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La Tostá

Cuando todos los días son lunes

Manuel Bohórquez @BohorquezCas /
11 ago 2019 / 10:49 h - Actualizado: 11 ago 2019 / 10:52 h.
  • Cuando todos los días son lunes

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De niño me gustaban los domingos porque no iba al colegio, mi madre no tenía que trabajar en el almacén de aceitunas y nos levantábamos a media mañana para zamparnos una tostada con mantequilla y un vaso de leche con Cola Cao. Tenía la ilusión de bajar a Palomares para quedar con los amigos o de ir a ver jugar al equipo del pueblo en el Raso del Nono o el campo de la Laguna. A veces iba al Cine Estrella, de Coria, y al salir me comía un albur frito junto al río, que costaba solo una peseta. Otros domingos me quedaba en casa viendo la televisión, aquel Inter de doble pantalla que me abrió una puerta al mundo y, algo, los ojos. Todos los domingos eran una fiesta y una ilusión: hacer algo nuevo cada semana. Ahora todos los días son lunes, hasta los domingos. Dios hizo el mundo en seis días y al séptimo descansó. Tampoco es que se partiera mucho el lomo el buen hombre, para ser el Padre. Nadie debería trabajar los domingos, pero el mundo no se para y alguien tiene que atender los servicios mínimos. Si unos abren un bar a las siete de la mañana para atender a sus clientes, yo enciendo el ordenador para escribir mi artículo diario, o dos. También los domingos, claro, que para eso soy autónomo. Todos los días de la semana, de ahí que sean iguales. Llamamos rutina a lo cotidiano, al hábito de hacer algo de manera repetitiva y mecánica. Aceptamos lo habitual como una forma natural de aburrirnos. La rutina nos mata un poco cada día, pero cuando haces algo distinto varios días seguidos, te estresas y regresas al confort de la rutina como el que vuelve a casa tras un largo viaje. En realidad somos robots que hemos sido programados para que hagamos lo que otros quieren que hagamos. Nos equivocamos si pensamos que somos seres libres porque tenemos una cuenta bancaria y podemos insultar a Dios o a Santiago Abascal en Facebook. En el momento que aceptamos que los domingos son para descansar, porque Dios así lo quiso, dejamos de ser libres. Para mí, por ejemplo, todos los días son lunes desde que entré en la rutina de vivir porque sí. Vivir es eso que hacemos cada día de nuestras vidas, incluso cuando dormimos. Me encantaba levantarme tarde los domingos, pero ahora lo hago todos los días con las gallinas. Podría dormir hasta las tres de la tarde y trabajar después del almuerzo, pero todo es entrar un rayo de sol por la ventana y escuchar los pájaros, y abandono la cama como las almas abandonan nuestros cuerpos cuando morimos. Me estoy quitando el pijama y me veo aún tumbado en la cama, bocarriba, con los pelos como si me hubiera peleando con un tigre esquizofrénico a media noche y la cara como un colchón de tanto dormir. Miro por la ventana medio ciego del fogonazo del día y no parece domingo, sino lunes. Y es domingo, uno más de mi vida. ¿Y qué si es domingo? ¿Acaso puedo ir a ver jugar al Palomares, disfrutar de una película de un solo rombo en el Cine Estrella y comerme un albur frito junto al río de Coria? No, imposible. Mis domingos son lunes, todos los días lo son desde que decidí ser un hombre mayor.


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