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Excelencia Literaria

Culpa

10 jul 2019 / 10:16 h - Actualizado: 10 jul 2019 / 10:19 h.
  • Culpa

Tosió mientras miraba de nuevo la máquina que indicaba sus constantes vitales. No era un experto, pero sabía que cuanto más horizontal avanzara la línea verde de la pantalla, peor estaba su corazón.

Giró la cabeza hacia su esposa, que miraba absorta por la ventana, en dirección opuesta a las máquinas que, con luces y señales, determinaban su existencia.

—Mercedes...

Ella volvió el rostro hacia la cama donde se encontraba el hombre que la había acompañado durante la mayor parte de su vida.

—¿Sí?

—¿Qué harás?

—¿Cuándo te mueras?

—Sí...

—No lo sé... Esperaré.

—¿A qué?

—A que llegue mi momento, Manuel. No sé vivir sin ti, así que esperaré hasta que nos volvamos a encontrar.

—¿Y los chicos?

—Las tienen a ellas. Silvia y Beatriz los van a cuidar, lo sé. Y también a sus hijos. Y tendrán nietos. Y también se reunirán un día con nosotros. La vida es un ciclo, Manuel.

—Tengo miedo.

Se miraron en silencio.

—¿Miedo? —vaciló ella.

—Sí, Merche, miedo. Después de tantos años no sé qué esperar.

—Pues yo espero que no sea una fiesta con piñata, como Pedrito.

Rieron quedamente.

—No, no —suspiró—. Ya sabes a lo que me refiero.

—Claro que lo sé. Y tú también conoces la respuesta. Manuel —tomó aire lentamente— llevas preparándote para ese momento desde hace muchos años.

—Y siento que estoy como al principio.

Volvieron a callar y cada uno se sumió en sus pensamientos, hasta que se oyó un sollozo.

—Merche...

—Calla, Manuel, calla. Yo también tengo miedo, un miedo distinto. Es miedo a lo desconocido, porque una vida sin Madre, sin Alfredo, sin Lolita... me la imaginaba, pero sin ti no sé si voy a poder...

—Podrás; ya lo hemos vivido.

—Aquello fue distinto.

—Fue peor, porque no teníamos la esperanza de reencontrarnos.

—¿Y ahora sí?

—Tú misma lo has dicho hace un momento.

—Ya...

—Chiquilla.

—¿Chiquilla? No me llamabas así desde la guerra.

—La guerra fue el final del anterior Manuel Caballero. Al actual le queda poco tiempo y siento la necesidad de enmendar algunos errores.

Alzó una ceja, divertida y preocupada a partes iguales. Hacía mucho tiempo que no sacaba la guerra a colación. La última vez fue para explicarles a sus dos hijos y a sus respectivas esposas el misterio que rodeaba sus años de juventud.

—Dime, qué necesitas.

—Pero si has escuchado durante setenta años todas y cada una de mis confidencias. Eres la guardiana de todos mis secretos, pecados y arrepentimientos. Conoces cada una de mis lágrimas, de mis crímenes. Lo bueno y lo malo; lo conoces todo.

—Si estuviésemos en guerra, deberías temerme —bromeó Merche quedamente.

–—Oh, no; nunca estaría en el bando contrario.

Volvieron a mirarse. Tantos años, tantos sucesos. Una vida plagada de aventuras, de miedo y de amor, de sangre y de besos, de peligros y de noches de insomnio, porque las pesadillas de la guerra volvían sin piedad.

—¿Sigues pensando en él?

—Cada día más.

—Sabes que te ha perdonado, que allí Arriba no hay peleas de ningún tipo.

—Pero si soy yo el que no puede perdonarse haber apuntado un arma contra mi mejor amigo.

—No lo sabías y podría haber sido al revés. No te revuelques en viejas culpas.

Se quedaron en silencio.

—¿Tardarás en llegar?

—Solo Dios lo sabe.

—Te quiero.

—Y yo a ti, Manuel.

—Gracias por todo.

—¿Te estás despidiendo de mí?

–Uno nunca sabe...

Modalidad Relato breve
Isabel Ros Yepes
Ganadora de la XII edición
www.excelencialiteraria.com


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