domingo, 17 diciembre 2017
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Pasa la vida

Convivir es imposible con las palabras tergiversadas

12 oct 2017 / 23:05 h - Actualizado: 12 oct 2017 / 22:51 h.

Cuando los adolescentes españoles realicen la próxima edición de las pruebas PISA, lo van a tener más difícil para acreditar buen nivel en capacidades lingüísticas y coherencia expresiva. Viven en el país europeo que ha convertido la tergiversación de las palabras y su significado en la norma de actuación. España es hoy en día un embrollo de eufemismos. Un guirigay de afirmaciones, declaraciones y explicaciones que expresan lo contrario de lo que dicen. Un laberinto de oralidad sin consecuencias jurídicas y de narrativa sin autenticidad política. Tarea extra tienen por delante los profesores cuyos alumnos estén más conectados tanto a las redes sociales como a los programas de televisión sobre la actualidad nacional. No les harán caso de buenas a primeras si explican en clase la verdadera naturaleza semántica de las palabras 'diálogo', 'legal', 'mandato', 'voluntad', 'derecho', 'pueblo', 'democrático', 'soberanía', 'represión', 'identidad' y otras muchas cuya desnaturalización nos está provocando un entripado de agárrate y no te menees.

La tendencia ha llegado al paroxismo desde que la amenaza secesionista en Cataluña se ha enseñoreado de la agenda diaria y del horizonte de todos los españoles. Manipula el sujeto, verbo y predicado de la democracia gracias a una eficaz y sistemática estrategia de comunicación. Verbal y gestual. Son los mejores vendedores de falacias. Pero no son los únicos que mercadean con las cortinas de humo y convierten cada acto en una ceremonia de la confusión. En este contexto, me doy con un canto en los dientes si el alumnado de cualquier instituto alcanza a colegir la veracidad del refrán 'Dime de qué presumes y te diré de qué careces' cuando ve y escucha a los representantes de la gobernanza.

Cuando es tan profunda la desconexión con la realidad que practican y predican los representantes con poltrona y escaño, se abona el terreno para que la juventud interiorice un máster acelerado en desacuerdos y desafección. Cómo los jóvenes van a tenerle respeto a las palabras escritas en una ley, y se las van a tomar en serio como referencia de valores cívicos y marco de convivencia. Acabarán aceptando como única ley la máxima de Campoamor: “En este mundo traidor nada es verdad, nada es mentira, todo es según el color del cristal con el que se mira'.

La reforma de la Constitución es muy necesaria. En modo alguno para contentar a los sediciosos, sino para organizarnos mejor para dar respuesta a las oportunidades y a los problemas del mundo globalizado. Ahora bien, si no ponemos coto en España a la conculcación de la semántica y a la vulneración del léxico, y administrar el bien común consiste sobre todo en expropiarle el sentido a las palabras, la nueva Carta Magna será papel mojado, a mayor gloria de cualquier lumbreras de la arbitrariedad, de la irresponsabilidad y de la impunidad. Derechos, libertades y principios de igualdad serán filfa porque sus definiciones no vertebrarán un código compartido, lo abandere quien lo abandere. Ni servirán de base como referencias clarificadoras. Además del Tribunal Constitucional y del Tribunal de Cuentas, habrá que fundar el Tribunal de Palabras Ciertas.

En estos tiempos de sí pero no, no pero sí, ley ilegal, no declaro lo que declaro, dialogo sin dialogar, minoría es sinónimo de mayoría y derecho a decidir que tú no decidas, tenemos que incorporar al puente de mando a los filólogos. A la palestra de las instituciones, de la opinión pública e incluso del 'show' de las tertulias. Hacen falta tantos filólogos como abogados del Estado, profesores de Derecho Constitucional, inspectores de Hacienda, secretarios e interventores municipales, consultores tecnológicos y expertos en lucha antiterrorista. Si en los partidos de tenis ya contamos con el 'ojo de halcón' para determinar con exactitud si la bola ha botado dentro o fuera, en la política española requerimos con urgencia filólogos de guardia en los plenos municipales, en los debates parlamentarios, en las campañas electorales. Porque una convivencia duradera y en paz es imposible con las palabras tergiversadas.


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