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Viéndolas venir

¿De quién es el Mediterráneo?

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
13 feb 2019 / 08:39 h - Actualizado: 13 feb 2019 / 10:37 h.
  • ¿De quién es el Mediterráneo?

El Mare Nostrum al que dio nombre sin complejo el Imperio Romano podía adjudicárselo Serrat solo por aquella canción con tanto sabor a sal entre Algeciras y Estambul, pero lo cierto es que en él desembocan hoy 22 países variopintos que dan la medida inexacta de su afortunada diversidad. No parece que haya demasiado en común entre Marruecos y Grecia, al menos en principio, o entre Egipto y Eslovenia, pero todos son países bañados en mayor o menor medida por las densas aguas de este viejo mar nuestro de todos los siglos. Preguntaba de quién es retóricamente, por supuesto, pero pensando en que del mismo modo que la tierra es sobre todo de sus muertos, también el mar debe ser de los suyos, de sus ahogados, y al respecto de los 30 años que ahora llevamos contabilizando los muertos del Estrecho, al margen de tantos ahogados a lo largo de tanta historia, resulta inquietante la cifra de 6.787 muertos contabilizados en el amplio Estrecho de Gibraltar, y resulta inquietante, sobre todo, porque el número 6.787 tiene demasiada pinta de número inacabado. Ojalá pareciese un número redondo, un número muerto, inerte. Pero no.

6.787 fallecidos o desaparecidos en las aguas del Estrecho es una cifra para echarse a llorar tres décadas después. El dato lo arrojan Andalucía Acoge y la fundación porCausa con investigaciones propias y estadísticas de la Organización Internacional para las Migraciones y la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía. A quienes tienen más o menos mi edad no nos da la memoria para recordar cuándo no llegaban inmigrantes desesperados desde todos los puntos de la costa africana hacia Cádiz o el Mar de Alborán. Solo en el año 2006, aquel curso del mayor delirio que se recuerde en vida sin que hubiera pistas de la que sea avecinaba, mueren o desaparecen 1.167 personas. Una a una. Hasta el punto de que Algeciras llegó a pedir ayuda no ya para salvar a los vivos, sino para enterrar a aquellos muertos sobrevenidos, cuyos entierros costaban más de mil euros por cadáver. Fue la crisis de los cayucos, de las pateras, de las balsas neumáticas, de las yantas de los camiones, de las barquitas de juguete.

Entre los muertos de estos treinta años, muchos muertos niños. No solo Aylan, de quien ya hace más de tres años (¿quién lo diría?), sino Samuel, aparecido en la playa de Zahora mientras el cadáver de su mamá aparecía en la costa argelina y su padre tuvo que enterrar a su mujer en Argelia y después a su hijo en Barbate, donde sigue. Pero no solo Samuel, sino tantas y tantas personas esperanzadas en mejorar sus expectativas de vida que no mejoraron ni las de su muerte.

Lo peor de todo, después de treinta años, es la indiferencia con que se toma el drama de esta gente, carne de telediario, de noticia de usar y tirar. Lo peor es que naturalicemos las cifras sin rostros detrás, que les contemos a nuestros hijos que ellos son privilegiados por haber nacido tan casualmente a este o al otro lado de donde tú pongas la línea, la linde, la raya, el límite, la frontera, el muro, el desprecio, entre seres humanos que luchan por mantenerse a flote y seres humanos a flote perpetuo sin luchar.


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