Testamento sabes que lleva la caricia de un mandamiento nuevo. Para que nos amemos todos como Él nos amó. Y vuelvo a hacer comunes sus enseñanzas y las de tu padre: como tu padre te amó dejándote una semilla que vale más que un papel en el archivo. Una herencia (tu entiendes bastante de eso) que se acepta, se liquida y se recibe sin entrometidos por medio. Por eso cuando me confiaste este secretillo me sonó tu voz con la misma solemnidad de la protestación de Fe del 6 de enero, con la misma ternura del pañuelo de su besamanos y la misma evidencia que una papeleta de sitio sellada.

Como si lo fueras. Casi hermana, casi... porque como Félix se entere verá lo que tarda en invitarte a serlo. Aunque no esté ya la firma que tú exiges en la solicitud. Pero estará la suya de Hermano Mayor como vicario del mismo Gran Poder en cuyas manos está toda la potestad y el imperio, y el pequeño milagro de que nada, nada resulte imposible.


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