domingo, 15 septiembre 2019
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¿De quién es la Macarena?

20 jul 2018 / 21:46 h - Actualizado: 20 jul 2018 / 21:49 h.

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La Macarena no tiene dueños, por mucho que quieran apropiarse de Ella aquellos que solo poseen como suyo, la vergüenza y la memoria dolorosa de una época terrible. Bajo el arco de esa Sevilla de intramuros, donde a la ciudad le late el corazón al ritmo del cimbreo de cinco mariquillas, reside la Esperanza, la que inunda unas calles que siempre la esperan, a la que se aferraban las madres de aquellos macarenos que no volvieron nunca a sus casas, y que aún no han vuelto, porque están en fosas comunes o en cunetas. De la Macarena que nadie se apropie, porque está en las lágrimas llenas de sentimiento cuando se habla de Ella, cuando se la intuye en los ojos de quienes se acercan a besarle las manos buscando su Esperanza cuando todo está perdido. Nadie es dueño de esa Sevilla que en una mirada llora y ríe, ni de la algarabía que provocan sus ciriales asomando cada Viernes Santo, ni del andar maestrante, ni de la cadenciosa melancolía romántica de su pasar, cuando se marcha dejándonos esa desconsolada soledad luminosa llena de vencejos. Ella no es de nadie, porque es de todos, hasta de los versos de Rafael Alberti donde la llamaba «Camarada Macarena»; Ella era y es, una compañera, una camarada de la Esperanza y ya no caben más excusas. No merece tener a sus plantas y con honores, los restos del responsable del asesinato de más de 50.000 personas, que incitó a violar a mujeres republicanas y que sembró en la carretera de Málaga el terror absoluto en Andalucía. Un genocida a los pies de la Macarena, ¿qué más hace falta para que lo saquen y nos dejen la Esperanza?

La Macarena no tiene dueños, por mucho que quieran apropiarse de Ella aquellos que solo poseen como suyo, la vergüenza y la memoria dolorosa de una época terrible. Bajo el arco de esa Sevilla de intramuros, donde a la ciudad le late el corazón al ritmo del cimbreo de cinco mariquillas, reside la Esperanza, la que inunda unas calles que siempre la esperan, a la que se aferraban las madres de aquellos macarenos que no volvieron nunca a sus casas, y que aún no han vuelto, porque están en fosas comunes o en cunetas. De la Macarena que nadie se apropie, porque está en las lágrimas llenas de sentimiento cuando se habla de Ella, cuando se la intuye en los ojos de quienes se acercan a besarle las manos buscando su Esperanza cuando todo está perdido. Nadie es dueño de esa Sevilla que en una mirada llora y ríe, ni de la algarabía que provocan sus ciriales asomando cada Viernes Santo, ni del andar maestrante, ni de la cadenciosa melancolía romántica de su pasar, cuando se marcha dejándonos esa desconsolada soledad luminosa llena de vencejos. Ella no es de nadie, porque es de todos, hasta de los versos de Rafael Alberti donde la llamaba «Camarada Macarena»; Ella era y es, una compañera, una camarada de la Esperanza y ya no caben más excusas. No merece tener a sus plantas y con honores, los restos del responsable del asesinato de más de 50.000 personas, que incitó a violar a mujeres republicanas y que sembró en la carretera de Málaga el terror absoluto en Andalucía. Un genocida a los pies de la Macarena, ¿qué más hace falta para que lo saquen y nos dejen la Esperanza?


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